martes, 16 de noviembre de 2010

“Livres en liberté”


Ayer domingo por la tarde estuve en lo más parecido a una Feria del Libro que hay en Jacmel.
El evento se denominaba “Livres en liberté” y solo duraba un día. Se celebraba en el “Hotel Florita”, un edificio histórico y toda una institución en la ciudad, que ha sobrevivido dignamente al terremoto del 12 de enero, aunque con algunas cicatrices visibles.
Más que de una Feria del Libro se trataba de algo así como de una “caravana de escritores”, pues reunía a un gran número de autores haitianos, de todas las edades y estilos, que presentaban sus novedades, firmaban libros y, por supuesto, trataban de convencerte para que compraras sus obras.
Lo más sorprendente para mí fue la extraordinaria afluencia de público. Varios cientos de personas se agolpaban en un espacio relativamente pequeño, pero dedicado íntegramente a los distintos campos de la cultura haitiana. Se presentaban novelas y relatos, pero también libros históricos y técnicos.
Y resultaba esperanzador ver que la mayor parte de los asistentes eran jóvenes, chicos y chicas. Algunos quizá venían bajo “recomendación” de sus profesores, pero otros, sin duda, lo hacían por un sincero interés en aprovechar las escasas ocasiones en que un acontecimiento de este tipo tiene lugar aquí. Quizá por tal motivo era llamativo ver cómo muchos, sobre todo ellas, acudían muy elegantemente vestidos (en mi pueblo diríamos que “como para ir de boda”), como a una fiesta. Y la verdad es que una fiesta parecía. El ambiente era lúdico y cordial, nada formal, pero a la vez respetuoso. Se notaba que mucha gente había venido de fuera de Jacmel y aprovechaba para encontrarse con amigos y conocidos.
Entre los asistentes me llamó la atención un grupo que llevaba camisetas con la leyenda “Asociación de jóvenes haitianos optimistas”. No es fácil ser optimista en Haití. Parece que la realidad diaria se confabula contra esa actitud. Pero creo que entre las 18 candidaturas que se presentan a las próximas elecciones, no hubiera estado mal que también hubiera tenido su presencia ésta otra, la de los optimistas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La peluquería

Esta mañana he ido a la peluquería.

El clima caluroso y húmedo de Jacmel, así como el polvo que se levanta por sus calles no estaba favoreciendo mucho a mis largos cabellos…

Pregunté a otros españoles si conocían un peluquero “de confianza”. Me indicaron uno, pero fui y estaba cerrado. De modo que tomé la decisión de “experimentar” con el que encontrara abierto. Hallé finalmente uno que, además tenía bastante parroquia, así que pensé que no sería malo.

Tuve que esperar un ratito, pero así me dio tiempo de observar un poco el local y a la clientela. Además de peluquería, allí se vendía agua y refrescos, calculadoras y Superglue… Esto del Superglue es algo que me llama la atención. Es omnipresente; lo ofrecen por todas partes, tanto las tiendas como los vendedores ambulantes. En un país en el que está todo roto, no deja de tener cierta lógica…, pero, ¿será verdad eso de que el Superglue puedo arreglarlo todo? ¿Esa es la verdadera base del Plan de Reconstrucción Nacional?

Me tocó el turno. Ya me cuesta hacer entender a los peluqueros en España qué es lo que quiero, como para conseguirlo con un “coiffeur” haitiano… El problema viene, además de que la base de la peluquería de caballeros en Haití está en la maquinilla. Lo normal es elegir entre un corte “al cero” o “al uno”… Y, realmente, a la mayoría de los hombres aquí les queda muy bien, pero yo no estoy seguro de que como quedaría un servidor de esa guisa… De modo que lo primero que tuvo que hacer el peluquero fue buscar en un baulito un accesorio para su maquinilla para que el corte inicial de “descarga” fuera menos drástico. Luego, poco a poco, fuimos definiendo cuánto quería que me fuera recortando por cada lado. Mientras tanto, tuve tiempo de reconocer expresiones de curiosidad en el resto de la clientela… y de ver pasar una vaca por la puerta, paseando por la calle principal de Jacmel…

Cuando, finalmente, di por buena la tarea, el peluquero exhaló un suspiro, de entre cansancio y satisfacción. Le había costado algo más de lo habitual terminar la faena, pero el resultado no fue nada malo.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Los protegidos


El cólera, también conocido como “la enfermedad de las manos sucias”, se extiende poco a poco, inexorablemente por Haití. Se trata de una de las pocas “maldiciones” que había perdonado a este sufrido país en los últimos años. Pero, dadas las condiciones higiénicas en las que deben vivir la mayor parte de sus habitantes, lo extraño es que no haya aparecido antes.

El terremoto del 12 de enero, además de ocasionar cientos de miles de muertes, dejó sin hogar a más de un millón de personas, que, desde entonces, viven en campos de refugiados que, en muchas ocasiones, no disponen de los adecuados servicios de agua y saneamiento. Pero la situación ya llevaba muchos años deteriorándose. Hoy leía que en los años 80, durante la dictadura de los Duvalier, una persona podía ser detenida si tiraba un papel al suelo en las calles de Puerto Príncipe. Esta semana, la prensa publicaba que varios cerdos vagabundeaban en los alrededores del Palacio Nacional de ese mismo Puerto Príncipe. Como dicen en mi tierra. “ni tanto ni tan calvo”.

Pero, más allá de las causas inmediatas de la epidemia, o de las causas estructurales, la mayor preocupación ahora mismo es el tratamiento de los enfermos y la concienciación a la población para evitar que la enfermedad se extienda aún más, de manera explosiva. La verdad es que es difícil. Las campañas iniciales de “Lávese las manos” se encontraron con que muchas personas solo pueden lavarse en aguas no muy limpias… Luego se continúo con “Lávese con agua y jabón”, pero claro, el jabón cuesta dinero y muchas familias lo tienen muy justito… Así, países solidarios y ONGs comenzaron a repartir jabón… Pero el jabón se acaba, se gasta… Y nadie parece decidirse a tratar de atajar el problema desde su base: acceso al agua potable, redes de saneamiento, recogida y tratamiento de basuras…

Es curioso, pero, por lo poco que sé, ninguno de estos temas aparece en los programas de los candidatos a las próximas elecciones del 28 de noviembre. Supongo que ellos deben considerar que no es TAN importante… Tal vez se sienten “protegidos” de todo mal…

Ese sentimiento de “protección” me contaban ayer que proviene del vudú, la religión oficial de la mayoría de los haitianos. Si cumples determinados ritos, estarás “protegido”, no importa lo que hagas. Así, de alguna manera, muchos sienten que “a mí no me contagiará el cólera”, aunque coma y beba cualquier cosa o tenga un montón de basura a la puerta de mi casa. Me decían que lo mismo ocurría cuando se hacían campañas contra el SIDA, “para qué tomar precauciones si yo ya estoy protegido”. Algunos incluso parece que consideran que “nacen protegidos”, si su madre, tras la concepción, cumple un determinado ritual.

Desde luego, viendo como conducen algunos, me creo que se consideren “protegidos”… En Jacmel debe de haber unas 5.000 motocicletas, y creo que he visto, hasta ahora sólo dos cascos…

Desde España, puede parecer un comportamiento irracional; pero no hace tantos años que soldados españoles portaban un “detente bala” bendecido en el pecho que les protegería de todo mal… Y, en la actualidad, se nos pretende convencer de que contratemos todo tipo de seguros para estar “protegidos”…


jueves, 11 de noviembre de 2010

En el banco


Ayer estuve en el banco. Uno pensaría que dado que Haití es, como tantas veces se recuerda, el país más pobre de América, no habrá mucha gente con una cuenta bancaria.

Pues sigo sin saber el porcentaje de haitianos que tienen dinero en el banco, pero, desde luego, a juzgar por la cantidad de personas que formaban una ordenada y apretada fila al sol a la puerta del banco, no deben ser pocos.

Me sigue pareciendo mentira que una oficina tan pequeña pudiera atender a tanta gente. Además con tan poco personal, porque, como me explicaron, muchos de los antiguos empleados “se han fugado”..., pero no con el dinero, sino a trabajar de administradores o de contables a las ONGs internacionales, que pagan mejor.

Me llamaron la atención algunas cosas. Como, por ejemplo, que tenía que dar mis datos personales para hace un trámite, y me pidieron el nombre completo de mi madre, pero no les interesaba para nada el de mi padre. Ya me había explicado alguien que aquí en Haití tienen muy claro que hijos de nuestra madre somos, pero lo del padre…

Por otro lado, me pidieron dos referencias de personas que pudieran responder de mí, lo que, con el poco tiempo que llevo en el país, tuve que pensar un poco. Finalmente, me pidieron el nombre de mi esposa, y su fecha de nacimiento… ¿Pensarán felicitarla para su cumpleaños?

Pasé bastante tiempo en el banco. Mucho más de lo que pensaba. Pero, pese al paso de las horas, no dejó de sorprenderme la tranquilidad que reinaba, tanto entre los clientes, como entre los empleados. Quizá debamos los europeos aprender algunas cosas de los haitianos relativas a la paciencia y al control del stress. Se me dirá que quizá ellos tendrían que aprender algo sobre eficiencia y productividad. Pero, a ese respecto, debo señalar que, cuando llegó la hora del cierre, se hizo pasar a todos los que todavía esperaban fuera. Nadie se quedaría sin atender ese día. Lo que me parece una muestra de un respeto también quizá un poco olvidado en Europa.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La prima

Ayer hablaba de la simpatía de los niños con los que me encuentro. Hoy tengo que hablar de otro tipo de “simpáticos”.

La escena de hoy ya me había ocurrido antes, con ligeras variaciones. Salí a hacer unos recados al centro de Jacmel. A la vuelta se puso a llover con violencia tropical y me refugié en un porche para esperar a que escampar. Al poco rato, entro un tipo a protegerse de la lluvia también en el mismo porche. Sonriente, bien vestido. Enseguida comenzamos a hablar. Me preguntó de dónde era y en qué trabajaba. Me contó que había estudiado Derecho, pero que la vida es dura en Haití y que no encontraba empleo. Al instante, lo obvio; “no

podría usted encontrarme un trabajo”. Tuve que explicar lo que no siempre resulta fácil de hacer comprender. En mi trabajo aquí jamás me encargo de contratar a nadie. Son nuestros socios o “contrapartes” locales los responsables de hacer eso, de acuerdo con los objetivos del proyecto de que se trate.

Hasta ahí, “lo normal”. Lo que ya no me pareció tan normal, aunque debe de serlo, por la tranquilidad con que lo dijo, es que, tras un momento de reflexión, me preguntara: “¿Y no quiere usted tener una amante en Haití? Porque tengo yo una prima…”

El turismo sexual no es nuevo en Haití. Películas como “Vers le Sud” reflejan como en los años 80, durante la dictadura de los Duvalier, se convirtió en uno de los “negocios” nacionales.

Indudablemente la vida es dura en Haití. Queda mucho por hacer, mucho por reconstruir. Muchas organizaciones, muchas personas, estamos aquí para colaborar, aunque sólo sea un poco, a que el pueblo haitiano sea de nuevo dueño de su destino, como decidió serlo en 1804. Entonces decidieron liberarse de la esclavitud de una potencia colonial. Ahora, posiblemente, deban liberarse también de otras esclavitudes, de otros sometimientos.


martes, 9 de noviembre de 2010

El Conguito blanco


Que levante la mano quien no haya vivido esta escena: nos encontramos a un niño negro pequeñito por nuestra ciudad y nuestra mano no puede resistir la tentación de acariciar su pelo crespo, de pasar nuestros dedos por sus rizos, a la vez que decimos “Mira que majo, si parece un Conguito”.

Pues hoy yo me he sentido como un Conguito. No sé si hay Conguitos blancos. Seguro que mi viejo amigo Miguel Ángel podría decírmelo… Según Internet parece que sí. Pero, en cualquier caso, yo, esta tarde me he sentido un Conguito blanco. Había salido a hacer unos recados cuando, por tres veces, me he cruzado con niños pequeños, de la mano de sus madres, que, al cruzarse conmigo, se ha reído y me han acariciado, han tomado mi mano, la han hecho chocar, mirando hacia arriba y diciéndole a sus madres algo que no pude entender, pero que debía de ser el equivalente a “Mira, que majo, un blanco”

¿El mundo al revés? Con los años me voy dando cuenta de que el mundo no tiene ni derecho ni revés, pero sí muchas caras. Cuando vivía en Gran Bretaña, llegué a la conclusión de que esa isla era como mundo de Alicia, “el otro lado del espejo”: los coches van por la izquierda, desayunan lo que nosotros comeríamos, las tiendas cierran cuando abrirían en España… Estoy empezando a pensar que Haití puede ser otra cara del mundo: el negativo de la película. Aquí el negro soy yo, pero en negativo; por eso, lo que algunos me gritan por la calle es “¡Eh, tú, blanco!”

Aquí lo negro manda, lo negro gobierna, lo negro se impone. Pero es que Haití no es cualquier cosa. Cuando todas las colonias americanas de España todavía se estaban planteando si levantarse o no contra el Rey, un ejército de ex esclavos negros ya había vencido a las tropas de Napoleón, comandadas nada menos que por su cuñado el general Leclerc. La mismísima Paulina Bonaparte, la hermana del Emperador, que acompañaba a su marido para tomar posesión de “la perla del Caribe”, terminó refugiada en la isla Tortuga antes de poder volver a Francia con una mano delante y otra detrás.

Dicen que para eso este país hizo un pacto con el Diablo, pero, ¿quién no lo habría hecho para conseguir salir de la esclavitud? ¿Qué es el diablo sino algo así como “el negativo” de Dios? ¿No es necesario el negativo para que crear el positivo?

Quizá, como narra Alejo Carpentier, en Haití no quisieron tanto dedicarse a soñar con el Reino de los Cielos, como a luchar por conseguir “el Reino de este mundo”.

No es extraño que aquí pueda haber Conguitos blancos

domingo, 7 de noviembre de 2010

Primer contacto con la televisión haitiana.


En la habitación del hotel donde resido actualmente en Jacmel hay un televisor, pero, hasta ahora no había funcionado. Se ve que aprovechando el paso del huracán Tomas, han decidido repararlo.

Hoy ha sido pues mi primera ocasión de tomar contacto con la televisión haitiana. He encontrado tres canales.

Uno es el canal internacional francés TV5, que está emitiendo una especie de “Galas del Sábado” (y nunca mejor dicho lo de “galas”…)

Los otros dos son canales locales de Jacmel. En el 5 hay una especie de película rodada con video casero en creole sobre una pareja de emigrantes en Estados Unidos, con una música de fondo triste y deprimente.

El canal 4, sin embargo, emite constantemente videos musicales de aires caribeños, pero acompañados de las imágenes de unas jóvenes locales que nuestras abuelas no dudarían en calificar de “sicalípticas”, cuyos movimientos y actitudes cabría denominar de cualquier forma menos de “honestos y recatados…” Y no estoy viendo la tele de madrugada, sino a las nueve y media de la noche.

Lo más curioso de todo es que, en ambos canales locales, no cesan de salir mensajes al pie de la pantalla ofreciendo puestos de trabajo en proyectos de cooperación.

Pero claro, ponerse a tomar nota de las ofertas de empleo entre las lágrimas del canal 5 o los contoneos del 4 no sé si resulta lo más fácil.

En España no veía mucho la tele, pero tampoco creo que la vaya a ver mucho en Haití.


sábado, 6 de noviembre de 2010

Mañanita de sábado


Dicen que tras la tempestad, viene la calma. Y eso parecía, en efecto, que sucedía hoy en Jacmel. El día aparecía soleado, con pocas nubes y una suave brisa.

Me levanté temprano y salí a la calle recién duchado siguiendo un espejismo: me habían dicho que una panadería, al otro extremo de la ciudad, hacía, a veces croissants. Y yo hoy tenía capricho de croissants.

Caminar hoy por Jacmel era un solo un poco más difícil de lo habitual. Algo más de agua en los charcos, más barro, por supuesto, algo de tierra en la calle principal arrastrada desde las calles secundarias… Y eso, sí, la basura un poco más repartida…

Pero el ambiente, tras tanta lluvia, parecía como limpio y recién estrenado, con las hojas de los árboles de un verde brillante.

Tras cruzar toda la ciudad no logré encontrar esa soñada panadería. Cuando volvía, un tanto frustrado, uno de los blancos todoterrenos de Naciones Unidas me salpicó entero al pasar sobre un charco a mi lado. Poco después, un camión de la compañía eléctrica, que, por alguna razón, tenía la salida de su inmenso tubo de escape a un metro setenta del suelo, me echó to el humo a la cara; quizá ofreciéndose como secador.

Volvía yo pensando, irónicamente, en ese refrán de “a quien madruga, Dios le ayuda”, cuando un anciano canoso, sentado a la puerta de su casa, me saludó sonriente: “Bonjour” y me iluminó el día. Me acordé entonces de aquel otro viejo estribillo de mi infancia: “¿de qué color es la piel de Dios?”


viernes, 5 de noviembre de 2010

Tomas


El huracán Tomas parece que acaba de terminar su “visita” a Jacmel.

Para los que vivimos en lo que llaman una “casa dura” la preocupación no ha ido más allá de cerrar bien puertas y ventanas, no salir fuera y esperar a que todo termine.

Pero para los cientos de familias que llevan meses viviendo en tiendas de campañas, la noche ha debido de ser muy larga. Algunos de ellos fueron evacuados a los escasos refugios seguros disponibles; pero la mayoría ha debido, como indicaron las autoridades, “organizarse”, es decir, recurrir, una vez más, a la solidaridad de sus parientes, amigos y vecinos para tratar de pasar este trance “lo menos mal posible”.

Uno de los campos más grandes de Jacmel, el situado en el instituto Pinchinat, se informa que ha sufrido graves daños, pero que sus “inquilinos” habían sido previamente evacuados. Claro que ahora habrá que buscarles otro nuevo alojamiento, en esta historia de nunca acabar que parece la reconstrucción de Haití.

Sin embargo, cuando nos hemos acercado a comprobar cómo había afectado la tormenta a nuestro “vecinos” del campo de refugiados cercano, me ha sorprendido ver a los niños sonriendo y jugando.

Supongo que ese es el espíritu irreductible de los haitianos.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Jacmel is different



Nuestros vecinos de la Cruz Roja canadiense se pasan el día lavando su docena de todoterrenos, cuando doscientos metros más abajo existe un campo de refugiados viviendo en tierras sin acceso a agua corriente.

En la tienda de móviles más chic de Jacmel, los empleados calculan los cambios a devolver de tu compra utilizando sus nuevas y flamantes Blackberry.

Los limpiabotas de la ciudad no te abrillantan los zapatos puestos; te ofrecen una sillita, te los quitas y te ofrecen unas chanclas mientras tanto.

Las alcantarillas de Jacmel no tienen tapas. Deben estar siendo utilizadas para otros menesteres. Lo cual, en una ciudad tan poco iluminada como ésta, añade “una cierta emoción” a los paseos nocturnos…

Compartir una sola mototaxi entre dos pasajeros, se considera normal y aceptable. Solo es necesario pagar el doble, claro. También se puede utilizar una mototaxi para llevar arrastrando carretillas o hierros de construcción que hacen saltar chispas de las sufridas calles de Jacmel.

Bien temprano de madrugada unas mujeres recorren las calles anunciado “pan caliente” a domicilio.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Con el Presidente de Haití


Hoy he asistido a una reunión en Jacmel convocada por el presidente de la república de Haití. Se convocaba a todas las organizaciones, nacionales e internacionales relacionadas con protección civil y prevención de riesgos y desastres.

El evento tenía lugar en el hotel más chic de la ciudad. Tan chic que el joven mototaxista al que le pedí que me llevara no lo conocía. Por cierto, el muchacho hablaba español porque había trabajado de jornalero en República Dominica. Se excusó conmigo porque había aprendido el idioma en el campo y “no hablaba fino”.

Al llegar al hotel era notoria, como es lógico, la presencia de fuerzas de seguridad. También, como es habitual, potentes todoterrenos abarrotaban el aparcamiento. Yo me bajé, lo más discretamente que pude, del ciclomotor que me traía.

Llevando como llevo apenas diez días en Jacmel, no conocía a nadie, ni nadie me conocía a mí. Lo que ocurre es que Egido, mi veterana compañera, está de viaje de trabajo en República Dominicana y me tocó a mí asistir a la reunión. Pero aquí no me ocurrió como ayer en el cementerio. Un europeo, aunque no vaya vestido de etiqueta, sino con un polo y zapatillas, siempre es bienvenido en estos actos, porque representa a “un financiador”, es decir, al dinero.

La reunión se anunciaba en la invitación como “a partir de las 10.30”, y eso ya me mosqueó un poco. Llegué a acostumbrarme al concepto de “hora boliviana”, que significaba que los bolivianos siempre vivían un meridiano más allá que los demás, y por eso acudían siempre una hora tarde… En Haití, la hora es un concepto más bien de “realismo fantástico”. El presidente y su numeroso séquito apareció a eso de las doce y nadie se extrañó y nadie se excusó tampoco.

A favor del presidente de la república debo decir que tuvo un detalle que no he visto muchas veces. Nada más entrar se dirigió a saludar y a estrechar la mano de todos y cada uno de los presentes, los conociera o no los conociera, como era, evidentemente, mi caso.

Al tenerlo a mi lado me pareció más bien un modesto jubilado, pequeño, pacífico, suave de formas, un puntito decrépito. Pero, como todo en Haití, creo que esa sensación mía era más bien engañosa. En cuanto cogió el micrófono se transfiguró en político. El objetivo de la reunión era poner de relieve la eficiencia y la coordinación de los servicios de protección civil haitianos, incluso teniendo en cuenta que, en la mayor parte de los casos, dependen del apoyo de los medios materiales puestos a su disposición por organismos internacionales y ONGs. Todo esto quedó bien recalcado de cara a la numerosa prensa asistente al acto. Mientras, los representantes internacionales callaron y un miembro de otra ONG me dirigió un discreto gesto de escepticismo.

Y es que no puede olvidarse que pese al cólera, pese a tantas tareas de reconstrucción aún sin comenzar en el país, Haití está inmerso en una larga campaña electoral que debería culminar en las elecciones del próximo 28 de noviembre.

Sea quien sea quien gane, espero que pueda, por fin, ofrecer un futuro mejor al pueblo haitiano.


lunes, 1 de noviembre de 2010

La Toussaint y los Guedés

Hoy se celebra en todo los países cristianos la fiesta de Todos los Santos.

Haití, oficialmente es un país católico, y, a pesar de haber renegado en muchos aspectos de su ex metrópoli colonial, Francia, heredó de ésta la tradición de celebrar “la Toussaint”.

Claro que todo en Haití es un poco peculiar. ¿En qué se nota que hoy es fiesta? Pues pudo resumirlo en que hoy la música, por todos lados, tiene mucho más ritmo, mucho más aire africano. Debe ser lo que llaman los "guedés", unas ceremonias con alguna apariencia cristiana, pero con un trasfondo bastante más cercano a la otra religión principal del país, el vudú.

Quería ver cómo se expresa todo eso y, con curiosidad, pero, sobre todo, con respeto, me he acercado al cementerio de Jacmel.

Desde fuera, (tiene una tapia muy bajita) no se veía mucho ambiente, pero en la puerta mismo había bastante gente.

He entrado intentando pasar desapercibido, pero, obviamente, no era fácil.

A unos pocos metros de la puerta había un grupo de gente reunida en torno a una de las sepulturas.

Habían colocado en el centro una rústica cruz de madera pintada de negro, con velas sobre ella.

Según he leído, es un típico signo de ceremonia vudú.

Enseguida tres o cuatro muchachos se me han acercado y me han dicho simplemente "NO", y he decidido irme de ahí, tranquilamente, sin decir nada.

La religiosidad de un pueblo suele encajar mal con la curiosidad de otros. Imagino que si un grupo de Hare Krishnas pretendiera colarse en el Rocío o en la procesión del Corpus de Toledo, en España tampoco serían bienvenidos...


domingo, 31 de octubre de 2010

Acostumbrarse


Poco a poco, sigo conociendo Jacmel, sigo conociendo algo más de Haití.
Ayer, otro español que lleva algo más de tiempo aquí, me preguntaba si ya me había acostumbrado a la vida en Haití. Yo le contesté que si es que uno se acostumbra. Él se quedó un momento pensativo y me dijo que, realmente, era una buena pregunta.
¿Y a qué hay que acostumbrarse? ¿A no tener algunas de las comodidades a las que estamos acostumbrados en Europa? Eso tal vez nos ayude incluso a valorar más algunas cosas que nos pasan desapercibidas, y a las que no damos importancia. Tener agua potable y recogida de basuras; poder acceder a una sanidad gratuita para todos; disponer de una red de carreteras transitable durante todo el año… ¿Alguien se felicita por tener eso en España?
¿Alguien se plantea realmente que los haitianos tendrían también derecho a todo eso? La verdad es que no estoy muy seguro de que ni ellos mismos se lo planteen. Haití está en campaña electoral. El próximo 28 de noviembre debe elegirse presidente de la república, así como diputados, senadores y alcaldes. Jacmel está lleno de carteles de los diferentes candidatos; pero sus mensajes no van mucho más allá de “Vótame a mí en lugar de a ese otro”.
Mientras tanto, o a pesar de eso, la vida sigue. Hoy he salido a recorrer el centro histórico y he coincidido, en un momento dado, con la salida de misa de una de las iglesias. Todo el mundo, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, salía vestido de punta en blanco. Como suele decirse “parecía que iban todos de boda”. Las iglesias, los edificios, las infraestructuras, están dañadas. La esperanza de muchos haitianos también. Pero esta gente, como esta ciudad, se resiste a desaparecer.
Superado el primer impacto, intento que mis ojos comiencen a vislumbrar todo lo que hay detrás, más allá de los escombros, las ruinas y los montones de basura. Imaginar cómo sería la plaza principal de Jacmel, presidida por el lema “Liberté, Egalité, Fratenité”, antes de estar ocupada por las tiendas de los refugiados… No se trata de no querer ver las muestras de ruina y abandono que, casi diez meses después del terremoto todavía están presentes. No quiero dejar de ver a los miles de personas que viven aquí todavía en “refugios provisionales” (simples tiendas de campaña). Pero quiero entrever, en el pasado que adivino, el futuro posible.
Es cierto que algún niño se me ha acercado y me ha pedido “un gourde” (la moneda local), pero no es lo habitual. Cuando iba a venir para acá, bromeaba con que en Haití iba a ser “el blanco perfecto”, pero no así. Hoy se me ha acercado un muchacho, de unos quince años, muy amable y, tras presentarse, me ha acompañado un rato en mi camino. ¿Qué quería? Quería practicar un poco su inglés. Me ha preguntado, entre otras cosas, dónde aprendí yo el inglés. Le he dicho que en la escuela. Él, sin embargo, está pagando una academia privada para aprenderlo. ¿Valoran nuestros jóvenes de quince años las oportunidades que les ofrece el instituto? ¿Valoran sus padres que la enseñanza sea gratuita?
¿Me acostumbraré a vivir en Haití? ¿Hacemos bien a “acostumbrarnos” a vivir en España?

viernes, 29 de octubre de 2010

Píldoritas de Jacmel

Al cumplir una semana en Jacmel supongo que debería ser capaz de transmitir algunas de las impresiones, conocimientos o sensaciones que he ido acumulando. Pero aún me sigue resultando complicado.

La verdad es que, de momento, tengo poco más que imágenes sueltas, instantáneas que quisiera ir transmitiendo:

En Jacmel no se recoge la basura, pero el alcalde se pasea a todas horas en su coche, un Hummer, color blanco, siempre limpio e impecable.

A la ciudad, la noche le favorece. Esta noche he descubierto la zona de viejas casas coloniales que recuerdan a las de New Orleans

He descubierto que la gente puede decirte por la calle “Salut, blanc” (“Hola, blanco”), pero hacerlo con respeto, sin asomo de desprecio.

En Jacmel se madruga mucho. Amanece a las 5.30 de la mañana y a las seis hace un sol que te quita las ganas de seguir en la cama.

El primer día, el tráfico de motos me pareció una locura. Hoy ya he ido incluso tranquilo en una moto. Por cierto que solicitar que un moto taxista lleve a dos pasajeros se considera muy normal aquí.

Es sorprendente la actividad cultural de una ciudad de apenas 40.000 habitantes: Haití será el país más pobre de América en renta per capita, pero no en inquietudes culturales de su población.

No entiendo la radio en creole, pero sí los resultados del futbol de la liga española cuando los anuncian.

Por cierto, ¿por qué si las escuelas enseñan oficialmente en francés, la mayor parte de la población sólo hablan creole?

Me resulta todavía extraño caminar junto a campos de refugiados con total normalidad por ambas partes.

Es curioso que en un país sin producción de cebada, una de las mejores cosas sea su cerveza: “Prestige”.

lunes, 25 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 5: Jacmel


Jacmel no es Puerto Príncipe. Pero Jacmel es Haití y también sufrió mucho los efectos del terremoto del 12 de enero de 2010. En esa fecha, la ciudad estaba a punto de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero el temblor, e incluso un pequeño tsunami posterior, la castigaron duramente.

Fundada por los franceses a finales del siglo XVII, llegó a ser uno de los más importantes puertos cafeteros en el siglo XIX. La riqueza de sus comerciantes adornó la ciudad hasta hacerla parecer un pequeño New Orleans.

Por desgracia, ahora mismo cuesta bastante encontrar esa legendaria belleza. He recorrido a pie sus calles. Muchas están todavía gravemente dañadas con socavones y zanjas. Montones de escombros y basura abandonada por cualquier lugar son compañeros ineludibles de cualquier paseo por el Jacmel de ahora mismo.

Sin embargo, la ciudad, tradicional cuna y refugio de los artistas haitianos, parece no querer rendirse. Tras el terremoto, cuando los ojos del mundo se fijaron en Puerto Príncipe, nadie se acordó de Jacmel, que quedó aislada de la capital. Pero los alumnos de su Escuela de Cine salieron a la calle, cámara en mano, para comunicar al resto del mundo lo que aquí estaba pasando. Semanas después, esos mismos artistas ofrecieron sesiones de cine en los campos de refugiados para contribuir a paliar los efectos psicológicos de la catástrofe, a menudo olvidados por los programas de ayuda internacional.

Además, mientras la ayuda llegaba, organizaciones locales como CROSE se ponían al frente de las tareas de emergencia a través de grupos de voluntarios de la ciudad. Posteriormente, estas mismas entidades locales fueron las que sirvieron como ayuda inestimable a las ONGs internacionales para canalizar la ayuda humanitaria y las que diseñaron y comienzan a ejecutar gran parte de los proyectos y programas de desarrollo post-emergencia.

Sin embargo, en escuchado algunos comentarios al respecto de que este sentimiento de solidaridad, de compañerismo de las primeras semanas tras el terremoto parece que tiende a transformarse, poco a poco, en un “sálvese quien pueda”. Una de las razones podría ser la cercanía de las elecciones que está previsto que se celebren el próximo 28 de noviembre, sin haber cerrado aún tantas y tantas heridas, físicas, pero también psicológicas, morales e incluso culturales.

Reitero que quiero pensar que Jacmel no se rinde. Llevo pocos días aquí, pero he podido comprobar que del infierno al paraíso puede haber sólo unos pasos. Sin duda, son pasos duros de dar entre montones de escombros y basura. Pero el esfuerzo merece la pena, y estoy seguro que muchos hombres y mujeres de este lugar están dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para ser dueños y artífices de un futuro mejor.

domingo, 24 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 4: de Puerto Príncipe a Jacmel


Me resulta muy difícil describir Puerto Príncipe.

Podría recurrir a algo sencillo y definirla como caótica. Pero creo que es algo más. Mucho más. Depende de donde poses la vista puede parecer una ciudad digamos “normal”. En algunos aspectos hasta bonita, con vegetación tropical y una luz hermosa. Pero, sin transición, uno puede ver también una ciudad devastada, como recién salida de una guerra. Montones de escombros, casas dobladas sobre sí mismas, en equilibrio precario. Y los campos de refugiados; ocupando cualquier espacio abierto, decenas y decenas de tiendas donde, desde hace ya más de diez meses, miles de familias viven sobre los escombros, rodeados de ruinas y basura.

Pero la ciudad tiene muchas caras. Egido, mi compañera de trabajo quería aprovechar que venía la capital para hacer unos cuantos recados. Tenía que pasar por la compañía de servicios de internet a pagar unas facturas y mientras lo hacía me dejó en uno de los supermercados más modernos de la ciudad, el Giant. Se trata de un establecimiento de aspecto totalmente europeo, incluso con un cajero automático en la puerta. Su oferta de productos es también ampliamente europea, especialmente de marcas francesas. Una nota curiosa podría ser que, en un momento dado, podría haber más cajeras (ocho ó diez) que clientes…

No era precisamente lo que esperaba encontrarme en mi primera hora en la ciudad, pero a pesar de encontrarme completamente desubicado es ese enclave europeo dentro de Puerto Príncipe, procuré cumplir con el trámite de hacerme con algunas provisiones, aún sin tener claros el nivel de precios ni el cambio gourde/euro.

La siguiente parada fue en el banco. Un edificio imponente, pero donde para entrar tienes que pasar al lado de varios enormes generadores eléctricos. Oficinas luminosas, aire acondicionado, empleadas y empleados bien trajeados… Un banco, al fin y al cabo. Pero un banco donde pasamos casi dos horas esperando que nos consiguieran tres justificantes de transferencias… Una primera lección de paciencia.

A la vez recibí otra lección. Esta vez de confianza basada en la experiencia. La noche anterior en Santo Domingo, Carmen la había pasado sufriendo por dónde aparcar el coche de manera que no se vieran las maletas. Aquí, en Puerto Príncipe, Egido dejó el coche con las maletas a la vista durante dos horas en plena calle, sin sentir la menor preocupación.

Terminados los trámites bancarios, teníamos concertada una cita con una asociación de mujeres. Como yo no estaba todavía al día del proyecto, me quedé esperando en otra salita. Enseguida Tamara, la recepcionista, me pidió que me sentara a su lado y le hiciera compañía. Lo primero que hizo fue mostrarme una docena de fotos suyas que tenía en el ordenador posando, bien vestida y maquillada, como una modelo profesional. La verdad es que la situación me causó cierto rubor y una cierta incomodidad. Le dije que a mí no se me ocurriría tener una foto mía de fondo de escritorio en el ordenador, pero a ella le parecía normal. Después me comenzó a cantar canciones de Selena, una artista country mexicano-americana. Me dijo que estaba estudiando español y me propuso conversar para practicar, ella en español y yo en francés. Estuvimos pues, dándonos lecciones hasta que Egido terminó su reunión y nos fuimos.

Salir de Puerto Príncipe puede llegar a ser una pesadilla. La ciudad no fue nunca un modelo urbanístico, pero ahora, tras el terremoto y con unas obras de reconstrucción no demasiado planificadas, uno nunca sabe qué calle o qué avenida puede estar cortada, o dónde un arroyo se ha desbordado y hay balsas de agua de más de medio metro de profundidad. El tráfico es una mezcla de camiones de los cascos azules y coches de ONGs internacionales con los medios de transporte público locales, los “tap-tap” camionetas o pequeños camiones adaptados para llevar a ocho o diez pasajeros en la parte trasera, algunas de ellas decoradas con elaborados diseños y vivos colores.

Al atravesar la parte baja de la ciudad fui viendo cada más zonas devastadas por el terremoto del 12 de enero. En algunas de ellas parecía no haber cambiado nada desde entonces. Especialmente impactante es pasar junto a algunos mercados, rodeados de montones enormes de basura y aguas sucias. Sin duda una tremenda bomba epidemiológica a punto de estallar.

Oficialmente fuera de Puerto Príncipe, pero prácticamente unidas a ella, se encuentran las poblaciones de Carrefour, Gressier y Leogane. En ésta última se localizó el epicentro del terremoto y quedó totalmente destruida, aunque no la atravesamos porque la carretera a Jacmel la rodea.

Lo que más me llamó la atención en el camino a Jacmel es que, a lo largo de sus casos más de cien kilómetros, nunca dejas de ver personas a los lados de la carretera. Sentados a la puerta de casa, caminando de lugar a otro, sacando vacas y cabras a pastar… Hombres, mujeres, niños y ancianos flanquean la carretera.

Para llegar a Jacmel hay que atravesar una zona montañosa con abundante vegetación. Una gran parte de Haití ha sido deforestado, pero todavía se conservan algunas zonas verdes, aun sin poder ser consideradas exuberantes.

Al anochecer del 21 de octubre entré por fin en Jacmel. Mi destino en Haití.

Destino Haití. Capítulo 3: el vuelo a Puerto Príncipe


Mucho no dormí esa noche. Ni siquiera el cansancio o el cambio horario me ayudaron. Pedí en recepción que me despertaran a las 5.15 de la mañana, pero a las 4.30 ya me estaba duchando.

Mi hotel era el utilizado habitualmente por muchos pilotos y azafatas, por lo que era posible desayunar a partir de las 5 de la mañana. Lo cual agradecí mucho. Entre otras cosas porque tampoco estaba muy seguro de cuándo volvería a comer ese día.

Había convenido con Carmen que, la temprana hora y el exiguo recorrido le eximía de acompañarme al aeropuerto de nuevo. Así que solicité los servicios de un taxista local.

A las 6 ya estaba en el aeropuerto facturando el equipaje a Puerto Príncipe. Como no había demasiadas cosas que hacer en el aeropuerto a esas horas, inmediatamente pasé el control de pasaportes. Mala cara debía llevar tras una noche sin dormir, porque fue la primera vez que cachearon (a ver si es verdad que tenía la cara de Tom Hanks en “Castaway”…) Eso sí, el funcionario que lo hacía no dejó de pedirme excusas en todo momento. Detrás de mi pasaron seis japoneses de la MINUSTAH (los cascos azules de la ONU encargados, supuestamente, de mantener el orden y la seguridad en Haití)

El vuelo iba a salir con retraso, de modo que estuve esperando casi dos horas en la puerta de embarque. Cuando llegó el momento nos hicieron formar a los treinta pasajeros en fila de a uno para acceder, caminando, al pequeño avión de hélice que nos esperaba alejado de la terminal.

Este vuelo no fue tan animado como el anterior. El pasaje iba en silencio. Apenas dos o tres haitianos en el avión. El resto, “gringos” de todo pelaje y condición.

Menos de una hora después el avión iniciaba el descenso sobre Puerto Príncipe. La verdad es que si no hubiera visto tantas imágenes, ni leído tantas crónicas del terremoto del 12 de enero, el paisaje, desde el aire, podría haberme parecido hasta bonito. Pero aquí, allí, allá, se veía repetida la imagen de los campos de refugiados donde todavía, diez meses después todavía viven, en muy precarias condiciones, cientos de miles de personas.

Tras tomar tierra, el aparato se acerco a la terminal del aeropuerto Toussaints Louvertoure que parecía bastante digna y entera. Pero no debía estarlo tanto, pues inmediatamente fuimos trasladados en un autobúes a los barracones provisionales que, al otro lado del aeropuerto, hacen las veces de terminal.

El control de pasaportes fue sencillo y, esta vez no tuve que pagar un impuesto “de turista” para entrar al país. Recogidas las maletas salí al exterior donde me esperaba la representante en Haití de la organización para la que iba a trabajar.

sábado, 23 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 2: noche en Santo Domingo

Carmen, amiga y compañera que conocí en Bolivia, vino a buscarme al aeropuerto de Santo Domingo con la mejor de las voluntades. Entre otras cosas, quería librarme de las pérfidas garras de los taxistas de la ciudad, unos “buitres” que revolotearían a mi alrededor en cuanto me vieran “nuevo”. A tal fin, sacamos cuentas y convinimos que nos saldría más barato alquilar un coche por un día que pagar las tarifas estipuladas entre el aeropuerto y la ciudad y viceversa. Además, podría disponer de sus inestimables servicios como guía y como buena conocedora de la peculiar idiosincrasia de la sociedad dominicana.

El problema era que Carmen no conduce mucho habitualmente, que ya se había hecho de noche, y que no tenía la más remota idea de dónde estaba el hotel que tenía yo reservado.

Pese a todo, nos metimos muy decididos en la autopista que comunica el aeropuerto y la capital. A los pocos kilómetros vimos mi hotel, pero no fuimos capaces de encontrar un modo de salir de la autopista, escasamente iluminada, por otra parte.

Un poco apurada, Carmen decidió llamar por el móvil al hotel, para pedir referencias de cómo llegar. Tras una conversación de más de cinco minutos, llegamos a la conclusión de que los empleados eran muy amables, pero tampoco podrían indicarnos nada. De manera que les avisamos de que llegaría más tarde y decidimos ir directamente a la capital.

Estuvimos un ratito en su casa, tomando una cerveza en su terraza mientras me iba poniendo un poco al día del ambiente político-social del país. Acababa de terminar una consultoría para el ministerio de Educación por lo que tenía bastante información interesante. Interesante fue también su observación de que, como había podido comprobar en el avión a los/las dominicanos/as les preocupa mucho estar siempre estupendos/as, pero que eso estaba alcanzando, en algunos casos niveles patológicos. Parece ser que determinado tipo de turismo tendía a considerar la isla un paraíso sexual y algunos sectores de la juventud local se sentían como “obligados” a responder, en cuanto a vestimenta, actitudes y objetivos, a esas expectativas externas.

Al cabo de un rato nos trasladamos a un pequeño bar al aire libre que ella conocía, a los pies de las ruinas del Monasterio de San Francisco, el primero fundado en tierras americanas, pero arrasado por un huracán algunos años más tarde. Sin duda era un lugar muy agradable, con música de fondo como parece inevitable en el Caribe, pero sin estridencias.

En un momento dado, se puso a llover y pedimos cobijo en una sombrilla cercana, ocupada por un pequeño grupo de jóvenes dominicanos. Nos acogieron de inmediato, pese a afirmar que eran un “peña” muy restringida que se reunía cada miércoles para charlar de todo tipo de temas, sin excluir los más delicados, como la política, la religión o los problemas sociales del país. La verdad es que el rato que pasamos con ellos fue bastante agradable, con un nivel dialéctico muy bueno, aunque amable y distendido. Carmen me confesó más tarde que ese no era el tipo de grupo de jóvenes que uno se suele encontrar en las noches de Santo Domingo.

Curiosidades de la tertulia: Me dijeron que era la primera vez que habían encontrado a un español “despierto” la primera noche tras un viaje transoceánico a Santo Domingo. Por otro lado, uno de los jóvenes estaba empeñado en mi tremendo parecido con el actor americano Tom Hanks en la película “Castaway”. Viendo alguna imagen de esa película no sé si debí tomármelo como un halago o como una provocación…

La otra curiosidad fue que, al revelarles que mi visita a Santo Domingo sólo era un tránsito hasta mi destino final en Haití, todos se pusieron de repente serios. Para ellos, el país dista de ser una “nación hermana”. Pese a compartir isla, los separan, según ellos, lengua, cultura y religión. Tenían opiniones bastante pesimistas sobre el futuro de Haití, pese a que el único que había cruzado la frontera no había estado más de veinte minutos en “el otro lado”.

Aunque el ambiente era agradable, Carmen y yo estuvimos de acuerdo en que había que irse, pues tenía que llevarme sano y salvo a mi hotel.

Esta vez conseguimos encontrar la entrada a la primera. De manera que, tras agradecerle a Carmen sus desvelos y despedirme de ella, pude, finalmente, tras chequearme en la recepción del hotel, encontrarme con una enorme cama para mi solito…

Destino Haití. Capítulo 1: el vuelo a Santo Domingo

El miércoles 20 de octubre emprendí el viaje que me iba a llevar a mi nuevo destino: Haití.

A las cuatro de la tarde salí del Aeropuerto de Madrid rumbo al de Santo Domingo, en República Dominicana.

Mi acomodación en el avión fue un poquito trabajosa. En primer lugar, porque los equipajes de mano de los 200 dominicanos que viajaban conmigo eran muy numerosos y voluminosos. Y en segundo lugar, porque mi asiento era casi como el de los pilotos de Fórmula 1, justito, justito. Una vez más estaba a una fila del “paraíso”: la siguiente era la de las salidas de emergencia; la ideal para viajes transatlánticos…

Para completar el cuadro, desde que subimos al avión hasta más de una hora después de haber despegado, estuvo sonando insistentemente el timbrecito de avisar a las azafatas: ding, ding, ding… Consultado el personal de cabina, afirmaron que ellos no podían hacer nada, que sería algún niño presionando insistentemente el botoncito… ¡Más de una hora! Finalmente, o el supuesto niño se cansó o se quemó el timbre; el caso es que cesó el ding, ding, ding.

A eso de las 6 de la tarde nos dieron de ¿comer?, ¿cenar? Cumplido ese trámite, me dispuse a dormir. Ese era mi máximo objetivo, pues no había dormido mucho en los días anteriores. Pero, tenía dos obstáculos para ello. Uno, que no es tan fácil dormir en un vuelo diurno como en uno nocturno. Y dos, que es difícil dormir con 200 ciudadanos de la República Dominicana alrededor. Su “alegría” natural desbordaba. Muchos de ellos parecían conocerse y, en consecuencia, se saludaban y conversaban animadamente de lado a lado del avión. En resumen, que mucho no dormí.

Durante el vuelo pusieron dos películas, una comedia típica americana y luego otra que debía de ser “Eclipse”, puesto que salían los vampiros y licántropos habituales pero en una trama que no me sonaba. No vi las películas puesto que Air Europa te cobraba 3 euros por los auriculares. Eso sí, curiosamente, al final del vuelo te los pedían de vuelta para “reciclarlos”.

Otra peculiaridad de Air Europa es que si quieres tomar alguna cosita entre comidas, has de pagarla aparte.

Alrededor de las 11 de la noche, cuando faltaban unas dos horas para aterrizar nos pasaron un bocadillito y un café (¿merienda? ¿recena?) A partir de ese momento, todos los dominicanos comenzaron a peregrinar a los baños del avión acicalarse, peinarse, perfumarse… Mi compañera de asiento incluso se cambió de ropa. Creo que existe una cierta obsesión en ese país por estar siempre “estupendos” y “estupendas”.

Al fin, sobre las 7 de la tarde hora local, 1 de la madrugada en España, tomamos tierra en el Aeropuerto de Las Américas de Santo Domingo, en medio de una calurosa ovación por parte de la mayoría del pasaje.

Como había sido prevenido por una amiga, no me extrañé tener que pagar un “impuesto al turista” de 10$ (aunque me pareció un tanto abusivo para alguien como yo, que no iba a estar ni un día en el país…) Lo curioso es que, por ese precio te dan una bonita tarjetita en una ventanilla, para que en el pasillo siguiente un tipo te la pida y se la quede sin más.

Los trámites de aduana fueron rápidos y sencillo, pero lo de recoger el equipaje no lo fue tanto. Más de 100 personas alrededor de una cinta transportadora bastante corta, todas con carritos de aeropuerto, y todas esperando maletones enormes… No fue fácil, pero, con un poquito de paciencia, conseguí recoger mi equipaje.

También estaba avisado, de manera que mantuve la dignidad al salir al vestíbulo de llegadas, donde debes atravesar una especie de pasarela Cibeles, con público a ambos lados para salir. Al final del desfile, me estaba esperando Carmen, la ex compañera y amiga que me iba a servir de guía en mi corta estancia en la República Dominicana.

lunes, 11 de octubre de 2010

La Vida te da sorpresas

Hace ahora un año tuve un extraño sueño. Tan extraño que me vi impulsado a escribirlo y compartirlo:


Ha pasado ese año. No estoy seguro de haber vivido la vida de un cerdo.
Cierto es que en estos doce meses apenas he trabajado; entendiendo por trabajar el hecho de tener una nómina y cobrar. Pero durante este tiempo traté de ocuparme del cuidado de mi familia y de la casa. También pasé varios meses preparando unas oposiciones; aunque los resultados no fueron nada satisfactorios.
No se puede decir que se me haya ido el tiempo en "comer y dormir"... Y desde luego, el rendimiento cárnico no ha sido mucho, pues incluso he adelgazado algo...
Pero lo que sí parece cierto es que la "maldición" de las cuatro serpientes ha acabado.
Dentro de unos días, casi coincidiendo con el aniversario del sueño, partiré de viaje, emprenderé un nuevo trabajo lleno de grandes retos, y, sin duda, conoceré mucho "niños extranjeros".
Tal vez, incluso, descubriré algo más sobre aquel extraño mensaje.