domingo, 2 de octubre de 2011

¿Educación para la Ciudadanía?


Mañana 3 de octubre comienza el curso escolar en Haití. El retorno a las clases se ha retrasado un mes para que pudiera entrar en vigor el plan del gobierno para escolarizar a 772.000 niños y niñas que nunca antes han ido a la escuela.
Fue una de las promesas electorales del ahora presidente de la república, Michel Martelly. Y, sin duda, es una decisión muy loable comenzar a trabajar por la Educación.
Para llevar a cabo esta ingente tarea no se han construido, de momento, nuevas escuelas. Se utilizarán todos los centro públicos (menos del 20% en este país) en doble turno, y, en zonas rurales, donde no hay colegios del Estado, se ha llegado a un acuerdo con algunas confesiones religiosas para hacer lo mismo.
Sí se han reclutado nuevos profesores, a los que se ha dado una formación acelerada (hay que tener en cuenta que este plan de escolarización comenzó a implementarse en el mes de julio…)
En cuanto a los fondos necesarios para asumir los costes de este plan, se han conseguido a partir de una tasa de 1,5 dólares americanos sobre las transferencias de dinero del exterior, y otra de 0,05 dólares americanos por minuto en las llamadas internacionales. De alguna manera, se ha pretendido que sean los haitianos que viven en el exterior, lo que aquí se llama “la diáspora”, quienes paguen la educación de la infancia desfavorecida en Haití.
Además de la escolarización, cada niño (o niña) recibirá una cantidad para hacer frente a los gastos escolares. En la tertulia del desayuno se comentaba hoy cómo iba a repartirse ese dinero. El gobierno ha decidido que cada diputado “apadrine” a 30 escolares, y cada senador a otros 1.000. Es decir, se han entregado a cada cargo electo sobres con la cantidad a entregar y son ellos los que deben encargarse de hacerlo en su circunscripción.
Esto, ya así, en frío, tiene un peligroso tufillo a “clientelismo”. Pero si hemos de creer a las “fuentes generalmente bien informadas” que mantienen al tanto del pulso de la calle a nuestra tertulia, el asunto aún se vuelve más oscuro cuando se fija uno en detalles, como el que la cantidad fijada para cada escolar es de 96 dólares americanos (unos 70 euros), pero ayer, parece ser que uno de los senadores del Sureste comenzó a repartir en Jacmel sobres para gastos escolares a las familias con 1.000 gourdes cada uno (unos 20 euros); eso sí, previa presentación del carnet de su partido político…
Espero que esta persona, al menos, no sea responsable también del programa educativo, y que estos niños y niñas que empezarán la escuela mañana sean en pocos años parte de una nueva generación jóvenes haitianos con nuevos valores y ganas de trabajar realmente por sacar adelante este país.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La identidad perdida de una ciudad


La última visita a Puerto Príncipe me ha permitido comenzar a imaginar cómo fue esta ciudad antes del terremoto del 12 de enero de 2010.
Hasta ahora solo la había cruzado para ir o para volver del aeropuerto. Pero esta vez tuve la ocasión de de atravesar su “centro histórico”…, o lo que queda de él.
Calles porticadas, edificios históricos, comercios “de prestigio”, todo eso y más pude entrever. Con los ojos del cuerpo, pero también con los ojos de la imaginación…
Las cicatrices de esta ciudad todavía son muchas. Muchas y muy grandes. No es que la reconstrucción no haya empezado, es que casi no se ha comenzado a desescombrar…
Alguien me decía hace unos días que, para muchos, ese montón de escombros puede ser la única escritura de propiedad que puede presentar para demostrar que alguna vez tuvo una casa. Y por eso se resisten, todavía a retirarlos.
La mayor parte de los registros y archivos oficiales se perdieron también el aciago día del seísmo. Resulta todavía difícil ser consciente del trauma que ha supuesto todo eso para este país. Más allá incluso de las ingentes pérdidas humanas y materiales está la pérdida casi total de la historia, de la identidad social y cultural de la capital de una nación.
Pero hoy he podido, fugazmente, visualizar cómo fue Puerto Príncipe, y creo poder afirmar que, pese a todo, también tuvo un cierto encanto.

Trámites y castidad


Ayer fui a Puerto Príncipe para solicitar el permiso de residencia a la Dirección General de Inmigración. Suponía la culminación de un proceso plagado de requisitos, algunos de cuyos aspectos, sanitarios y bancarios ya he comentado con anterioridad.
Madrugamos mucho, y, esperando que el Señor nos ayudara, como reza el dicho, nos presentamos en el edificio oficial casi antes de que abrieran.
La primera sorpresa nos la dio el policía de la entrada que, muy serio, se dirigió a mis dos compañeras y le dijo que así no podían entrar en un edificio oficial. “Así” era, la una con una camiseta de tirantes y la otra con un vestido también de tirantes, con un cierto escote, eso hay que reconocerlo.
La verdad es que, por un momento, nos miramos y pensamos al unísono que nos habíamos metido en algún agujero espacio-temporal y estábamos, o bien en Teherán, o bien en Zaragoza en los años 40… Pero nunca pensábamos que esto podría ocurrirnos en una capital caribeña…
El asunto es que ellas, para salir del paso, solo disponían de un chal; uno solo. De manera que primero tuvo que entrar una de ellas conmigo, para conocer el camino, y luego salir y “prestarle el chal” a la otra, mientras yo esperaba en el interior…
Una vez en la oficina correspondiente, el funcionario que nos recibió nos explicó, muy serio también, al igual que ellos nos reciben de uniforme, esperan que el público acuda “dignamente vestido”… La verdad es que yo ya empezaba a no tener claro si íbamos a solicitar un permiso de residencia o a ver a la Virgen del Pilar…
Y en cuanto al uniforme del servicio de Inmigración… Una especie de guayabera blanca con galones y botones dorados que no sabía si me recordaba más a las fotos de mi abuelo de camarero o a la tripulación de “Vacaciones en el mar”…
El caso es que no puedo quejarme del trato recibido (al menos yo, que no tuve que ponerme ni siquiera que ponerme un turbante…). La verdad es que fueron en todo momento muy amables con nosotros. A su ritmo, eso sí, pero amables. La verdad es que, al contrario de otras oficinas de Inmigración que he conocido, se respiraba amabilidad por todas partes. A veces incluso, demasiado “cariño”…
En la primera oficina, en la que rellenamos los formularios, todo el mundo, cuando entraba, se saludaba y se besaba castamente. Tal vez porque aquí las funcionarias eran ya todas “de una cierta edad”… Pero en la que fuimos a pagar… Eso parecía Babilonia… En ella trabajaba un grupo mixto de funcionarios y funcionarias entre los veinte y los treinta años, que no tenían ningún reparo en mostrar al público asistente lo “amigos” que eran todos entre sí y lo “bien que se llevaban”… Manitas, jueguecitos, arrumacos, ¡uy! que estrecha es esta puerta para los dos… Al menos, hay que reconocer que, tanto ellos como ellas, iban “dignamente vestidos”.
Bueno, el asunto es que culminamos los trámites de la solicitud; pero, como nada es tan fácil en Haití, tendremos que volver ¡dentro de un mes! a recogerlo.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Pasaporte difuminado


Hoy he tenido que ir a hacer unos trámites a la Dirección General de Inmigración a Puerto Príncipe. Tenía que llevar, como es lógico, mi pasaporte, y me he dado cuenta de que está descolorido… Bueno, más que descolorido se está borrando el dibujo de la tapa: “Unión Europea”…, “España”…, e incluso el escudo, cubierto, como sabemos por una corona real…
Hace unos días, mi contertulio canadiense de los desayunos me preguntaba si yo me sentía europeo. Le respondí que si me hubiera hecho esa pregunta hace cinco años le habría respondido, rotundamente, que sí. Pero ahora, con una Unión Europea inmersa en una crisis que es mucho más que económica y a la que sólo parecen dedicarse estériles discursos de nuestros “eurogobernantes”, mi sentimiento europeísta se está, francamente, difuminando mucho…
Respecto a lo de sentirme español… ¿qué significa, a estas alturas, ser español? Creo que los que menos podemos explicarlo somos la mayoría de los españoles. Creo que fue en el proceso de redacción de la Constitución Española de 1931 que un diputado propuso que empezara con algo así como “son españoles todos los que no pueden ser otra cosa”… Y sin embargo, cada año miles y miles de inmigrantes llegan, de todos los rincones del mundo anhelando adquirir la nacionalidad española. Quizás es verdad lo que dicen que “Dios da pan a quien no tiene dientes…”; aunque yo siempre replico que me parece mucho peor que “dé dientes a quien no tiene pan…”
Y en cuanto a nuestro escudo, reflejo de nuestra historia, y cubierto por una corona real… Bueno, creo que la mayoría de los españoles solo le cogieron cariño cuando, hace algo más de un año se le añadió una pequeña estrella amarilla encima… que significaba que “éramos los campeones del mundo”… Pero esa “gloria” también comienza a difuminarse…
En cualquier caso, creo que lo más importante de mi pasaporte está en el interior, y eso no se está difuminado. Dentro está mi identidad; una identidad personal, única e intransferible. Y dentro está también una pequeña parte de mi historia: viajes, entradas, salidas, tránsitos…

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nubes


Hoy cuando volvía por la tarde de la oficina he visto ante mí una curiosa agrupación de nubes. De diferentes tipos, de diferentes tamaños y de diferentes colores. Tal vez no tuvieran nada de particular, salvo que en ese momento he sentido que “las he visto”.
Creo que muy a menudo caminamos por nuestra Vida sin “ver”. Recorremos los caminos habituales, nos reunimos en los sitios de costumbre, nos encontramos con personas conocidas, e incluso queridas, pero tal vez no las “vemos”.
Hasta que un día, de pronto, somos conscientes de que están ahí: comenzamos a “verlas”. Nada ha cambiado en los caminos, en los lugares ni en las personas. Sólo ha cambiado algo en nuestro interior: ahora podemos “verlos”.
Con los problemas, de nuestra Vida, de nuestra familia o de nuestro país, puede que pase lo mismo. Están ahí, sentimos que nos acompañan, que pesan sobre nosotros… Pero, habitualmente nos cuesta encontrarles solución… hasta que, tal vez, de repente, nos surge una “iluminación”, una “luz”, una “bombilla”, como en los tebeos, y, gracias a ellas, “vemos”.
Vemos una solución, o, al menos, comenzamos a ver un camino para enfrentarnos a ellos.
¿De qué depende comenzar a “ver”? No lo sé realmente. Pero quiero suponer que, sobre todo de “querer ver”.
Espero que cada vez seamos más los que “queremos ver” una solución, distinta de la que tantos agoreros nos anuncian como la “única”…

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tirón de orejas


Acabo de venir del Hospital de Cayes-Jacmel. Es un centro médico regentado exclusivamente por médicos cubanos. Presta servicio gratuito a toda la población de la zona; incluso a los cooperantes extranjeros que residimos aquí…
Cuando venimos a Haití, lo hacemos con un seguro médico internacional que, teóricamente, nos asegura asistencia médica allá donde vayamos. Pero en Jacmel, ahora mismo, si no fuera por los médicos cubanos (hombres y mujeres), no tendríamos dónde ir… La población tiene muy difícil el acceso a los cuidados médicos, ya no sólo gratuitos, sino aún pagando…
Hace un año, cuando llegué, el hospital Sant Michel estaba gestionado por Médicos sin Fronteras y también era un buen lugar al que acudir en caso de necesidad. Pero desde que se fueron en enero, estamos todos en las manos de los cubanos…
Y lo digo literalmente, porque hoy me he puesto en las manos de uno de ellos. Desde hace unos días sentía molestias en el oído izquierdo. El típico asunto al que comienzas no haciéndole caso, pero al final tienes que ir al médico. Hoy, concretamente, sentía la cabeza como dentro de una pecera.
Cuando he llegado al hospital, ¡había un lío…! Un par de docenas de pacientes (y no tan pacientes…) esperando consulta. Me da un poco de vergüenza decirlo, pero los cubanos tienen como norma que si acude otro cooperante, éste siempre tiene preferencia, porque ellos te dicen que “estás en misión y no puedes perder tiempo”…
El caso es que me han atendido enseguida. Lo ha hecho un doctor muy amable, pero con una técnica, digamos un poco “brusca”… Cuando le explicado mi problema, me ha cogido la oreja con las dos manos, ha estirado bien, y se ha asomado dentro diciendo “¿duele?”… Se ve que el otoscopio le parece un invento imperialista… Creo que no me había estirado tanto las orejas desde que cumplí doce años…
Bueno, el caso es que me ha puesto un tratamiento a ver cómo evoluciona lo que me queda de oreja… Y otra peculiaridad de este país, es que no encontrarás mucha variedad de cosas para comer, pero medicamentos… De cada dos puertas, una es una farmacia. Bueno, realmente, “farmacia-colmado-heladería-mercería-todo a 100”… Mira que era raro el antibiótico que me ha mandado, pues en la tienda de enfrente lo tenían…
Así es Haití.

viernes, 23 de septiembre de 2011

La oficina de Correos


He descubierto que ha vuelto a funcionar la oficina de Correos de Jacmel. Una de las primeras cosas que pregunté al llegar aquí fue si se podían enviar cartas desde aquí.
Las cartas han sido muy importantes en mi Vida. No las del Tarot, que no he consultado nunca, sino esas cosas, que ahora parecen tan exóticas, compuestas de un folio escrito, un sobre donde se mete lo anterior plegado y un sello que se pega encima del conjunto…
Se me dijo que no, que aquí no había servicio de Correos. Y, en efecto, en una de mis primeras excursiones por el centro de Jacmel, encontré lo que había sido la oficina de Correos, pero cerrada y en una de las zonas cuyos edificios fueron más dañados por el terremoto del 12 de enero de 2010.
Sin embargo, en la puerta de ese mismo edificio, ahora hay un minúsculo cartelito que la oficina de Correos se ha trasladado a un edificio cercano. Pregunté a un vecino y enseguida me indicó. Ahí estaba; atravesando una avenida, tras la verja de una de las grandes mansiones con jardín venidas a menos, testimonio de un pasado lejano y ¿glorioso?
En la misma verja de entrada me atendieron casi al unísono dos funcionarias, vestidas con trajes de chaqueta oscuros; pulcras, formales, tan idénticas en todo que costaba distinguirlas. Cuando les dije que quería enviar una carta me dio la sensación de que se alegraban. Cogieron mi carta, la sopesaron en la mano y calcularon el precio con seguridad de expertas. Después, me acompañaron a su oficina.
La oficina de Correos de Jacmel es ahora una tienda de campaña con una minúscula vieja mesa de madera por mostrador. Las funcionarias fueron sacando de pequeñas y ajadas carpetas los sellos necesarios. Sellos que tuvieron que pegar con cola. Cola que tuvieron que raspar del fondo de un viejo bote casi agotado. Con sumo cuidado colocaron los sellos. Después, de una pequeña bolsa de plástico sacaron el aparato para “matar” los sellos... Tras culminar el ritual, nos despedimos los tres con vivas muestras de simpatía. En el fondo, creo que nos reconocimos como miembros de una antigua secta, casi extinguida, en los tiempos de internet, los mails y los “smartphones”…
Me dio la impresión de que mi carta era la única que se recogería ese día. No tengo ni idea de cuánto tardará en llegar. Pero debo confesar que el paso por la oficina de Correos de Jacmel me resultó lo más enternecedor que me ha ocurrido en mucho tiempo en esta ciudad.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La ciencia del sueño


¿Qué son los sueños? ¿Qué es la realidad? ¿Estamos siempre seguros de distinguir los sueños de la realidad? ¿Nuestros sueños se pueden hacer realidad? ¿Qué tenemos que hacer para conseguirlo?
Ten cuidado con lo que sueñas, porque podría hacerse realidad.
Esta película va de eso. Sueños y realidad.
Una película sencilla e íntima. Hecha con los ojos y la sensibilidad de un niño. O de un adulto con ojos de niño. Con ese niño que siempre llevamos dentro, que no deja de soñar y que nunca deberíamos dejar que creciera.
Es como un juego, como una clase de manualidades. Tremenda sensibilidad para contar una historia de Amor ¿real?, ¿soñado?
Puede que soñar sea la mejor manera de enfrentarnos a la crisis. A todas las crisis.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sueño con precipicio


La otra noche tuve un sueño curioso y un poco inquietante.
Estaba en la ladera de una montaña, subiendo por un camino muy empinado, pero, sobre todo muy estrecho. A mi izquierda tenía una enorme pared vertical y a mi derecha un tremendo barranco, no menos vertical. El camino apenas me permitía avanzar de frente; tenía que hacerlo casi de lado.
Pero no estaba solo. Delante de mí tenía a un grupo de personas. Uno de ellos hablaba de lo maravilloso que era el lugar que encontraríamos arriba, al final del camino. Pero, sin embargo, nadie avanzaba; todos estaban parados. Detrás, tenía otro grupo de personas que me seguía y me miraban como preguntando por qué estábamos parados.
Yo no me sentía cómodo en ese camino; no me sentía seguro. Incluso podría decir que tenía miedo. No tenía mucho interés por seguir en ese camino. Pero no podía retroceder; no había espacio para hacerlo ni para dejar pasar al siguiente. Eso me angustiaba.
Delante de mí no dejaban de decir lo estupenda que sería la vista desde arriba; pero nadie avanzaba. El grupo que tenía detrás me hacía sentir incómodo.
Finalmente, encontré una manera de bajar, atajando por el barranco. Por el camino, perdí una de mis botas; unas botas que tengo hace tiempo. Sin embargo, justo al llegar abajo encontré otra. Era distinta, no era de mi talla, pero la puse para terminar el camino.
Llegué a donde me alojaba. Era un gran hotel o residencia. En la recepción no había nadie, Cada uno tenía que buscar su llave. Yo no lograba encontrar la mía entre las muchas que había. Era la de la habitación 313. Algún detrás de mí dijo que esa habitación no existía.

martes, 13 de septiembre de 2011

La vuelta al cole


Mi hija empieza hoy la Universidad. La verdad es que se lo cuento a todo el mundo, (hasta ponerme quizá, un poco pesado…), por un lado porque estoy orgulloso y, por otro lado, porque estoy algo nervioso. Es un paso importante en la vida y ella lo va a dar, por primera vez en nuestra familia, lejos de casa, comenzando, a la vez que sus estudios, una vida, más o menos independiente. Espero y deseo que todo le vaya bien y conserve durante mucho tiempo la ilusión del primer día.
Mi hijo también, hace unos días, terminó sus vacaciones de verano y retornó al instituto. Está en una edad difícil (para él y para sus padres…), pero sé que se toma el asunto de los estudios muy en serio y espero que, poco a poco, comience a definir una vocación.
Mientras, en Haití, el curso escolar debería haber comenzado esta semana, pero un decreto presidencial ha retrasado ese inicio hasta el mes de octubre. ¿Las razones? Un poco especiales, la verdad.
Durante la campaña electoral que le llevó a ser presidente de la república, Michel Martelly prometió que este nuevo curso escolar 100.000 niños y niñas haitianos, que nunca antes habían sido escolarizados, comenzarían a recibir enseñanza gratuita. A punto de comenzar el curso, ante la realidad de que no podría hacer efectiva su promesa, se ordenó retrasar el comienzo de las clases, para no dejar en mal lugar las palabras del presidente…
El asunto es que por ningún lado se ve que se estén construyendo más escuelas o que se estén formando y/o reclutando a más profesores… Cuando se le plantean al presidente de Haití dudas sobre su plan de escolarización masiva, él responde que no hay problema que todo irá bien porque el dinero está ahí. De hecho se han creado dos nuevos impuestos cuya recaudación deberá ir destinada íntegramente a la educación.
Pero, tal vez, el dinero y las buenas intenciones no sean suficientes para escolarizar a tantos miles de niños…
Me resulta curioso confrontar esta situación con la que se está viviendo en España estos días, también relacionada con la Educación. Para “celebrar” la “vuelta al cole” se ha decidido recortar los presupuestos de educación en algunas comunidades autónomas y despedir a miles de profesores. Sin embargo, se nos dice, no hay que preocuparse, pues la educación de nuestros hijos no va a sufrir y será “mejor que nunca”…
En España tenemos un sistema que ofrece educación gratuita a todos nuestros niños y niñas. Ha costado mucho construirlo, pero puede costar muy poco destruirlo.
Las escuelas no se construyen en dos meses, ni los profesores se forman en cuatro días, por mucho dinero que haya disponible, ni por muchas buenas intenciones que tenga el presidente de Haití.
Pero, también, si en España comenzamos a considerar la educación “un gasto superfluo”, algo que se puede “recortar” sin más, podemos perder mucho, no solo ahora, en esta etapa de “crisis”, sino también en el futuro. En el futuro de todos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

De bancos


Ayer me pasé la tarde en el banco. No en el banco del parque…, pues, por desgracia, en Jacmel no hay parques. Estuve toda la tarde en la principal sucursal bancaria de la ciudad.
Otras dos de las exigencias para solicitar el permiso de residencia en Haití, es presentar un certificado de que tienes una cuenta bancaria personal y presentar un cheque a nombre del Tesoro Público por una cierta cantidad. Ambas cosas las tenían que hacer en mi banco.
Mi banco es realmente “mi banco” desde hace un mes. Hasta ahora no había abierto una cuenta bancaria en Haití. Me he venido “apañando” con el dinero que he traído en cada viaje de vuelta de España. Tampoco gasto tanto. Intento llevar una vida bastante austera aquí. Pero el caso es que para los trámites administrativos necesitaba tener una cuenta y la abrí.
La primera sorpresa es que por hacer un certificado de que tengo una cuenta bancaria a mi nombre, es decir, por rellenar un folio y poner un sello, me cobraron 41,25 dólares de “gastos bancarios”… Está claro que la banca no es una institución de beneficencia, ni en Haití ni en España.
Para elaborar el cheque a nombre del Tesoro Público estuvieron más de una hora. La dificultad estribaba en que mi cuenta es en dólares y el cheque debía ser emitido en gourdes… Para eso había que hacer un cambio de moneda, ¿a qué tasa de cambio?, ¿con gastos o sin gastos? La empleada que me atendía estaba inmersa en un mar de dudas. Dudas que le asaltaban antes de escribir cada cifra o cada dato. Menos mal que, al otro lado del teléfono tenía a “madame Michelle” que le iba dando las orientaciones en cada una de las veintitantas llamadas que le hizo… La chica ya no sabía qué cara ponerme… Al final se arrancó a hablarme un poco en español, pues, me contó, había estudiado Administración de Empresas en República Dominicana.
Finalmente lo conseguimos. Pero, siempre hay un pero, por esta gestión tenía que pagar “un timbre” de 0,20 gourdes… Actualmente, un euro son 52,33 gourdes; es decir, un gourde es algo menos que 2 céntimos de euro. Así, los 0,20 gourdes vienen a ser unos 0,4 céntimos de euro… (64 céntimos de las antiguas pesetas…). Vamos, ¡ná!. Pero tenía que pagarlos, para lo que la señorita, muy amablemente me acompañó a la caja. En todo el tiempo que estoy aquí, solo una vez he visto monedas de 0,50 gourdes, y no me consta que haya monedas más pequeñas… ¿Cómo lo hacíamos? Además, en ese momento, lo más pequeño que llevaba encima era un billete de 25 gourdes. Se lo doy a la cajera. La cajera sonríe nerviosa. No hay monedas. Llama al supervisor. El supervisor piensa un momento, toma el billete de 25 y me devuelve dos de 10. ¡Listo! ¡Solucionado! Me cobra 25 veces más de lo debido, sin ningún problema.
La verdad es que fue una tarde entretenida. Y, sobre todo, en el banco, al menos, se estaba fresquito…

lunes, 5 de septiembre de 2011

Una fiesta en Jacmel


En todo el tiempo que llevo en Jacmel, mis “obligaciones sociales” me han llevado a asistir a unas cuantas fiestas, (la última de ellas este sábado por la noche). Es por eso que creo ya conozco un poco la especial dinámica de este tipo de actos en Jacmel.
Desde un punto de vista eurocentrista, la primera peculiaridad es la de los horarios; aunque este es un tema que ya comenté alguna vez. Se nos cita “a partir de las 7 p.m”. Yo llegué a las 7.50 y no estaban ni los anfitriones… (Afortunadamente, en la casa había otras personas…) Me retiré a las 10.30 y todavía seguía llegando gente a esas horas…
Segunda peculiaridad, la música. Toda fiesta debe contar con un “disc jockey de guardia” y un equipo de sonido con enormes altavoces, que aseguren que todo el barrio se entere de que hay fiesta. Respecto al tipo de música, será siempre música haitiana, “kompa”. En primer lugar porque el “disc jockey de guardia” no traerá nunca otra cosa. En segundo lugar, porque aunque los anfitriones dispongan de otras variedades musicales, el “disc jockey de guardia”, nunca las pondrá. Y, en tercer lugar, porque si, “por error”, suena otra cosa que no sea “kompa”, todos los invitados haitianos harán “boicot” y permanecerán sentados con cara de aburridos…
Esto me da pie para citar la tercera peculiaridad de una fiesta en Jacmel: aunque se celebren, como es normal por las altas temperaturas, en un jardín al aire libre, en las fiestas debe contarse con un número de sillas al menos igual a la cantidad de invitados/as presentes… Al menos igual al número de haitianos… Mi experiencia de asistente a fiestas jacmelianas me ha llevado a dudar seriamente de esa leyenda de que los caribeños llevan el ritmo en la sangre… No he visto un grado mayor de “apalancamiento” ni en mis cumpleaños de adolescencia… El porcentaje de invitados que bailan en una fiesta no suele llegar ni al 10%; un porcentaje compuesto, en su gran mayoría, por los “blancos” asistentes…
Entonces, ¿cuál es el momento de mayor animación de una fiesta? Cuarta peculiaridad: el momento en que se sirve la comida. Ese es el verdadero centro de una fiesta. De hecho, tengo la sospecha de que si aparecen invitados (y “no invitados”…) varias horas después de la hora de convocatoria, es porque vienen de otra fiesta donde ya se acabó la comida… De todos modos, en el tema gastronómico como en el musical, los haitianos tampoco son grandes amantes de los “experimentos”: en la última fiesta había cuatro tortillas de patata que creo que ninguno de los haitianos probó… Afortunadamente no se echaron a perder, pues la colonia de españoles presentes dimos buena cuenta de ellas.

sábado, 27 de agosto de 2011

Conversaciones con mi jardinero

El argumento de esta película podría resumirse en pocas palabras. Dos compañeros de colegio se vuelven a reunir al cabo de muchos años. Uno es artista; un pintor reconocido que vuelve a su pueblo, a la casa de sus familia, tras toda una vida en París. El otro es un ferroviario jubilado que casi no ha salido nunca de su pueblo, y que ahora se dedica a trabajar como jardinero. El pintor necesita un jardinero y esta circunstancia provoca el reencuentro.

Un argumento sencillo, pero tal vez no se necesita más que eso, y mucha sensibilidad, para hacer una película profunda y emocionante.

Para mí es un reflejo de cómo dos maneras muy diferentes de entender de la Vida, de enfrentarse al mundo, pueden confluir en torno a una mesa, conversando, tomando café (o té). Cómo la felicidad cada uno puede encontrarla en cosas muy distintas, pero puede ser mayor si tratas de compartirla con los demás. Esa felicidad que puede hallarse en la cosas más sencillas o en la tareas más elevadas, pero que hemos de saber reconocerla y aferrarla con fuerza cuando aparece ante nosotros.

También es una expresión, quizás, de que cada uno interpretamos un papel en el teatro de la Vida. Unos son aparentemente más importantes que otros, sí, mas son los que nos tocan a cada uno. Pero la Vida, a veces, nos da también la oportunidad de hacer otras cosas, de dedicarnos, además, a otras vocaciones, intereses o habilidades que pueden ser la diferencia entre tener una Vida plena o no tenerla.

Seguramente no es una película con grandes frases para recordar, pero sí es una película que transmite toda una serie de sentimientos, como la amistad y la ternura, así como una serie de valores, como el gusto por las cosas bien hechas, la sinceridad…

Creo que intenta, finalmente, enseñarnos a apreciar toda la grandeza que puede residir en las cosas sencillas.


Lógicas haitianas

Esta tarde, cuando volvía de la oficina, me he encontrado con esta situación.

Alguien, tras haber pinchado una rueda, había dejado su coche, con el "gato" puesto, en medio de la calle, y se había llevado la rueda a arreglar…

En las cercanías no hay ningún taller de reparación de neumáticos. No es que por esa calle, por la que paso todos los días, haya mucho tráfico…; pero haberlo haylo. Es verdad que la mayoría de los vehículos que pasan son motos…; pero, también lo hacen con frecuencia automóviles, furgonetas, e incluso camiones de gran tonelaje…

¿Qué es lo que impulsa al dueño de este coche a dejarlo “en todo el medio” de la calle? Quizá lo mismo que le lleva a salir sin rueda de repuesto…

¿Qué pasará si algún otro vehículo de cuatro ruedas quiere pasar por ahí? La verdad es que muchas situaciones de la vida diaria de Haití me hacen pensar que uno de los lemas de esta nación podría ser, perfectamente, “el que venga atrás que arree”…


jueves, 25 de agosto de 2011

Artesanos haitianos

Hoy quisiera compartir este interesante vídeo sobre diferentes artesanos haitianos.
Hermosas imágenes con un atractivo fondo musical (que, sin embargo, no es música haitiana...)
Una pequeña ventana para recorrer otros aspectos de este complejo país.


NATURALLY HAITI from David Belle on Vimeo.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Conversaciones durante la tormenta

Este mañana, durante el desayuno, ha caído una fuerte tormenta sobre Jacmel. A la mesa estábamos solamente mi “vecino” canadiense y yo.

En un momento dado me ha preguntado cómo estaba siendo mi experiencia en Haití. Yo le he contestado que, en cuanto al trabajo, como en todos los trabajos, hay momentos buenos y otros, para olvidar… Y en cuanto a lo personal, le he dicho, mis relaciones con los haitianos me han hecho cambiar la percepción que se tiene del país en el exterior. Yo no me he encontrado con un pueblo violento, sino con personas amables y pacientes.

Mi “vecino”, que lleva más de diez años en Haití, me miraba con una cara entre irónica y extrañada. Para él, me decía, la violencia está profundamente arraigada en Haití. Es algo que comienza en el interior de las familias, donde casi todas las mujeres son maltratadas por sus “compañeros” y casi todos los niños y niñas reciben palizas de sus “padres”… En situaciones de crisis política y social, “las masas”, de manera espontánea e irracional, se comportan de manera violenta hasta extremos brutales; bien es verdad que, normalmente, durante periodos de tiempo muy cortos.

En su análisis, el origen de estas situaciones es que la haitiana es una sociedad donde reina el individualismo, así como el desprecio y la desconfianza hacia los demás.

Además, el país está dividido en dos estamentos separados, sin apenas contacto entre sí: el mundo rural y el urbano. A estos se podría añadir un tercero, “la diáspora”, más de cuatro millones de personas de origen haitiano viviendo en el exterior, pero sin contacto alguno con la “realidad” del país. Un auténtico “despilfarro humano” según él.

Finalmente, otro gran problema de la cultura haitiana, decía, es la incapacidad de la introspección crítica, la autocrítica, y la nula disposición a aceptar críticas del exterior.

Todo esto, en su conjunto, dificulta del desarrollo. Además, él había percibido una cierta oposición al desarrollo en sí mismo, sobre todo en el entorno rural. La sociedad rural, me contaba, funciona bien siempre que todos se vean a sí mismos igualados en la pobreza; pero cuando alguien comience a sobresalir, se verá aislado y despreciado por sus vecinos…

Ante la rotundidad de este discurso, yo no podía sino preguntarle. “Y entonces, ¿tú qué haces aquí?”. A lo que él me ha contestado que, pese a todo, él cree en el desarrollo, en la capacidad de ir cambiando, poco a poco, las sociedades. Está convencido que cualquier país, también Haití, a través de un diálogo abierto y sincero, pero, sobre todo, a través de la educación de las nuevas generaciones, puede evolucionar y cambiar lo que podría considerarse un “destino maldito”.

Tras esta conversación bajo la tormenta, no sé si decir que he llegado a dos conclusiones o que tengo que hacerme dos preguntas: “(¿)No he comprendido nada todavía en el tiempo que llevo en Haití(?)”, y, “(¿)He tenido mucha suerte hasta ahora(?)”

lunes, 22 de agosto de 2011

Carta a mis hijos

Hola

Últimamente, se viven acontecimientos tensos, tanto en España, como en el resto del mundo… E incluso en nuestra casa…

En España ha surgido el movimiento de “los Indignados”, 15-M o DRY (Democracia Real Ya), como respuesta a una situación política, social y económica insostenible.

En el resto del mundo, especialmente en los países musulmanes, se han producido levantamientos populares, hasta ahora impensables, dirigidos principalmente por jóvenes a través de redes sociales.

En casa, comenzáis a sentiros mayores y exigís nuevos derechos, que, como es lógico, conllevan nuevas responsabilidades.

A pesar de lo que dijera, en su momento, algún “iluminado”, la Historia nunca termina. Ni la Historia del mundo, ni la de los países, ni la de las personas… La Vida sigue; pero, sobre todo la Vida evoluciona.

Acabo de leer que la diferencia entre “evolución” y “revolución” es solo una “R”; la “R” de la responsabilidad… Una responsabilidad que puede evitar la violencia que, casi inevitablemente, parece ligada a las revoluciones.

Hace poco leía también que otro mundo no solo es posible, ni que ya está aquí. Creo que es bueno que todos tratemos, cada uno desde nuestra posición, de asumir esa responsabilidad de evolucionar; como personas, como naciones y como Humanidad.

Creo que ambos sois inteligentes; ambos tenéis una mente abierta y ambos queréis cambiar esta sociedad. Yo también. Vuestra madre también. Mucha gente a vuestro alrededor también. Algunos partiendo desde bases culturales, políticas e incluso religiosas distintas. Pero creo, sinceramente, que siempre es mejor fijarnos en los que nos une, que en lo que nos separa. Quiero ofreceros, un ejemplo de eso. Me gustaría recomendaros que leáis dos libros. No muy largos, pero creo que con mucho contenido. Uno es “¡Indignaos!”, de Stephane Hessel. Este señor, ¡con 93 años!, ha escrito lo que se considera que fue uno de los documentos básicos del movimiento de “los indignados” españoles… El segundo es “¡Reacciona!”, escrito por diez hombres y mujeres, de diferentes edades y trayectorias, tanto políticas como profesionales, tratando de analizar qué podemos hacer, todos juntos, una vez “indignados”. Porque está claro que, tras la indignación, ha llegado la hora de la acción.

Hace muchos años, un señor muy perverso, pero tal vez, gran conocedor de la sociedad, escribió: “Algo tiene que cambiar, para que todo siga igual”.

Creo que tanto vosotros como nosotros estamos convencidos que ese tiempo ya pasó. Que ahora es el momento de actuar para cambiar, de verdad, este mundo. Quiero que sepáis que para eso siempre podréis contar, también, con nosotros.

Otro señor, al que le tengo mucho cariño, escribió, (y cantó):

“Tal vez será posible que esa hermosa mañana, ni tú, ni yo, ni el otro, la lleguemos a ver. Pero habrá que empujarla para que pueda ser.”


sábado, 20 de agosto de 2011

Ex-compañeros

Esta noche he tenido un sueño raro. Me encontraba en los grandes salones de lo que parecía ser un hotel bastante lujoso. Allí me encontraba con, al menos, una docena de antiguos compañeros míos de colegio. Todos ellos gente con la que no he mantenido prácticamente ningún contacto desde los catorce años. Tanto ellos como yo íbamos elegantemente vestidos. Voy trabando charla con todos ellos, hasta que, en un momento dado, uno me dice: “Bueno, ya que hemos venido a verte, ahora nos indicarás qué cosas bonitas e interesantes hay que ver en Haití…”. Y yo me quedé sin habla, porque, si ya me parecía muy poco probable encontrarme con ese grupo de personas, mucho menos posible me parecía el hecho de que hubieran venido a verme a Haití.

Sin embargo, esta mañana, una de las primeras cosas que he hecho ha sido buscar en internet, a ver si encontraba referencias de uno de los ex-compañeros que aparecían en mi sueño. No podía resistir la curiosidad de saber algo de él… Todavía soy capaz de recordar nombre y dos apellidos de mis compañeros de colegio. Fueron ocho años pasando lista todos los días…

La verdad es que no he encontrado demasiadas pistas de él en la Red… Mi generación todavía no es “nacida con Internet”. No hemos volcado toda nuestra vida en redes sociales y blogs. Aunque pueda parecer inconcebible, muchos de mis contemporáneos viven dejando apenas pistas en la Red. Aunque hay “grandes chivatos”, como son los Boletines Oficiales… Si uno se ha presentado a alguna oposición o si tiene algún requerimiento administrativo… ¡todo se sabe! O casi todo… A veces me pregunto, qué pasará con toda la ingente cantidad de información, (fotos y videos incluidos), que nuestros hijos dejan circular constantemente por internet. ¿Les servirá de algo en el futuro? ¿Se avergonzarán de ello? ¿Les servirá para conocerse mejor a sí mismo?

En mis andanzas por Facebook he llegado a “tropezarme” con algunos antiguos compañeros… Alguno, como yo, desperdigado por esos mundos de Dios…; pero, de pronto, sin muchas cosas que decirnos. Nuestras Vidas se separaron hace ya tantos años, que nuestros recuerdos comunes se remontan, pareciera, a escenas en blanco y negro, de una España muy distinta a la que ahora tenemos.

Ellos, y otros, aparecieron en mi sueño de anoche. Al fin y al cabo, son parte de mi Vida.


viernes, 19 de agosto de 2011

Diario del Congo

He comenzado a leer “El diario del Congo” de Ernesto “Che” Guevara.

Suelo reconocer mis pecados, y uno de ellos es sentir, todavía, una cierta atracción por ese personaje. No sé si calificarla de romántica, nostálgica o simplemente, de irracional. Durante mis años en Bolivia tuve ocasión de trabajar en la zona de los Valles Cruceños, donde el Che intentó organizar una guerrilla revolucionaria, un “nuevo Vietnam” en el corazón de Sudamérica, y donde solo consiguió encontrar, finalmente, la muerte.

Allí pude conocer y visitar algunos de los “santuarios del Che”: la escuelita de La Higuera, la lavandería del hospital de Vallegrande o la fosa donde su cada permaneció veinte años “desaparecido”…

También pude conocer allí a los “nuevos revolucionarios” cubanos. Universitarios, sobre todo médicos, que se educaron bajo el lema “seamos como el Che” y que ahora trabajan en todos los lugares allí donde hace falta trabajando en cooperación. Pues, tal vez, como tuve ocasión de compartir durante una charla con un médico cubano en el “Museo del Che” de Vallegrande, la cooperación internacional sea “la guerrilla” de nuestros tiempos.

Tal vez por eso, en la lectura del “Diario del Congo” encuentro tantos paralelismos con mi trabajo en Haití. Desde el idioma, (un francés que luego se demuestra bastante inútil para comunicar con la población…), hasta la ausencia de liderazgos políticos claros, pasando por una dudosa capacidad de una organización eficaz de las tareas… También, desde el “lado guerrillero”, nos encontramos en ambas situaciones con cierta “falta de espíritu revolucionario” y con la presencia de gran cantidad de “mercenarios” en nuestras filas…

Como el Che, trato de que no cunda el desaliento, así como de realizar frecuentes charlas “doctrinales” entre mis compañeros locales, tratando de imbuirles de una auténtica “moral revolucionaria”, con “el espíritu de sacrificio de un auténtico guerrillero” como principal norma de comportamiento. Todo ello, “a pie de obra”, tratando de no dar, en ningún momento una impresión de superioridad, sino de compañerismo; pues, al igual que reconoce el Che en el Congo, yo también soy consciente que puedo aprender muchas cosas de mis compañeros locales “en la lucha”.

Un curioso paralelismo más. Ernesto Che Guevara estaba escribiendo sus diarios en el Congo en los mismos días en que yo nacía…


La piscina del cónsul

Hace unos días tuve ocasión de conocer un curioso rincón de Jacmel. Se trata de una casa del centro histórico de la ciudad, en su prestigiosa “rue du Commerce”. Esta era la calle donde, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, se establecieron los más ricos comerciantes de la ciudad.

La casa en cuestión, como es lógico, había ido teniendo diferentes propietarios. El último fue el cónsul de los Estados Unidos en Jacmel.

El terremoto de enero de 2010 fue especialmente cruel con el centro histórico de Jacmel, que quedó prácticamente arrasado. Esta casa, como otras tantas, es, todavía, un espeluznante reflejo de los terribles acontecimientos de ese aciago día.

Sin embargo, la casa es también reflejo de una historia de decadencia progresiva. El seísmo culminó un proceso que ya había comenzado hacía décadas. Fue el remate final de un proceso degenerativo de la ciudad; tal vez de todo un país.

Causas, culpables, responsables… pueden encontrarse mucho. Aunque creo que en estos momentos lo más importante sería buscar, más bien, soluciones, proyectos, ilusiones…

La casa del cónsul casi no existe ya sino en nuestra imaginación. La naturaleza ha comenzado a tomar posesión de su jardín. Árboles poderosos y flores exuberantes arrancan de entre sus baldosas y cubren sus paredes. El cielo hace de techo; claro, luminoso, ardiente.

De los esplendores pasados, de las veladas entre “gente bien”, solo queda su piscina, con cierto aire romano. Un hotel vecino ha decidido restaurarla. Solo la piscina. No, por ahora, el resto de la casa. Así, por un “módico” precio, uno puede, cerrando los ojos, sentirse tal vez, por un día, cónsul honorario o rico comerciante, en una ciudad que ya no existe.