domingo, 15 de mayo de 2011

El Amor a la hora del desayuno


Hoy la “mesa del desayuno”, por alguna razón, ha comenzado hablando de política y ha terminado con una discusión sobre el Amor…

Lo de la política era esperable, habiendo sido ayer la toma de posesión del nuevo presidente de Haití. La ceremonia fue retransmitida en directo por televisión, y el mundo entero estaba pendiente todas las palabras, gestos y actitudes de los allí presentes.

La verdad es que, con esa base, no sé cómo terminamos hablando de Amor, pero fue una conversación bien jugosa.

El debate se centró en si existe un concepto de Amor universal, intrínseco al ser humano, o no es sino una construcción cultural, que cambia según los países.

Una de las participantes en la “tertulia” es una policía senegalesa. Ella nos contaba que es su país, cuando dos personas sienten que comienzan a atraerse mutuamente, antes de emprender ningún tipo de relación, por un lado deben dirigirse a la familia del otro para presentarse y, por otro lado, deben indagar entre los amigos y conocidos del otro para estar seguros de que son personas honradas, honestas y de recto proceder. Se trata de saber, lo antes posible, si existen “inconvenientes” o “impedimentos” a su relación, como pudieran ser cuestiones de religión, de condición social o de “casta”. “¿Y el Amor?”, le preguntamos, “¿Qué pasa si, a pesar de todo esas dos personas se quieren?”. “Pues lo que no puede ser, no puede ser”, nos vino a contestar.

Y es que, en su cultura, nos dijo, la familia es sagrada, la familia es lo primero. Y nadie va a querer hacer nunca nada que desagrade a su familia.

Ante eso, yo le planteé un concepto, ya no sé si occidental, europeo o personal: la familia está muy bien; es una base, un apoyo y muchas veces una protección. Pero es algo que nos viene dado, no lo elegimos. Sin embargo, el Amor sí lo podemos elegir; podemos elegir con quién compartir nuestra Vida, y creo que, sin duda, es la decisión más importante que hemos de tomar. Claro que a veces podemos equivocarnos, pero no creo que, por que exista ese riesgo, podamos dejar esa importante decisión en manos de otras personas. Ni siquiera en manos de nuestra familia. Tampoco todas las familias, por desgracia, son “perfectas”. Y, sin negar la importancia de la familia, creo que nos unimos a una persona, no a su familia. Si nos terminamos llevando bien con ella, estupendo. Si no, pues intentaremos, al menos, no discutir mucho…

Ante todo este discurso, mi compañera de mesa cabeceaba y decía “no, no, eso no puede ser”… Claramente estábamos ante un choque cultural. Parece ser que, tal vez, tenga que terminar reconociendo que algo tan trascendental para mí como el Amor, no acaba de ser entendido en todos los lugares de la misma manera. ¿Será una obsesión europea?

En cualquier caso, sea como sea, tenga la forma y los códigos culturales que sean, creo que lo importante es que exista Amor, en todo lo que hacemos.

Tal vez por eso, hace más de dos mil años, Eurípides escribió: “El Amor es lo único que tenemos. La única forma de poder ayudarnos mutuamente”


sábado, 14 de mayo de 2011

Comercio Justo

Hoy es el Día Mundial del Comercio Justo.

¿Qué es eso del Comercio Justo?

Tal vez así lo puedas comprender un poco mejor:



Terremotos


Desde aquí; desde el Haití que fue devastado por un terremoto el 12 de enero de 2011; desde este país en el que, vayas donde vayas, todavía se pueden ver las tremendas cicatrices que ese tremendo seísmo dejó sobre su, ya de por sí, maltratada piel; en este entorno, resulta especialmente curioso recibir la noticia de que ha habido un terremoto en España.

Pero, sin duda, lo más curioso es que la noticia te la den tus compañeros haitianos, y, sobre todo, que te comuniquen el hecho con semblante entre sorprendido y preocupado. Sorprendidos de que estas cosas puedan pasar, también, en un “país civilizado”. Y preocupados porque ellos saben bien lo que es terremoto, todo lo que eso conlleva de sufrimiento humano y daños materiales.

Aunque también es bastante curioso recibir las reacciones al terremoto desde España: “Fíjate, han pasado 24 horas y algunas personas todavía no han recibido nada…” “Algunos afectados se quejan de que los puntos de agua están muy alejados… ““Queda mucho qué hacer para recuperar la normalidad…” Me llamó mucho la atención una foto publicada de un campo de refugiados, (según he leído, casi únicamente utilizado por inmigrantes...), muy similar a las que se publicaron de Puerto Príncipe el año pasado. Así como también algunas medidas tomadas por el gobierno español, como la de marcar las casas afectadas con un código de colores (rojo, amarillo, verde), según su estado. Eso es algo que también se hizo aquí y que todavía se puede ver en todas las fachadas.

Claro que aquí en Jacmel las medidas emprendidas terminaron ahí. Ahora pueden verse comercios instalados en casas con el signo “rojo”, en incluso familias que han vuelto a vivir en su interior… También, pasado casi año y medio, los puntos de agua están alejados de muchos afectados… También aquí queda mucho por hacer para recuperar la normalidad…


El progreso y la palmera.

Durante mi última visita a Bainet, tuve ocasión de presentar una escena que, en mi opinión, refleja muy bien algunos de los conflictos que se presentan ante lo que solemos denominar “progreso”.

Para poder trabajar de manera más eficaz y continuada sobre el terreno, una de las primeras actividades que suele emprender nuestra contraparte, (la organización de técnicos haitianos que ejecuta los proyectos), es procurar la instalación de una oficina-vivienda en la zona de trabajo.

En ocasiones, se utiliza alguna casa de la zona que se intenta adaptar a las exigencias del trabajo. En otras ocasiones, si el presupuesto lo permite, se emprende la construcción de un nuevo edificio. Se trata de instalaciones que, una vez finalizado el proyecto del que se trate, serán transferidas a las organizaciones comunitarias de la zona.

Pues bien, para acceder a una de esas oficinas, era necesario hacer cuidadosas maniobras con el vehículo, porque una gran palmera presidía la entrada al patio. No hacía imposible el paso, pero sí exigía calma y paciencia.

Evidentemente, una calma y paciencia que tenía un límite, pues, en mi última visita me encontré con la sorpresa de que se había emprendido la “Operación Palmera”. Se decidió, nunca mejor dicho, “cortar por lo sano” y eliminar obstáculos para los vehículos del proyecto.

Pero no era una tarea fácil. La palmera en cuestión tendría, al menos quince metros de altura. Los medios disponibles no eran muchos: un hacha y una cuerda. Y los riesgos, humanos y materiales, que podría ocasionar una caída descontrolada de la palmera eran importantes.

Pero, había que dejar paso al “progreso”. El proyecto prevé reforestar la zona con unos diez mil plantines de especies frutales y forestales; de manera que una palmera menos quizá no sea un hecho tan significativo…

Como ocurre en España también, uno trabajaba y una docena miraba. Se trataron de tomar las “medidas de seguridad” disponibles… Sobre todo, mantenerse a prudencial distancia… Porque, el resultado de la “Operación Palmera” se mantenía, hasta el final, imprevisible…

Finalmente, la palmera cayó. No exactamente donde se esperaba, pero, en casos como este puede considerarse que la operación ha sido un éxito si no ha habido daños materiales y todos los participantes pueden volver “enteros” a sus casas… El progreso había triunfado.

Sin embargo, tal vez, la palmera, unida a la tierra durante tantos años, tuviera todavía una última palabra que decir… Pasado un rato, cuando ya habíamos abandonado la zona, los técnicos que quedaron allí nos llamaron para decirnos que acaban de notar un pequeño temblor de tierra en la oficina.

¿La venganza de la palmera?


Primera noche en Bainet


Esta semana estuve de nuevo de visita de trabajo en la zona de Bainet. Durante un par de días pude comprobar los avances de los trabajos realizados en agricultura, reforestación y protección del medio ambiente. Como ha llovido mucho en el último mes, todo el campo haitiano está mucho más verde y más bonito.

El viaje, como de costumbre, fue largo y “movidito”, los ríos han comenzado a crecer y, como en varios tramos el “camino” va por el lecho del río, en ocasiones solo la experiencia del conductor le permite entrever cuál es la ruta a seguir.

El tiempo se portó bien conmigo. No llovió; no hizo demasiado calor; e incluso, en ocasiones, una suave brisa nos acariciaba. No obstante, eso no evitaba que sudara. Sudé muchísimo. A veces, de una manera escandalosa. Como se suele decir, “como un gorrino”… Sobre todo, porque caminar por “la campiña haitiana” es un ejercicio muy parecido al alpinismo… Los caminos trepan por pendientes inconcebibles, casi verticales. En esas condiciones, uno no sabe qué es peor, si subir o bajar. Para añadir un poco más de emoción, el terreno suele estar constituido por un polvo muy, muy fino, bastante resbaladizo cuando está húmedo; un tanto peligroso para pies no acostumbrados… Pero, afortunadamente, durante todo el recorrido siempre tuve cerca “un ángel de la guarda”, atento siempre a todos mis traspiés…

La visita incluyó, además, un encuentro con “agentes veterinarios”, un grupo de hombres y mujeres interesados en trabajar en sanidad animal y que han recibido alguna formación al respecto con fondos de uno de los proyectos en los que trabajo. En esta reunión tuvimos ocasión de compartir nuestras diferentes visiones de qué significa trabajar con animales en el medio rural. Al principio, de una manera un poco más formal, pero, como ocurre en cualquier lugar del mundo donde se juntan dos o más “veterinarios”, terminamos contando las típicas anécdotas de la profesión. “pues yo tenía una vaca de parto…”, “pues a mí me llamaron con un ternero que…”

Durante estas jornadas, tuve ocasión también de disfrutar de la hospitalidad rural haitiana. Las familias son muy pobres, sus casas son muy modestas y sus recursos son muy escasos. Pero siempre hay la posibilidad y la amabilidad de ofrecer al sudoroso extranjero un poco de agua de coco para aliviar sus “penurias” y que pueda refrescarse a la sombra.

Al caer la noche, pude disfrutar de un momento muy especial. Mientras me bañaba con un cubo a la luz de la luna, llegaba hasta mí el sonido de una música con resonancias africanas. Se trataba de una reunión, entre religiosa y festiva, pero que resultaba una incomparable “banda sonora” para esa primera noche en Bainet.

Al día siguiente, de camino a una de las zonas de trabajo, nos detuvimos en un típico mercado rural. Suelen estar situados en cruces de caminos o, como en este caso, a la orilla de los ríos que sirven de límite a los distritos. Los puestos no son sino simples techos de paja, en los que la verdad, en muchas ocasiones a mí me resulta muy difícil saber qué se vende realmente o quiénes son los compradores y quiénes son los vendedores. Pero, para los ojos expertos de mis guías haitianos siempre es posible encontrar cualquier cosa, incluso un taller de reparación para la rueda que habíamos pinchado…

En otro cruce de caminos, nos encontramos con un grupo de escolares. Muchos. Decenas de niños y niñas, vestidos con sus pulcrísimos uniformes esperando no sé muy qué. Nos tuvimos que detener unos minutos, durante los cuales nos quedamos mirando los unos a los otros. Por mi mente pasó, al instante, la responsabilidad que supone poder colaborar, aunque sea mínimamente, a alimentar a esa nueva generación, así como tratar de proporcionarles, de alguna manera, una pequeña luz de esperanza en el futuro.

La vida es dura en al campo. Lo es en todos los países. Siempre pendientes del cielo. De que llueva, de que no llueva; de que no llueva mucho; de que llueva a su tiempo… Pero aquí, en Haití, la situación es aún más delicada. Más del 70% de los hombres y mujeres de este país dedican a su vida a la agricultura. Una agricultura muy básica todavía y que no recibe ningún apoyo del estado haitiano, y muy pocos del exterior. Técnicamente se la denomina “agricultura de subsistencia”. Pero casi nunca nos paramos a pensar qué significa eso realmente: si algo va mal, (sequías, inundaciones, huracanes…) el esfuerzo de tantos hombres y mujeres no dará los esperados y merecidos frutos, y su subsistencia, así como la de sus hijos e hijas, se verá seriamente comprometida…

Miremos al cielo. Sin duda de ahí dependen todavía muchas circunstancias que todavía no podemos controlar. Pero también, mientras tanto, no está de más que trabajemos, en la medida de nuestras posibilidades, en la tierra.


viernes, 13 de mayo de 2011

¿Cómo funcionan los bancos?

Unas escenas de la película "Concursante", de Rodrigo Cortés, donde se explica claramente cómo funciona el sistema bancario actual.

Bellas imágenes para explicar una realidad cruel…



martes, 10 de mayo de 2011

La Bassin Bleu


Uno de los atractivos turísticos más célebres en los alrededores de Jacmel es la Bassin Bleu. Se trata de una zona de pequeñas pozas y cascadas situada a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, aún no había encontrado la oportunidad de acercarme hasta allá.

El sábado pasado, una amiga de otra organización decidió que no quería dejar pasar su último día en Jacmel, antes de volver definitivamente a España, sin conocer la Bassin Bleu. Y yo decidí que no dejaría pasar esa oportunidad. Así que, caballerosamente, me ofrecí a acompañarla.

El camino hasta allí no estuvo exento de emociones. Algunas derivaban de que, realmente no conocíamos el camino y no es este un país que se caracterice por la profusión de sus indicaciones en sus carreteras. De manera que, contrariando las más acendradas costumbres masculinas, no tuvimos más remedio que ir preguntando en cada desvío o cruce de caminos.

Otra emoción vino dada del hecho de que para llegar allí hay que cruzar “la grand riviere de Jacmel”, y el concepto “puente”, no acaba de instalarse en la red de caminos haitiana. Así que estuvimos un buen rato mirando al río, observando todos los vehículos que pasaban (coches, camiones y motos) hasta decidir que, pese a que el río estaba bastante crecido, “si ellos pasaban, nosotros podríamos hacerlo también”.

Pero bueno, cruzamos el río, encontramos el camino (no sin dar un cierto rodeo, eso sí) y por fin llegamos al “parking” de la Bassin Bleu. Porque sí, al final del camino nos encontramos con el primer aparcamiento de pago que me he encontrado en este país. Además, uno tiene que inscribirse y dejar sus datos a la entrada. A la pregunta de “¿para qué?”, se nos contesta que “por si pasa algo…”. Por si eso no fuera bastante intranquilizador, se nos dice que debemos aceptar los servicios de un guía local, que se presenta llevando a cuestas una gran soga. Ante un nuevo “¿para qué?”, nos explican que hay una parte del camino que debemos bajar con esa cuerda…

El camino recorre una zona de espesa vegetación y de rumorosos riachuelos. El paisaje es uno de los más bonitos con los que me he encontrado hasta ahora; pero no deja de causarnos cierta inquietud el tipo de la soga…

Finalmente, el paso con la cuerda no era para tanto. Apenas diez metros de descenso por una pared con abundantes puntos de apoyo. Y el “apuro” merecía la pena, pues justo después nos encontramos con la famosa Bassin Bleu.

La cascada y el entorno son sin duda espectaculares. El único problema es que, como en los días anteriores había llovido bastante, ese día era más bien la “Bassin marron”.

Pero bueno, así tengo una excusa para volver en otra ocasión y conocerla en toda su “azulez”…


jueves, 5 de mayo de 2011

Pecados de omisión


Ayer se publicó el informe encargado a un grupo de expertos independientes para investigar el origen de la epidemia de cólera que hizo su aparición en Haití en octubre de 2010. Este país había sufrido todo tipo de “desgracias”, pero esta enfermedad no se conocía aquí desde hacía más de un siglo.

El hecho de que los primeros casos aparecieran a lo largo del río Artibonite, justo al lado de una base de “cascos azules” nepalíes, (procedentes de un país donde el cólera es endémico), puso bajo sospecha a los soldados de Naciones Unidas, y por afinidad a toda la colonia internacional, como responsables de esta nueva catástrofe, esta vez sanitaria, que asolaba Haití.

El informe concluye que el desarrollo de la epidemia, que ha ocasionado, hasta la fecha, más de 4.500 muertas y ha afectado a unas 300.000 personas, no puede achacarse a una sola causa.

Se citan un conjunto de circunstancias concomitantes: la presencia de una bacteria especialmente virulenta; la total ausencia de inmunidad ante ella de la población haitiana; las malas condiciones del sistema de distribución de agua y saneamiento en Haití, (cuando éste existe…); el uso regular del agua de los ríos para beber, bañarse y lavar los enseres domésticos; las deficientes condiciones en las que fueron tratados los enfermos en los primeros momentos; y también, finalmente, que las condiciones sanitarias del campamento de “cascos azules” no eran las “suficientes para impedir una contaminación fecal del río Artibonite”.

El resumen es que la introducción de una cepa del vibrio cólera en el medio ambiente de Haití no habría causado una epidemia de tal gravedad, sin las deficiencias simultáneas de los sistemas de abastecimiento de agua, saneamiento y sanidad de Haití.

Hasta ahí, nada que decir. Lo que no acabo de compartir es el párrafo en el que se afirma que, “en consecuencia la enfermedad no fue culpa o debida a la acción deliberada de ningún grupo o individuo”.

En mi pueblo se suele decir que “entre todos la cuidaban, y ella sola se murió”. Me duele pensar que esto pueda haber pasado aquí. En un país que, tras el terrible terremoto de enero de 2010, estaba bajo “la protección de la comunidad internacional”, con miles de expertos internacionales en los más diversos campos trabajando sobre el terreno, ¿es posible decir, prácticamente, que esto ha sido algo así como “un caso de mala suerte”?

¿Nadie es responsable de que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, niños y niñas, de este país no dispongan de una fuente segura de agua potable, ni de un sistema de evacuación de excretas?

Hace tiempo que sé que se puede cometer un delito por una “acción deliberada”, pero también por omisión. ¿Cuántos delitos de omisión se van a seguir consintiendo en este país? ¿Cuántos silencios culpables atruenan en este mundo?

martes, 3 de mayo de 2011

La botella

Durante este fin de semana he tenido varias conversaciones con diferentes personas sobre temas muy parecidos: lo que podemos y lo que no podemos hacer.
En el fondo es el viejo tema de la botella medio llena o medio vacía.
A menudo dedicamos mucho tiempo y energía a analizar, muy detalladamente, todas nuestras limitaciones. Hay montones de cosas que no podemos hacer. Algunas porque no sabemos, otras porque no tenemos dinero e incluso unas pocas porque ya no somos tan jóvenes y ya no tenemos la salud, la fuerza o la energía necesaria y quizá no podemos. En ocasiones, incluso podemos llegar a “presumir” de nuestros achaques, llegando incluso a “regodearnos” en ellos.
Sin embargo, sea cual sea nuestra edad, sexo o condición social, hay millones de cosas que podemos hacer, tantas como seamos capaces de imaginar, tantas como seamos capaces de crear. Nuestras potencialidades son, sin duda, casi infinitas.
¿Por qué entonces nos empeñamos en fijarnos solamente en aquello que, por lo que sea, no podemos hacer?
Una persona de una cierta edad quizá ya no puede hacer lo mismo que una joven; pero, por el contrario, posee la experiencia, el conocimiento, la capacidad de dedicarse a actividades que ningún joven podría realizar; al menos, todavía.
Alguien que ha perdido su empleo tal vez pierda parte de su ritmo de vida, sus relaciones sociales o su “capacidad de compra”; pero quizá puede aprovechar ese tiempo del que ahora dispone para plantearse algún giro en su trayectoria personal o profesional; o, simplemente, podrá, durante un este periodo de “transición”, dedicarse a hacer esas cosas que siempre quiso hacer y para las que nunca “tenía tiempo”.
Una persona a la que vida le ha sorprendido con una grave enfermedad quizá tenga que plantearse, como me escribía una amiga esta semana, “abandonar la odiosa costumbre de hacer proyectos”; pero, en compensación, quizá tenga una oportunidad valiosísima de saborear la Vida gramo a gramo, “poner a ventilar sus pensamientos” y compartir esa hermosa lucidez con todos los que le rodean.
Hace muchos años leí un hermoso libro, “La historia interminable” de Michael Ende (por favor, no confundir con la lamentable película que se hizo sobre él) en el que se afirmaba que todo lo que uno necesita hacer para ser feliz en la Vida se puede resumir en cuatro palabras: “Haz lo que quieras”.
Siempre he pensado que esto es mucho menos simple de lo que puede parecer a primera vista. Estoy convencido de que si consiguiéramos hacer cada uno lo que realmente queremos en cada momento, sin fijarnos en nuestras limitaciones, sino desarrollando nuestras potencialidades, no solo seríamos felices, sino que además lograríamos hacer felices a todos los que nos rodean.
Para ello, quizá lo primero que tendríamos que hacer es saber quiénes somos realmente, y no sólo qué papel estamos interpretando.

lunes, 2 de mayo de 2011

La Feria de Jacmel


Hoy, Primero de Mayo, se celebra la Fiesta Mayor de Jacmel. Es una mezcla un poco atípica de Santo Patrón (Saint Jacques, Santiago), Día del Trabajo y Feria Agrícola. Pero lo más importante es el objetivo: pasar una jornada de fiesta, un día diferente, que trata de reunir a la población urbana y la rural.
Con tan fausto motivo se ha limpiado, (un poco), la playa de la ciudad, y, entre el mar y los cocoteros, se han instalado casi un centenar de pequeños puestos y tenderetes. El contenido de los mismos es muy heterogéneo. Los hay de grandes instituciones internacionales que presentan los resultados de sus proyectos de desarrollo en agricultura, pesca o sanidad. Especialmente llamativo era uno en el que se mostraban las distintas especies de peces que albergan las costas de Jacmel, algunos realmente extraños y otros de sorprendente tamaño.
Pero, junto a ellos también se pueden encontrar pequeños puestos donde las familias campesinas muestran, orgullosas, todo lo que son capaces de conseguir con su trabajo diario: frutas, cacao, hortalizas,…
Sin embargo, la mayor parte de los puestos son de artesanías. Jacmel es la ciudad de los artistas y sus trabajos son famosos en todo el país. Aunque este día de Feria es también momento de intercambios, pues pueden verse aquí también artesanías de otros lugares, pequeñas obras de arte que es difícil ver reunidas en un mismo lugar.
Y como en toda Feria, tampoco faltan los chiringuitos de comida y bebida, para todo tipo de estómagos; más o menos delicados, más o menos exigentes… Por no faltar, no faltan tampoco tahúres ni charlatanes. Extraños, al menos para mis ojos, juegos de azar, se entremezclan con los tenderetes de productos milagrosos que, con un par de traguitos, aseguran curar todo tipo de enfermedades y dolencias…
El público asistente no es menos variopinto. A la población local se añaden hoy los visitantes de la capital, así como la colonia extranjera casi en pleno; esa curiosa fauna de seres desteñidos que bajo nombres como cooperantes, técnicos, consultores o asesores damos una nota de “color” a todo acontecimiento lúdico-festivo.
Finalmente, ni siquiera el nuevo presidente electo de la república ha querido perderse la fiesta y ha acudido a pasear por la playa. Si lo ha hecho en calidad de trabajador, de artista o de charlatán, eso tendrán que ser otros los que lo decidan…

viernes, 29 de abril de 2011

Seguridad aeroportuaria y visados

En estos días he tenido la ocasión de “disfrutar” de los servicios de seguridad aeroportuaria de dos países muy diferentes, pese a lo cercanos que están: Estados Unidos y Haití.

Para viajar a los Estados Unidos, aun siendo ciudadano de un país no perteneciente a ningún “eje del mal”, uno tiene que solicitarlo con varios días de tiempo, introducir los datos de su pasaporte en una página web del gobierno, pagar una tasa mediante una tarjeta de crédito y esperar el “placet” oficial. Un proceso un tanto enrevesado y a la vez sofisticado, que, de alguna manera, ya supone una primera selección. Además, los datos del pasaporte deberán ser proporcionados a la compañía aérea al menos tres días antes del vuelo.

Pese a todo, cuando uno llega a un aeropuerto estadounidense uno deberá hacer una larga fila en las ventanillas de Inmigración, donde se nos tomarán ¡todas! las huellas dactilares (eso sí, con un moderno sistema óptico muy alejado de nuestro castizo manchurrón de tinta…) y seremos sometidos a la fotografía del iris.

Todo eso para entrar en el país de la Libertad… Para salir, además, disfrutaremos de sus novedosos sistemas de escáner corporal, donde nos sacarán una fotografía de cuerpo entero y en 3D, de la que, por desgracia, no nos dan una copia.

Al entrar en Haití, las circunstancias se presentan muy diferentes. Para empezar, la terminal de llegadas internacionales de Puerto Príncipe sigue siendo una gran tienda de campaña… ¿con un enano a la entrada! (parece algo digno de Fellini, pero es verídico…) Allí, uno debe dirigirse a un mostrador para solicitar los formularios de inmigración y de aduanas. Cuando llegué las dos señoritas que estaban allí parecían muy extrañadas por tener que recibir, de repente a las más de cien personas que venían en mi avión. Tanto que no tenían formularios para entregarnos. Con mucho esfuerzo, revolviendo cajones bajo el mostrador lograron encontrar como una docena de papelitos, que fueron disputados con energía por todos los presentes. Al cabo de unos cinco minutos, ante la ansiedad de todos los recién llegados, una de las señoritas se decidió a ir a buscar más formularios, que repartió con parsimonia. En cuanto a la declaración de Aduanas, directamente no había más. A la pregunta de qué hacer entonces, la respuesta fue obvia: decirle al funcionario correspondiente que se habían acabado los documentos y pasar sin más.

Al aeropuerto me vino a buscar un ingeniero haitiano de una de las organizaciones con las que trabajo. Durante el viaje a Jacmel me comentó que quería ir a conocer España este año y quería solicitar la necesaria visa. Los documentos y trámites para obtenerla tienen por objeto tratar de demostrar que uno no pretende quedarse en España. A mi pregunta de si le parecía más o menos difícil de obtener que la de visitar los Estados Unidos, me contestó que era diferente. Que para los americanos, todo extranjero es un terrorista en potencia que debe demostrar su inocencia; y tal vez por eso, me dijo, se suelen conceder más fácilmente las visas a las mujeres…

Diferentes maneras de relacionarse con el mundo, sin duda.

martes, 26 de abril de 2011

¿El frío es un lujo?

La vida te da sorpresas, como dice la canción.

Después de pasar en España unas vacaciones de Semana Santa caracterizadas por un clima más bien fresquito, lo que menos me esperaba era que mi vuelo de regreso al Caribe y mi noche de estancia en Miami estuvieran marcados por una circunstancia inesperada: ¡he pasado frío!

Desconozco si la IATA tiene alguna norma sobre las temperaturas mínimas que deben regir el interior de los aviones destinados al transporte de viajeros humanos, pero estoy casi seguro de que, si existen, en esta ocasión se incumplieron. Mi compañera de asiento pasó casi todo el vuelo envuelta no en una, sino en dos mantas, asomando solamente la nariz de vez en cuando…

Al llegar a Miami, un tanto destemplado ya, la situación no era mucho mejor. En interior de la terminal reinaba un ambiente similar al que debe reinar en el exterior de la de Oslo en invierno…

Por circunstancias de las conexiones de mis vuelos había decidido pasar una noche en el hotel del aeropuerto. Lo primero que hice al tomar posesión de mi habitación fue apagar el aire acondicionado… y, aun así, tuve que dormir bien tapado, con el edredón hasta las orejas.

Dejando aparte las implicaciones ecológicas del uso inmoderado del aire acondicionado, yo no sé quién ha llegado a considerar que el frío es un lujo…

Tras este gélido viaje, el reincorpórame sudando a mi trabajo en Jacmel, casi, casi me ha supuesto encontrar algo de “calor de hogar”…


Besatorios

A pesar de que uno de los finales “de película” más famosos de la historia del cine transcurre en un aeropuerto, (concretamente en el de Casablanca…), estas instalaciones distan mucho, en nuestros días, de ser románticas.

Sobre todo para las despedidas, un aeropuerto moderno no podrá nunca competir con una estación de tren tradicional. Eso sí, reiterando lo de tradicional, porque las nuevas instalaciones para los trenes de alta velocidad, cada vez se parecen más, por desgracia, a los aeropuertos.

Solo hay que evocar esa tierna escena, tantas veces vista y algunas veces, afortunadamente, protagonizada, de dos enamorados dándose su último beso de despedida antes de que uno de ellos suba al tren. Desde el estribo, con una mirada tierna y húmeda por las lágrimas, verá como su pareja se va haciendo más y más pequeña hasta perderse al final de esas vías convergentes que, a la vez, les unen y les separan.

En un aeropuerto, sin embargo, la despedida debe tener lugar en un ambiente nada propicio. Normalmente, al borde de una multitud que debe internarse, a través de un laberinto de cintas y postes, en esa tenebrosa sección conocida como “zona de seguridad”. Allí, a la pérdida de intimidad ha de sumarse el hecho de que si uno sigue con la vista al ser querido que se aleja, lo que contemplará es cómo se ve obligado a realizar un poco airoso striptease (pocas personas son capaces de quitarse los zapatos con estilo o seguir siendo elegantes en calcetines…) y, además, a nada que se haya olvidado unas llaves o unas gafas en los bolsillos, tiene muchísimas posibilidades de ver cómo es ignominiosamente cachado/a antes de poder acceder a ese “Olimpo” de la sala de embarque…

Evidentemente, son muchas pruebas que solo un Amor sincero es capaz de superar, no sin dudas y dificultades. Por eso quisiera proponer que, al igual que muchos aeropuertos ya disponen de oratorios multi-confesionales para encomendarse al dios correspondiente antes de subir al avión, se habiliten también “besatorios” para que las parejas puedan despedirse convenientemente antes de separarse por vía aérea.

Y, de igual manera, si no es mucho pedir, sugeriría que se diseñaran los aeropuertos de tal manera que la última imagen que se viera de un ser querido no tuviera que ser cómo sostiene bajo un brazo una bandeja con el cinturón, los zapatos, la chaqueta y el contenido de sus bolsillos, mientras va sujetándose los pantalones con la otra mano…


sábado, 16 de abril de 2011

Aeropuertos


En tiempos de la Colonia, un viaje entre las Antillas y las metrópolis europeas, duraba entre dos y tres meses en barco.

Ahora se supone que se puede realizar en unas ocho horas de avión. Sin duda es un gran avance. La ciencia y la técnica han avanzado enormemente en cinco siglos. Aunque, tal vez, nuestra mente, nuestro cuerpo y, sobre todo, nuestra capacidad de adaptación a los cambios no hayan cambiado a tanta velocidad. Por eso, algún cerebro privilegiado, inventó los aeropuertos…

Los aeropuertos están expresamente diseñados para que nos preparemos física y psicológicamente para el shock que podrían suponer para nosotros viajes tan rápidos de un lado al otro del planeta. De esta manera, nos permiten que “nos tomemos nuestro tiempo” para prepararnos ante el cambio. Se nos hace estar, al menos, tres horas antes para que sufridos hombres y mujeres dediquen su esfuerzos a comprobar que todo va a ir bien durante el viaje: algunos/as nos liberan de nuestro equipaje en cuento pueden, (tanto, que a veces “nos liberan” de él para siempre…). Otras personas nos ayudan también a sentirnos “más libres”, y “nos invitan” a despojarnos de chaquetas, cinturones, zapatos, carteras, monedas, teléfonos móviles y otros “lastres”, antes de ser admitidos en la denominada “zona libre de impuestos”… En esta área se nos ofrecen los bienes más ansiados por todo buen/a ciudadano/a: perfumes, tabaco, licores, accesorios de grandes marcas,... A veces pienso que, en nuestra sociedad de consumo, viene a ser como una especie de promesa o adelanto del Paraíso… Sobre todo porque los aeropuertos son lo más parecido que conozco al Purgatorio…

En verdad son zonas más allá del tiempo y del espacio. Conceptos como “hoy” o “ayer”, pierden totalmente su sentido si uno tiene que levantarse a las cuatro de la mañana para hacer un viaje de cuatro horas en coche, chequear el equipaje, esperar dos horas al primer avión, volar otras dos horas, pasar por una especie de examen de “selectividad” llamado “control de inmigración”, recoger el equipaje, esperar tres horas para poder volver a facturarlo, perder otras cuatro horas recorriendo “duty frees”, atravesar de nuevo un control de inmigración…, pasar ocho horas intentando dormir sentado sobre el océano…

Está claro que si el Purgatorio existe será algo así como una enorme terminal aeroportuaria donde, según nuestros pecados se hará pasar más o menos tiempo esperando la ansiada conexión…

Sin duda los aeropuertos están pensados para ponernos a prueba, para que tengamos tiempo de meditar y preguntarnos a nosotros mismos si, realmente, tenemos tantas ganas o tanta necesidad de viajar a la otra punta del planeta…

En mi caso, esta vez, sí que merecía la pena.

lunes, 11 de abril de 2011

Primavera

La primavera también ha llegado a Jacmel.

Aquí el cambio de estación no se siente tanto por un incremento de las temperaturas, como por un pequeños detalles que nos recuerdan que la Vida, que la Naturaleza tiene sus ritmos poderosos con los que se abre camino pese a todo.

Cosas como que una grácil mariposa revolotee a tu alrededor mientras estás en el comedor, o que un abejorro torpón ronde tu ordenador cuando te encuentras en la terraza de tu habitación…

Aquí también la primavera es la época de los mangos… no los de la sartén que conocemos en España (aunque nunca estemos seguros de quién lo tiene realmente…), sino de la fruta por excelencia del Caribe. En estos días, miles de grandes y frondosos árboles (¿mangueros? ¿mangueras?...), portan en sus ramas infinidad de frutos. Todo el mundo que tiene un jardín, grande o pequeño, te ofrece sus mangos. Durante el día, pero sobre todo en la noche, se oyen caer los mangos maduros al suelo. Algunos son realmente grandes, y no es que puedan ser causa de grandes accidentes, pero sí ocasionar algún que otro “dolor de cabeza” al sorprendido paseante.

Sin embargo, la primavera debería traer consigo también el inicio de la época de lluvias, pero este año, su benéfica influencia sobre la agricultura haitiana se está haciendo de rogar… las siembras se están retrasando y el fantasma de una escasez de alimentos dentro de unos meses empieza a condensar su ectoplasma en el horizonte.

Mientras tanto, el país que el nuevo presidente y su equipo de gobierno comience a concretar sus primeras medidas y proyectos de futuro. De momento, ya se han anunciado conciertos gratuitos de música popular con motivo de su toma de posesión.

Hace unos días leía que, si las últimas elecciones haitianas habían sido, desde su convocatoria, una gran comedia, no es extraño que las haya terminando ganando el mejor comediante…

En cualquier caso, esperemos que, sea como sea, este largo y triste “invierno” que dura ya más de un año en Haití, de paso a una floreciente “primavera”, en la que puedan expresarse y liberarse todas las energías y ganas de vivir de este pueblo.


sábado, 9 de abril de 2011

La vida sigue

Hay días que no pasa nada y otros días en que se acumulan las anécdotas.

Ayer, a primera hora de la tarde, acompañé a una colega cooperante a solicitar presupuesto para la compra de unas semillas. La acompañé porque se trataba de presentarle a uno de nuestros socios locales: una asociación que también se dedica a la venta de insumos agrícolas. Pero lo que iba a ser una siempre consulta comercial se convirtió, inesperadamente, en una conferencia sobre las distintas variedades de patata dulce, según su adaptación al clima, la disponibilidad o no de riego, su precocidad…, sin olvidar, por supuesto, su grado de aceptación en el mercado, en función de las sutiles exigencias del paladar de los haitianos.

Más tarde acompañé a otra colega a visitar lo que un americano que había conocido hacía unos días le definió como “unos apartamentos que estaba terminando de construir”… Ya conocer al tal americano fue toda una experiencia, pues era un personaje realmente esperpéntico; posiblemente fuera buena persona, pero más raro que un perro verde… El caso es que los tales “apartamentos” no eran aún sino un montón de bloques de hormigón. Eso sí, al menos había elegido un buen lugar para edificar, pues tenía unas vistas muy hermosas sobre la bahía de Jacmel.

Poco después habíamos quedado en un chiringuito de la playa para celebrar el cumpleaños de mi primera colega, “la de la patata dulce”. Mientras esperábamos (el tema de “la horita haitiana” es muy contagioso…), tuvimos ocasión de ver como un perro callejero atacaba, sin mediar provocación, a un grupo de niños de ocho o nueve años… Afortunadamente la cosa no fue muy grave, pero cuando atendimos a uno de los muchachos pudimos ver que, además del susto, llevaba un rasguño en un costado, que desinfectamos oportunamente.

Finalmente nos juntamos todos los invitados, (tampoco éramos muchos…) y llegó el momento de la ceremonia de soplar las velitas de la tarta… Sólo que no teníamos tarta, ni velitas ni nada, así que hubo que improvisar remedios de emergencia; nada menos que plantar cinco cerillas en cinco bombones y tratar de aprovechar ese momento fugaz para soplar, pedir deseo, hacer foto y cantar el “cumpleaños feliz”…

Todavía tuve tiempo, antes de irme a dormir de hacer una “visita profesional”: una de las gatas que una amiga tiene en su jardín había tenido gatitos; pero ella estaba preocupada porque llevaban unos días débiles y enfermizos. Fui a verlo aun sabiendo que poco podría hacer por ellos, pues no dispongo de ningún tipo de medicamento veterinario, ni es fácil conseguirlos aquí. El caso es que pasamos un rato buscándolos con una linterna por el jardín, pero no aparecían. La madre gata no parecía muy interesada en colaborar así que, al final, tuvimos que desistir. Esta mañana me llamó la afligida dueña para comunicarme que habían aparecido, pero, tristemente, ya muertos.

Hoy, la vida sigue en Jacmel.

martes, 5 de abril de 2011

Un nuevo presidente para Haití

La tarde ha estado extrañamente tranquila. Casi no había tráfico de ningún tipo. Las calles estaban en silencio. En algunos momentos tuvimos realmente la sensación de que todo el país estaba conteniendo la respiración.

Tras varias postergaciones, se había dicho que, finalmente, los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Haití, se harían públicos a las 5 de la tarde. Todos esperábamos impacientes, deseando acabar con una semana de rumores y chismes de todo tipo.

Con retraso, como siempre, el Consejo Electoral Provisional (¿por qué todo parece ser “provisional” en este país…?), ha comenzado con su ceremonial habitual. Aunque todo el mundo estaba ansioso por conocer quién sería el nuevo presidente, o presidenta, de este país, el portavoz ha comenzado por leer, uno por uno, los nombres, votos y porcentajes de la cincuentena de diputados y senadores que fueron también elegidos en el mismo proceso. Era una extraña mezcla entre las votaciones de Eurovisión y la letanía del sorteo de la Lotería de Navidad: “Fulanito de tal, partido cual, triquicientos votos, equis coma zeta por ciento…” Pero, como en la lotería, al final terminó saliendo el “premio Gordo”: Haití ya tiene nuevo presidente; y, aparentemente, por una clara diferencia de votos.

Al instante, el silencio se ha roto. El país ha vuelto a respirar y las calles de Jacmel se han llenado de los gritos y los cánticos de los seguidores de Michel Martelly.

Mientras volvía a mi hotel he podido sentir cómo un cierto sentimiento de alegría reinaba, aparentemente, entre todo aquel con quien me iba cruzando. Tal vez porque han depositado su esperanza en este candidato… o tal vez porque saben que los partidarios de la derrotada Mirlande Manigat parecen ser gente mucho más tranquila (¿y sensata?) y no es probable que causen tantos disturbios como, casi con toda seguridad, se hubieran producido en la situación contraria.

A corto plazo este resultado puede resultar “menos conflictivo” en las calles de Haití. Pero, mientras caminaba calle abajo, no podía evitar que dos frases hechas me vinieran sin cesar a la cabeza. Una, que “lo mejor es enemigo de lo bueno”… Y la otra que, lamentablemente, “poco dura la alegría en la casa del pobre…”

lunes, 4 de abril de 2011

Snorkeling


Esta mañana he sacado de la mochila las gafas de bucear. Las pobres llevaban más de cinco meses encerradas allí, sin ver la luz del sol… o el agua de mar, como sería más lógico.

Al venir para aquí las traje, convencido de que en el mar Caribe tendría muchas cosas que ver. Pero, casi desde el primer día, los “más viejos del lugar” entre la colonia de cooperantes, me fueron contando que, por desgracia, la costa haitiana no oculta demasiadas bellezas bajo las aguas.

Eso es debido, por un lado a los excesos de la pesca de arrastre, cometidos por las poblaciones de pescadores a los que la necesidad y la falta de técnicas menos agresivas ha llevado a esquilmar la costa más cercana de casi toda la flora y fauna marina.

Por otro lado, la práctica inexistencia de sistemas de saneamiento de aguas residuales y de recogida de basuras, hace que el sufrido mar tenga que hacerse cargo, él solo, de esas tareas; con lo que, sobre todo en la cercanía de los núcleos de población, entrar en el agua no siempre es agradable.

Pero hoy, sin embargo, he comprobado que no todo está perdido. Unos amigos me han llevado a la playa de Lázare. Un lugar bastante escondido, donde, sin embargo, hemos encontrado un grupo bastante numeroso , (y bullicioso...), de jóvenes y niños haitianos. Es curioso, pero, como me ha hecho ver una compañera, nunca se ven niñas en la playa…

La playa era pequeña y el mar estaba un poco agitado, pero el entorno parecía prometedor. Y, en efecto, en cuanto me he sumergido he descubierto un paisaje submarino rebosante de vida. Al menos una docena de especies de peces distintos, corales (entre ellos el llamado “cerebro”, por razones obvias), plantas acuáticas… y algunos erizos de mar de tamaño espectacular con los que conviene ser muy cuidadoso…

Bucear es lo más parecido a volar que puede hacer el ser humano sin ayuda de artefactos mecánicos. Flotar sobre el fondo marino es, además de hermoso, una actividad sumamente relajante.

Ha sido una especie de reconciliación con la costa de Jacmel. He comprobado que sigue viva, que, quizá como el resto de Haití, se resiste a desaparecer. Se defiende y lucha, día a día, por su propia supervivencia.

sábado, 2 de abril de 2011

Los pequeños placeres de la vida.

Hoy ha amanecido un mañana bastante británica. Cielo nublado y una suave llovizna me han acompañado durante el desayuno.

La tertulia matutina ha versado una vez más sobre la política local. A dos días del anuncio de los resultados de las elecciones presidenciales, mucho temen, una vez más, un nuevo “apocalipsis”. Ambos candidatos a la más alta magistratura del país se dan por ganadores. La diferencia es que uno de ellos ha afirmado públicamente que si no fuera él quien se diera oficialmente por vencedor, ordenará a sus partidarios “pegarle fuego al país”.

Sin duda es una peculiar interpretación de la democracia participativa y del sentido último del sufragio universal… Así que, una vez más, me veo viviendo en un país que no sabemos a ciencia cierta si existirá mañana…, o la semana que viene.

Mientras tanto, trato de aprovechar algunos de los pequeños placeres de la vida. Unos son gratuitos, como tumbarme un rato sobre la hierba a disfrutar de la sombra y la suave brisa que hoy nos regala el, otras veces más áspero, clima haitiano. A mi alrededor transita una abundante población avícola, compuestas por gallinas, pintadas, patos, pavos y un espectacular pavo real, que hoy parece presumir especialmente de su brillantes colores.

Otros placeres tienen un precio, pero normalmente asequible. Anoche compartí mesa y mantel y cervezas en un restaurante con dos compatriotas y paisanos. Dos ingenieros aragoneses contratados para participar en la reconstrucción de escuelas, hospitales y otros edificios públicos. Compartimos anécdotas e impresiones sobre este país que, estuvimos de acuerdo, nunca acabamos de conocer.

Algo más tarde acudí a la Alliance Française donde un veterano artista amenizaba una velada al aire libre, bajo un claro cielo estrellado con canciones en francés y en español.

De vuelta al hotel, me “regalé”, antes de dormir, con una porción de chocolate. Uno de mis escasos vicios, probablemente “confesable”, al que últimamente he vuelto, tras descubrir, al fin, una variedad de esta golosina, antes desconocida para mí, pero que espero poder disfrutar en más ocasiones.

Espero y deseo que la semana que viene no “arda el país”; pero, mientras tanto, trataremos de “no sufrir antes de tiempo”.