domingo, 2 de octubre de 2011
¿Educación para la Ciudadanía?
viernes, 30 de septiembre de 2011
La identidad perdida de una ciudad
Trámites y castidad
jueves, 29 de septiembre de 2011
Pasaporte difuminado
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Nubes
lunes, 26 de septiembre de 2011
Tirón de orejas
viernes, 23 de septiembre de 2011
La oficina de Correos
domingo, 18 de septiembre de 2011
La ciencia del sueño
sábado, 17 de septiembre de 2011
Sueño con precipicio
martes, 13 de septiembre de 2011
La vuelta al cole
miércoles, 7 de septiembre de 2011
De bancos
lunes, 5 de septiembre de 2011
Una fiesta en Jacmel
sábado, 27 de agosto de 2011
Conversaciones con mi jardinero
El argumento de esta película podría resumirse en pocas palabras. Dos compañeros de colegio se vuelven a reunir al cabo de muchos años. Uno es artista; un pintor reconocido que vuelve a su pueblo, a la casa de sus familia, tras toda una vida en París. El otro es un ferroviario jubilado que casi no ha salido nunca de su pueblo, y que ahora se dedica a trabajar como jardinero. El pintor necesita un jardinero y esta circunstancia provoca el reencuentro.
Un argumento sencillo, pero tal vez no se necesita más que eso, y mucha sensibilidad, para hacer una película profunda y emocionante.
Para mí es un reflejo de cómo dos maneras muy diferentes de entender de la Vida, de enfrentarse al mundo, pueden confluir en torno a una mesa, conversando, tomando café (o té). Cómo la felicidad cada uno puede encontrarla en cosas muy distintas, pero puede ser mayor si tratas de compartirla con los demás. Esa felicidad que puede hallarse en la cosas más sencillas o en la tareas más elevadas, pero que hemos de saber reconocerla y aferrarla con fuerza cuando aparece ante nosotros.
También es una expresión, quizás, de que cada uno interpretamos un papel en el teatro de la Vida. Unos son aparentemente más importantes que otros, sí, mas son los que nos tocan a cada uno. Pero la Vida, a veces, nos da también la oportunidad de hacer otras cosas, de dedicarnos, además, a otras vocaciones, intereses o habilidades que pueden ser la diferencia entre tener una Vida plena o no tenerla.
Seguramente no es una película con grandes frases para recordar, pero sí es una película que transmite toda una serie de sentimientos, como la amistad y la ternura, así como una serie de valores, como el gusto por las cosas bien hechas, la sinceridad…
Creo que intenta, finalmente, enseñarnos a apreciar toda la grandeza que puede residir en las cosas sencillas.
Lógicas haitianas
Esta tarde, cuando volvía de la oficina, me he encontrado con esta situación.
Alguien, tras haber pinchado una rueda, había dejado su coche, con el "gato" puesto, en medio de la calle, y se había llevado la rueda a arreglar…
En las cercanías no hay ningún taller de reparación de neumáticos. No es que por esa calle, por la que paso todos los días, haya mucho tráfico…; pero haberlo haylo. Es verdad que la mayoría de los vehículos que pasan son motos…; pero, también lo hacen con frecuencia automóviles, furgonetas, e incluso camiones de gran tonelaje…
¿Qué es lo que impulsa al dueño de este coche a dejarlo “en todo el medio” de la calle? Quizá lo mismo que le lleva a salir sin rueda de repuesto…
¿Qué pasará si algún otro vehículo de cuatro ruedas quiere pasar por ahí? La verdad es que muchas situaciones de la vida diaria de Haití me hacen pensar que uno de los lemas de esta nación podría ser, perfectamente, “el que venga atrás que arree”…
jueves, 25 de agosto de 2011
Artesanos haitianos
NATURALLY HAITI from David Belle on Vimeo.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Conversaciones durante la tormenta
Este mañana, durante el desayuno, ha caído una fuerte tormenta sobre Jacmel. A la mesa estábamos solamente mi “vecino” canadiense y yo.
En un momento dado me ha preguntado cómo estaba siendo mi experiencia en Haití. Yo le he contestado que, en cuanto al trabajo, como en todos los trabajos, hay momentos buenos y otros, para olvidar… Y en cuanto a lo personal, le he dicho, mis relaciones con los haitianos me han hecho cambiar la percepción que se tiene del país en el exterior. Yo no me he encontrado con un pueblo violento, sino con personas amables y pacientes.
Mi “vecino”, que lleva más de diez años en Haití, me miraba con una cara entre irónica y extrañada. Para él, me decía, la violencia está profundamente arraigada en Haití. Es algo que comienza en el interior de las familias, donde casi todas las mujeres son maltratadas por sus “compañeros” y casi todos los niños y niñas reciben palizas de sus “padres”… En situaciones de crisis política y social, “las masas”, de manera espontánea e irracional, se comportan de manera violenta hasta extremos brutales; bien es verdad que, normalmente, durante periodos de tiempo muy cortos.
En su análisis, el origen de estas situaciones es que la haitiana es una sociedad donde reina el individualismo, así como el desprecio y la desconfianza hacia los demás.
Además, el país está dividido en dos estamentos separados, sin apenas contacto entre sí: el mundo rural y el urbano. A estos se podría añadir un tercero, “la diáspora”, más de cuatro millones de personas de origen haitiano viviendo en el exterior, pero sin contacto alguno con la “realidad” del país. Un auténtico “despilfarro humano” según él.
Finalmente, otro gran problema de la cultura haitiana, decía, es la incapacidad de la introspección crítica, la autocrítica, y la nula disposición a aceptar críticas del exterior.
Todo esto, en su conjunto, dificulta del desarrollo. Además, él había percibido una cierta oposición al desarrollo en sí mismo, sobre todo en el entorno rural. La sociedad rural, me contaba, funciona bien siempre que todos se vean a sí mismos igualados en la pobreza; pero cuando alguien comience a sobresalir, se verá aislado y despreciado por sus vecinos…
Ante la rotundidad de este discurso, yo no podía sino preguntarle. “Y entonces, ¿tú qué haces aquí?”. A lo que él me ha contestado que, pese a todo, él cree en el desarrollo, en la capacidad de ir cambiando, poco a poco, las sociedades. Está convencido que cualquier país, también Haití, a través de un diálogo abierto y sincero, pero, sobre todo, a través de la educación de las nuevas generaciones, puede evolucionar y cambiar lo que podría considerarse un “destino maldito”.
Tras esta conversación bajo la tormenta, no sé si decir que he llegado a dos conclusiones o que tengo que hacerme dos preguntas: “(¿)No he comprendido nada todavía en el tiempo que llevo en Haití(?)”, y, “(¿)He tenido mucha suerte hasta ahora(?)”
lunes, 22 de agosto de 2011
Carta a mis hijos
Hola
Últimamente, se viven acontecimientos tensos, tanto en España, como en el resto del mundo… E incluso en nuestra casa…
En España ha surgido el movimiento de “los Indignados”, 15-M o DRY (Democracia Real Ya), como respuesta a una situación política, social y económica insostenible.
En el resto del mundo, especialmente en los países musulmanes, se han producido levantamientos populares, hasta ahora impensables, dirigidos principalmente por jóvenes a través de redes sociales.
En casa, comenzáis a sentiros mayores y exigís nuevos derechos, que, como es lógico, conllevan nuevas responsabilidades.
A pesar de lo que dijera, en su momento, algún “iluminado”, la Historia nunca termina. Ni la Historia del mundo, ni la de los países, ni la de las personas… La Vida sigue; pero, sobre todo la Vida evoluciona.
Acabo de leer que la diferencia entre “evolución” y “revolución” es solo una “R”; la “R” de la responsabilidad… Una responsabilidad que puede evitar la violencia que, casi inevitablemente, parece ligada a las revoluciones.
Hace poco leía también que otro mundo no solo es posible, ni que ya está aquí. Creo que es bueno que todos tratemos, cada uno desde nuestra posición, de asumir esa responsabilidad de evolucionar; como personas, como naciones y como Humanidad.
Creo que ambos sois inteligentes; ambos tenéis una mente abierta y ambos queréis cambiar esta sociedad. Yo también. Vuestra madre también. Mucha gente a vuestro alrededor también. Algunos partiendo desde bases culturales, políticas e incluso religiosas distintas. Pero creo, sinceramente, que siempre es mejor fijarnos en los que nos une, que en lo que nos separa. Quiero ofreceros, un ejemplo de eso. Me gustaría recomendaros que leáis dos libros. No muy largos, pero creo que con mucho contenido. Uno es “¡Indignaos!”, de Stephane Hessel. Este señor, ¡con 93 años!, ha escrito lo que se considera que fue uno de los documentos básicos del movimiento de “los indignados” españoles… El segundo es “¡Reacciona!”, escrito por diez hombres y mujeres, de diferentes edades y trayectorias, tanto políticas como profesionales, tratando de analizar qué podemos hacer, todos juntos, una vez “indignados”. Porque está claro que, tras la indignación, ha llegado la hora de la acción.
Hace muchos años, un señor muy perverso, pero tal vez, gran conocedor de la sociedad, escribió: “Algo tiene que cambiar, para que todo siga igual”.
Creo que tanto vosotros como nosotros estamos convencidos que ese tiempo ya pasó. Que ahora es el momento de actuar para cambiar, de verdad, este mundo. Quiero que sepáis que para eso siempre podréis contar, también, con nosotros.
Otro señor, al que le tengo mucho cariño, escribió, (y cantó):
“Tal vez será posible que esa hermosa mañana, ni tú, ni yo, ni el otro, la lleguemos a ver. Pero habrá que empujarla para que pueda ser.”
sábado, 20 de agosto de 2011
Ex-compañeros

Esta noche he tenido un sueño raro. Me encontraba en los grandes salones de lo que parecía ser un hotel bastante lujoso. Allí me encontraba con, al menos, una docena de antiguos compañeros míos de colegio. Todos ellos gente con la que no he mantenido prácticamente ningún contacto desde los catorce años. Tanto ellos como yo íbamos elegantemente vestidos. Voy trabando charla con todos ellos, hasta que, en un momento dado, uno me dice: “Bueno, ya que hemos venido a verte, ahora nos indicarás qué cosas bonitas e interesantes hay que ver en Haití…”. Y yo me quedé sin habla, porque, si ya me parecía muy poco probable encontrarme con ese grupo de personas, mucho menos posible me parecía el hecho de que hubieran venido a verme a Haití.
Sin embargo, esta mañana, una de las primeras cosas que he hecho ha sido buscar en internet, a ver si encontraba referencias de uno de los ex-compañeros que aparecían en mi sueño. No podía resistir la curiosidad de saber algo de él… Todavía soy capaz de recordar nombre y dos apellidos de mis compañeros de colegio. Fueron ocho años pasando lista todos los días…
La verdad es que no he encontrado demasiadas pistas de él en la Red… Mi generación todavía no es “nacida con Internet”. No hemos volcado toda nuestra vida en redes sociales y blogs. Aunque pueda parecer inconcebible, muchos de mis contemporáneos viven dejando apenas pistas en la Red. Aunque hay “grandes chivatos”, como son los Boletines Oficiales… Si uno se ha presentado a alguna oposición o si tiene algún requerimiento administrativo… ¡todo se sabe! O casi todo… A veces me pregunto, qué pasará con toda la ingente cantidad de información, (fotos y videos incluidos), que nuestros hijos dejan circular constantemente por internet. ¿Les servirá de algo en el futuro? ¿Se avergonzarán de ello? ¿Les servirá para conocerse mejor a sí mismo?
En mis andanzas por Facebook he llegado a “tropezarme” con algunos antiguos compañeros… Alguno, como yo, desperdigado por esos mundos de Dios…; pero, de pronto, sin muchas cosas que decirnos. Nuestras Vidas se separaron hace ya tantos años, que nuestros recuerdos comunes se remontan, pareciera, a escenas en blanco y negro, de una España muy distinta a la que ahora tenemos.
Ellos, y otros, aparecieron en mi sueño de anoche. Al fin y al cabo, son parte de mi Vida.
viernes, 19 de agosto de 2011
Diario del Congo
He comenzado a leer “El diario del Congo” de Ernesto “Che” Guevara.
Suelo reconocer mis pecados, y uno de ellos es sentir, todavía, una cierta atracción por ese personaje. No sé si calificarla de romántica, nostálgica o simplemente, de irracional. Durante mis años en Bolivia tuve ocasión de trabajar en la zona de los Valles Cruceños, donde el Che intentó organizar una guerrilla revolucionaria, un “nuevo Vietnam” en el corazón de Sudamérica, y donde solo consiguió encontrar, finalmente, la muerte.
Allí pude conocer y visitar algunos de los “santuarios del Che”: la escuelita de La Higuera, la lavandería del hospital de Vallegrande o la fosa donde su cada permaneció veinte años “desaparecido”…
También pude conocer allí a los “nuevos revolucionarios” cubanos. Universitarios, sobre todo médicos, que se educaron bajo el lema “seamos como el Che” y que ahora trabajan en todos los lugares allí donde hace falta trabajando en cooperación. Pues, tal vez, como tuve ocasión de compartir durante una charla con un médico cubano en el “Museo del Che” de Vallegrande, la cooperación internacional sea “la guerrilla” de nuestros tiempos.
Tal vez por eso, en la lectura del “Diario del Congo” encuentro tantos paralelismos con mi trabajo en Haití. Desde el idioma, (un francés que luego se demuestra bastante inútil para comunicar con la población…), hasta la ausencia de liderazgos políticos claros, pasando por una dudosa capacidad de una organización eficaz de las tareas… También, desde el “lado guerrillero”, nos encontramos en ambas situaciones con cierta “falta de espíritu revolucionario” y con la presencia de gran cantidad de “mercenarios” en nuestras filas…
Como el Che, trato de que no cunda el desaliento, así como de realizar frecuentes charlas “doctrinales” entre mis compañeros locales, tratando de imbuirles de una auténtica “moral revolucionaria”, con “el espíritu de sacrificio de un auténtico guerrillero” como principal norma de comportamiento. Todo ello, “a pie de obra”, tratando de no dar, en ningún momento una impresión de superioridad, sino de compañerismo; pues, al igual que reconoce el Che en el Congo, yo también soy consciente que puedo aprender muchas cosas de mis compañeros locales “en la lucha”.
Un curioso paralelismo más. Ernesto Che Guevara estaba escribiendo sus diarios en el Congo en los mismos días en que yo nacía…
La piscina del cónsul
Hace unos días tuve ocasión de conocer un curioso rincón de Jacmel. Se trata de una casa del centro histórico de la ciudad, en su prestigiosa “rue du Commerce”. Esta era la calle donde, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, se establecieron los más ricos comerciantes de la ciudad.
La casa en cuestión, como es lógico, había ido teniendo diferentes propietarios. El último fue el cónsul de los Estados Unidos en Jacmel.
El terremoto de enero de 2010 fue especialmente cruel con el centro histórico de Jacmel, que quedó prácticamente arrasado. Esta casa, como otras tantas, es, todavía, un espeluznante reflejo de los terribles acontecimientos de ese aciago día.
Sin embargo, la casa es también reflejo de una historia de decadencia progresiva. El seísmo culminó un proceso que ya había comenzado hacía décadas. Fue el remate final de un proceso degenerativo de la ciudad; tal vez de todo un país.
Causas, culpables, responsables… pueden encontrarse mucho. Aunque creo que en estos momentos lo más importante sería buscar, más bien, soluciones, proyectos, ilusiones…
La casa del cónsul casi no existe ya sino en nuestra imaginación. La naturaleza ha comenzado a tomar posesión de su jardín. Árboles poderosos y flores exuberantes arrancan de entre sus baldosas y cubren sus paredes. El cielo hace de techo; claro, luminoso, ardiente.
De los esplendores pasados, de las veladas entre “gente bien”, solo queda su piscina, con cierto aire romano. Un hotel vecino ha decidido restaurarla. Solo la piscina. No, por ahora, el resto de la casa. Así, por un “módico” precio, uno puede, cerrando los ojos, sentirse tal vez, por un día, cónsul honorario o rico comerciante, en una ciudad que ya no existe.

