viernes, 11 de noviembre de 2011

Última luna llena en Jacmel


Esta noche hay luna llena. Y esta será mi última luna llena en Jacmel.
La próxima semana regresaré a España. Habrán sido, si llevo bien la cuenta, 14 lunas llenas en Jacmel.
Llenas de ilusiones y de desilusiones. De recuerdos agradables y de momentos desagradables. De encuentros inolvidables y de reuniones a olvidar. De noches de fiesta y tardes de hospital. De paseos por la playa y días interminables en la oficina.
En resumen, 14 lunas llenas de Vida.
Dejo un país por reconstruir todavía, para regresar a un país por reiniciar. No sé lo que haré a partir de ahora. No tengo la menor idea. Pero sé que lo quiero hacer junto a las personas que quiero. Esas personas que nunca me han dejado de acompañar durante estas 14 lunas llenas, a pesar de que un océano y muchos kilómetros nos separaran.
En Haití creo que ha aprendido algunas cosas. Aunque, tal vez, aún no sea consciente de la mayoría de ellas. Espero poder compartirlas allá donde vaya.
No estoy seguro de haber enseñado algo. Me conformo con no dejar tras de mí un mal recuerdo.
Para la última semana que me queda en Jacmel, el destino me ha deparado una sorpresa de última hora. Un reencuentro inesperado. Tal vez una asignatura pendiente. Un asunto íntimo y personal por solucionar.
Espero que este “Reino de este mundo”, esta “Isla bajo el mar”, este país que basa su cultura en el culto a los antepasados, sea un buen lugar para comenzar a soñar juntos un nuevo futuro.

martes, 1 de noviembre de 2011

De nuevo en Puerto Príncipe.


El lunes 31 había que volver a Inmigración a recoger nuestros permisos de residencia. Aprovecharemos el viaje para hacer otras gestiones en la capital.
No todo el mundo se “haitianiza” en Jacmel. La compañera que viene a buscarme, con la que había quedado a las 4.15 de la mañana, me manda un SMS a las 4.12 para anunciarme que ya me está esperando en la puerta.
Tras recoger al resto de la expedición emprendemos la carretera de Jacmel a Puerto Príncipe. El primer tramo, de carretera de montaña y aún nocturno, transcurren con calma y normalidad. Tanto que en los asientos traseros, el personal duerme ruidosamente.
Al comenzar a acercarnos a la capital el tráfico se hace más denso, hasta volverse decididamente espeso al entrar en Puerto Príncipe. No son ni las 7 de la mañana pero la ciudad bulle: tap tap, camiones, mercados, atascos…
Tras una primera parada en el aeropuerto para dejar a una de nuestras cada vez más habituales “visitas técnicas”, nos dirigimos a Inmigración a recoger nuestro permisos de residencia. Entretenemos la espera observando que el funcionario de turno, además de su rutilante uniforme de “Vacaciones en el mar” lleva cuidadosamente hecha la manicura, con uñas barnizadas incluidas.
Seguimos hasta Petion-ville, el “barrio bien”. Hay que ir de bancos, pero como yo no pinto nada en ese negociado, decido “no hacer bulto” y quedarme esperando en la puerta. A la sombra hace una temperatura estupenda, me siento en las escaleras del banco, cojo postura y me dispongo a recuperar parte del sueño perdido. Me despiertan mis compañeras cuando salen un rato después. Una de ellas me comenta que en esa misma circunstancia en España me habría echado unas monedillas. Pero aquí a nadie se le ocurriría dar limosna a un blanco.
En una de las avenidas vemos cómo dos policías de uniforme están parando a todos los coches. Al llegar a nuestro lado le preguntamos qué ocurre. Nos dice que algo muy importante: “Jesús va a venir, a traernos la Vida Eterna”. Mucho más reconfortados, seguimos nuestro camino.
Tras varias gestiones más, (que incluyen una visita a la oficina técnica de la cooperación española para recoger unos documentos y utilizar sus baños…), emprendemos el camino de regreso. El atasco en el centro de la ciudad comienza a adquirir características de “colosal”. Para pasar el rato decidimos hacer fotos de los tap tap y analizar sus mensajes: “La vida no se acaba”, “Voluntad de Dios”, “Sólo Dios es Todopoderoso”, “Los verdaderos amigos son raros”. Suelen ser bastante repetitivos, aunque algunos, desde luego son solo para iniciados: “Filipenses 3, V, 28” o “Juan 5, 22”
Por fin, logramos salir de Puerto Príncipe y alcanzar la carretera de Jacmel. Esta vez el tramo de carretera de montaña nos lo “amenizan” dos camiones de cascos azules ceilandeses que ascienden los puertos penosamente delante de nosotros y se esperan en las cumbres el uno al otro, suponemos que “por motivos de seguridad”.
A eso de las 5 de la tarde, por fin, estamos otra vez en Jacmel.

Navegación a La Brasilienne


Quedamos a las 6.45. A esa hora solo estoy yo. Los demás llegan a las 7.30. Está claro que esto de los horarios, los blancos se “haitianizan” rápidamente. En un rápido recuento de las provisiones disponibles comprobamos que solo otra pareja y yo hemos caído en traer agua. Se decide enviar una expedición para ir a comprarla. Vuelven media hora más tarde con una docena de botellas de agua y tres docenas de cervezas.
A las 8.15 emprendemos por fin la navegación. Casi hora y media costeando en dirección oeste para llegar a la playa de la Brasilienne. El lugar no es nada del otro mundo y está lleno de pescadores locales y niños jugando. Decidimos emprender otra expedición para buscar un lugar más discreto; pero esta vez tenemos que caminar cargados con la nevera de las cervezas.
Finalmente encontramos un lugar más o menos aceptable, incluso con un pequeño toldo hecho con hojas de palmera para protegernos del ardiente sol. Son poco más de las diez de la mañana, pero comenzamos a emprenderla con los bocadillos y las cervezas.
Pasamos una jornada de pereza total, con tímidas excursiones al agua, atravesando la arena que quema con furia volcánica. Comienzan a aparecer algunos niños que sonríen, entre curiosos y estupefactos ante la imagen de un grupo de blancos tumbados a la sombra y acumulando, cuidadosamente, a un ladito, botellas vacías de cerveza.
Al inicio de la tarde nos rodea un grupo formado por la mayor parte de la población de la zona entre 5 y 75 años. Conversamos en una mezcla de francés, inglés, español y creole, digna de la torre de Babel. Sin duda nuestra locuacidad y don de lenguas se incrementa de manera inversamente proporcional a la cantidad que queda de cerveza.
Sobre las 15 horas decidimos abandonar La Brasilienne. Nuestro embarque no resulta demasiado airoso. La mar ya comienza a estar movida y subimos a la barca casi totalmente empapados. Para quitarnos el susto, decidimos acabar con las cervezas.
El capitán de la embarcación decide hacer la ruta de regreso casi pegado a los acantilados. Pasamos algunos momentos de tensión cuando decide demostrarnos que es capaz de hacer pasar la barca entre un peñasco de diez metros de alto y un arrecife que asoma ligeramente dos metros a la derecha. Una enseñanza del día: con el patrón del barco que ha de traerte de regreso con mar picada, no es conveniente compartir las cervezas.

sábado, 29 de octubre de 2011

Estampas del sábado en Jacmel


Los comentarios de radio durante el desayuno se centran en el último suceso político en Haití. Un diputado, que plantó cara al presidente de la república, fue arrestado, por orden de éste, en el aeropuerto de Puerto Príncipe a su regreso del extranjero, acusado de ser un peligroso delincuente fugado de prisión. Así este país parece tener como única prioridad ahora mismo discernir quien tiene o no la razón en este conflicto entre los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.
Cuando bajo paseando hasta el centro, veo una pequeña multitud en la calle principal. Entre veinte y treinta jóvenes haitianos están observando cómo dos vietnamitas instalan una gran antena de telefonía móvil en el centro de la ciudad. Por un lado, me recuerda a la típica estampa española de “dos trabajan y veinte miran”. Por otro lado, imagino que muchos de los “mirones” desearían poder trabajar también ellos. Finalmente, es curioso que en Haití casi nadie tiene agua o electricidad en su casa, pero la mayoría de los haitianos disponen de uno o más móviles. Tres compañías se reparten el negocio. La última, la recién llegada Natcom, es propiedad del ejército vietnamita…
Voy al banco. Tengo suerte, no estoy ni una hora. Cincuenta personas en la cola. Tres cajeras. Seis guardias de seguridad. Así es el sistema bancario en Haití.
Me doy una vuelta para visitar una galería de arte. Desde que estoy aquí tengo la idea de comprar un cuadro. El problema es que todavía no estoy seguro de haber encontrado “el” cuadro. 

jueves, 27 de octubre de 2011

La burbuja


Me resulta curioso que tanta gente, que sé que me quiere bien, se preocupe por el hecho de que yo esté aquí.
La verdad es que muchos medios de comunicación ofrecen, lamentablemente, una imagen distorsionada de Haití. Especialmente lamentable ha sido uno reciente que, bajo el título de “Vacaciones en el infierno”, pretendía, parece ser, animar a la gente a hacer “turismo solidario” en este país… Por desgracia, cualquier excusa es buena para que un aprendiz de reportero, con buenas conexiones, venga de paseo por aquí, con un guión preestablecido, al servicio del cual no duda en realizar todos los “ajustes” necesarios para que “la realidad” corresponda a lo que otros le contaron en Madrid…
Mi vida aquí, dista mucho de ser el infierno. Claro que tampoco es el “paraíso de los cooperantes” que pretende reflejarse en otras ocasiones. Es una vida sencilla, un poquito austera, es verdad, pero sin llegar a ser incómodo.
De hecho, a veces me preocupan más algunas situaciones que se están viviendo en otros países. Desde las interminables crisis económicas europeas (unas crisis en las que los únicos que merecen ser “salvados” parecen ser los banqueros…), hasta las cacerías humanas emprendidas por los ejércitos de los países supuestamente más democráticos del mundo, en nombre de la paz y la estabilidad… de las regiones con petróleo…
Aquí tengo la sensación de vivir en una especie de burbuja, una especie de pequeño universo paralelo que, si bien es verdad que me limita un poco, de alguna manera está lleno de esas pequeñas rutinas que me dan una cierta seguridad.
Y cada vez más a menudo me pregunto si no debería, tal vez, salir de esta burbuja y “bajar al barro”… Unirme, junto a todas las personas a las que amo y que me importante, a la lucha para evitar que un miserable grupo de avariciosos e irresponsables especuladores maneje el destino del mundo a través de sus títeres políticos.
Lo malo es que las burbujas, como todos sabemos, no tienen puertecitas, sino que, para salir de ellas hay que reventarlas… Y sé, soy consciente, que la caída desde allí donde esté, puede ser dura.

domingo, 23 de octubre de 2011

Alegorías inexplicables


Este viernes hice un nuevo viaje a Bainet. Tenía algunos asuntos pendientes que tratar allí, y también aprovechamos para mostrar la zona a nuevos compañeros de trabajo.
Volví a ir conduciendo, una vez solucionados los casi interminables problemas burocráticos para matricular el vehículo de la organización para la que trabajo. Una vez más me enfrenté con ahínco a ese duro camino al que parece que tienes que vencer curva a curva, pendiente a pendiente. Un camino cada vez peor, aunque parezca increíble. Cada lluvia arrastra más la tierra, abre profundas grietas, hace aflorar la roca y lo hace cada vez más difícil.
Nadie mantiene los caminos, ni el Estado, ni los ayuntamientos, ni las comunidades por las que pasan. Si las carreteras son el esqueleto que sustenta una nación, Haití parece deshacerse cada día un poco más, A veces da la impresión de que los caminos, más que unir, separan a los pueblos.
Sin embargo, aunque pasé parte del día inmerso en estos pensamientos pesimistas, la tarde me ofreció una sorpresa. Mi colega haitiano me propuso volver por un camino distinto, por una ruta que no conocía; no habitual. Y, de repente, cambié el espíritu de lucha y de dominación de un camino, para dejarme llevar por la actitud de pasear y disfrutar del viaje. En algún momento incluso me reconocí admirando rincones de excepcional belleza; suaves caminos cubiertos de hojas amarillas, como en el otoño de los cuentos…
Y a la vuelta de una curva, al final de una pendiente me encontré con la extraña imagen de un viejo, frondoso y retorcido árbol surgiendo de entre los restos de un viejo tractor… ¿Un símbolo? ¿Una alegoría? ¿Un sueño materializado? Realmente no lo sé; no le encuentro ninguna explicación. Pero tal vez una de las enseñanzas que estoy adquiriendo durante mi estancia aquí es que no todas las cosas tienen una explicación, ni tienen por qué tenerla.

viernes, 21 de octubre de 2011

Un año en Jacmel


Hoy hace un año que llegué a Jacmel.
En todo este tiempo he tenido ocasión de vivir muchas cosas:
Un interminable proceso electoral que ha llevado a la jefatura del estado haitiano a un presidente-cantante o a un cantante-presidente, no se sabe muy bien…
Una epidemia de cólera que se ha cobrado ya la vida de más de 6.000 personas. Una enfermedad introducida por la conducta irresponsable de algunos de aquellos que se supone que están en Haití para “estabilizar” el país…; pero también una enfermedad que si se transformó en epidemia fue por la absoluta dejadez de las autoridades haitianas respecto a su responsabilidad de asegurar unos mínimos servicios de higiene y saneamiento a los hombres y mujeres que habitan este país.
Un huracán y varias alertas ciclónicas; fenómenos naturales que afectan de manera regular este país, eternamente peleado con su Naturaleza…
La incorporación y la “desincorporación” de varios compañeros y compañeras de trabajo; amén de las visitas “de apoyo” de personal de sede, consultores/as, evaluadores/as y voluntarios/as varios/as…
Entre tanto, para romper la rutina, he sido invitado a fiestas de cumpleaños, de bienvenida, de despedida, de salida de vacaciones, de retorno de vacaciones…, todas las excusas que emplea la colonia internacional de cooperantes/as para reunirse en alguna sus residencias para tomar unas cervezas y hablar de lo “dura y penosa” que es nuestra vida aquí…
En algún ratillo, entre fiesta y fiesta, he tenido tiempo de trabajar. Un trabajo que consiste básicamente en convencer a equipos de técnicos/as haitianos/as de que realicen su trabajo de desarrollo con campesinos y campesinas haitianos/as de acuerdo con normas y procedimientos elaborados por equipos de técnicos/as españoles/as que jamás han pisado este país y tendrían, seguramente, serias dudas para localizarlo en un mapa…
En lo personal, he tenido ocasión de conocer a algunas personas muy interesantes y a otras, bastantes, que, como yo, posiblemente están en este mundo solamente porque tiene que haber de todo…
En el momento de cumplir un año en Jacmel, no estoy seguro de cuánto tiempo más me quedaré aquí. Sobre todo porque traje mi cabeza a Haití, pero dejé mi corazón en España.
Tampoco me siento capaz de hacer ahora mismo un balance de si esta estancia ha sido positiva o negativa. Lo que sí sé es que, hace un año, mi destino cambió. Estoy seguro de ello porque puedo verlo cada día en la palma de mi mano.

viernes, 14 de octubre de 2011

La luna llena en el olivar


Hoy he recibido la noticia de la muerte de una buena amiga. Sabía, porque ella misma me lo había contado hace unos pocos meses, que estaba muy enferma.
Ha luchado mucho por vivir, pero finalmente, hoy me comunicaron que “se ha ido esta madrugada cuando la Luna llena iluminaba el olivar y la lechuza volaba por Úbeda”.
Nos conocimos hace muchos, muchos años. Tantos que ya me da un poco de vergüenza decirlo. Formamos un grupo de amigos con el que pasamos un verano inolvidable. Después, la Vida nos separó. Pueblos distintos, historias distintas, trayectorias distintas. Nos vimos pocas veces, pero de esas pocas veces conservamos recuerdos muy bellos.
Fueron primero las cartas, esa antigualla ya casi en desuso, y luego el correo electrónico, los medios que utilizamos para mantener viva la llama de nuestra Amistad.
La Amistad, eso tan mágico y difícil de definir.
Como saben todos los que me conocen “de cerca”, yo soy un tipo raro, y es complicado soportarme mucho tiempo. No se puede decir que tenga muchos amigos o amigas; pero tampoco eso es algo que me haya preocupado mucho nunca. Para mí la Amistad no es una cuestión de cantidad, sino de calidad.
Me considero muy amigo de personas a las que, realmente, no veo muy a menudo. Pero son personas a las que aprecio mucho; personas con las que un día surgió algo hermoso entre nosotros y con las que me he esforzado en conservarlo, pese al tiempo y a la distancia.
Personas con las que, al volver a encontrarme al cabo de los años, no es que nada haya cambiado, sino que todo ha continúa…
La Vida no pudo separarme de Antonia; pero, desgraciadamente, sí me ha separado de ella la muerte.

Hay gente pa to


Estos días están en Jacmel, alejados en mi hotel unos personajes curiosos. Son dos veterinarios canadienses. Dos colegas. Pertenecen a una ONG americana cuya finalidad es proteger la sanidad humana en países pobres… a través de la esterilización de perros y gatos…
La idea es que, controlando las poblaciones de caninos y felinos, se controla también el contagio a los humanos de la rabia y otras zoonosis.
La verdad es que a mí mismo la lógica me parece un poco rebuscada, pero bueno, cosas más raras se han visto por Jacmel, y, al menos esta pareja es bastante simpática.
El asunto es que ellos, como los cirujanos españoles de los que hablé hace algunos días, se han tenido que enfrentar a la realidad de la burocracia estatal y las condiciones de trabajo en Haití.
Han tenido la “suerte” de que, para montar su “clínica móvil”, la Dirección Departamental de Agricultura les ha cedido parte de sus locales… ¿Qué parte? Pues nada menos que un viejo y oxidado hangar que se utilizada como taller de reparación de vehículos y que, tras el terremoto de 2010 quedó convertido en depósito de chatarra y de basura…
Un día entero tuvieron que estar para “habilitar” el “quirófano”…
Esta mañana, casualmente, tenía yo que pasar por ahí y he podido verlos en acción. La verdad es que no les faltan clientes… Pero claro, ¿qué perros y gatos les traen” los que tienen dueños conocidos y viven como “reyes de la casa”… De manera que su teoría de controlar las enfermedades transmisibles a los humanos, difícilmente va a poder funcionar si no trabajan sobre los animales callejeros… Pero claro, para eso, deberían contar con apoyo de las autoridades; y eso…
Espero que, al menos, consigan lo que no lograron los cirujanos: transmitir su experiencia a profesionales locales, que puedan replicar sus conocimientos una vez que esta pareja se haya ido.
En cualquier caso, como decía el gran torero: “Hay gente pa’tó”

lunes, 10 de octubre de 2011

Jugar al póker y ganar


Alguna vez ya he comentado que, para mí, escribir este blog es algo parecido a meter mensajes en una botella y arrojarlos al océano del ciberespacio. No es que esté pidiendo socorro, ni que reclame que nadie venga a rescatarme. Escribo cuando creo que tengo algo que contar y me apetece hacerlo. Nunca me lo he tomado como una obligación, sino como algo parecido a una necesidad.
Por eso, aunque existe un contador de visitas en mi página, nunca me ha preocupado demasiado la magnitud de sus cifras o su velocidad de crecimiento. Cualquier visitante, paseante o curioso/a es bienvenido/a.
Hace tiempo que escuché un chiste muy tonto, pero que forma parte ya de mi “bagaje cultural”:
"Un amigo le dice a otro:
-          - A mí lo que me gusta es jugar al póker y perder”
-          - Será ganar – le dice su amigo
-          - Bueno, es que ganar tiene que ser ya…"
Pues yo estos días he tenido la suerte de “jugar al póker y ganar”… No sólo he tenido ocasión de conocer a uno de “mis lectores anónimos”, sino que ha venido a verme, y, además, es una persona muy especial.
Estos días, el hospital Saint Michel de Jacmel, cuenta con el “refuerzo” de un equipo de cuatro cirujanos y dos anestesistas sevillanos. Profesionales de reconocido prestigio que han decidido dedicar sus vacaciones a trabajar más…
Porque este grupo de andaluces son lo más alejado a unos “turistas solidarios”. No han venido a darse una vuelta y conocer “la realidad del país”, sino que han venido a remangarse y a solucionar problemas. Todos los que puedan mientras están aquí.
Son conscientes de que sólo será “un parche”. Ya han tomado contacto con la “burocracia sanitaria” y comprobado que no es fácil cambiar “inercias” preestablecidas… Pero decenas de personas, hombres, mujeres, niños y niñas, que están teniendo “la suerte” de ponerse en sus manos, conservarán un magnífico recuerdo de su estancia en Jacmel.
He tenido la ocasión de compartir alguna amena tertulia con ellos, y espero, antes de su partida, tener tiempo de mostrarles algo del “encanto” de Jacmel, porque hasta hora, solo han estado, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa…
Es lo menos que puedo hacer por unos lectores; por este "más que repóker de ases”.




miércoles, 5 de octubre de 2011

¿Educación para la Ciudadanía? (II)


Hoy por la mañana he visto muy pocos niños o niñas camino de la escuela. Es fácil distinguirlos por los uniformes, que son obligatorios tanto en colegios públicos como privados.
¿Por qué no los he visto? Por algo tan triste como que hasta que los padres no pagan, de manera efectiva, los gastos de inscripción y la primera mensualidad, los alumnos o alumnas no tienen “derecho” a asistir a clase. Y, aún entonces, tendrán que acudir con el uniforme, que tampoco es precisamente barato.
Para muchos padres y madres, “la vuelta al cole” es un doloroso calvario en Haití. Se le da mucho valor; en algunos hogares, incluso, se disminuyen las raciones de comida para llevar a los hijos o hijas a la escuela. Pero, aun así, “no alcanza”.
El acceso a la Educación no debería ser cuestión de dinero. La Educación debería ser un derecho, no un negocio. Un país se juega mucho en eso; se juega el futuro.
En Haití se intenta transmitir la imagen de que el nuevo gobierno apuesta seriamente por la Educación. Se habla de grandes cantidades de dinero invertidas y grandes planes para que cientos de miles de niños y niñas puedan ir gratuitamente a clase. Pero, no es solo dinero lo que hace falta. Una vez en la escuela, ¿qué enseñanza van a recibir?
Ayer, el presidente de la república inauguró el curso escolar en una escuela pública de Puerto Príncipe. En la rueda de prensa posterior, un periodista, un tanto incisivo, le hizo un par de preguntas que el presidente no quiso contestar, lo ignoró. Al tercer intento, el primer mandatario sí que contestó al periodista, pero para decirle, delante de todos los asistentes: “si sigues insistiendo, me c… en tu p… madre”… Eso sí, en creole, que tal vez no queda tan violento…
Creo que no acaba de ser un buen ejemplo de comportamiento para los miles de escolares haitianos que esta semana empiezan el curso. La Educación no es sólo cuestión de dinero.

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Educación para la Ciudadanía?


Mañana 3 de octubre comienza el curso escolar en Haití. El retorno a las clases se ha retrasado un mes para que pudiera entrar en vigor el plan del gobierno para escolarizar a 772.000 niños y niñas que nunca antes han ido a la escuela.
Fue una de las promesas electorales del ahora presidente de la república, Michel Martelly. Y, sin duda, es una decisión muy loable comenzar a trabajar por la Educación.
Para llevar a cabo esta ingente tarea no se han construido, de momento, nuevas escuelas. Se utilizarán todos los centro públicos (menos del 20% en este país) en doble turno, y, en zonas rurales, donde no hay colegios del Estado, se ha llegado a un acuerdo con algunas confesiones religiosas para hacer lo mismo.
Sí se han reclutado nuevos profesores, a los que se ha dado una formación acelerada (hay que tener en cuenta que este plan de escolarización comenzó a implementarse en el mes de julio…)
En cuanto a los fondos necesarios para asumir los costes de este plan, se han conseguido a partir de una tasa de 1,5 dólares americanos sobre las transferencias de dinero del exterior, y otra de 0,05 dólares americanos por minuto en las llamadas internacionales. De alguna manera, se ha pretendido que sean los haitianos que viven en el exterior, lo que aquí se llama “la diáspora”, quienes paguen la educación de la infancia desfavorecida en Haití.
Además de la escolarización, cada niño (o niña) recibirá una cantidad para hacer frente a los gastos escolares. En la tertulia del desayuno se comentaba hoy cómo iba a repartirse ese dinero. El gobierno ha decidido que cada diputado “apadrine” a 30 escolares, y cada senador a otros 1.000. Es decir, se han entregado a cada cargo electo sobres con la cantidad a entregar y son ellos los que deben encargarse de hacerlo en su circunscripción.
Esto, ya así, en frío, tiene un peligroso tufillo a “clientelismo”. Pero si hemos de creer a las “fuentes generalmente bien informadas” que mantienen al tanto del pulso de la calle a nuestra tertulia, el asunto aún se vuelve más oscuro cuando se fija uno en detalles, como el que la cantidad fijada para cada escolar es de 96 dólares americanos (unos 70 euros), pero ayer, parece ser que uno de los senadores del Sureste comenzó a repartir en Jacmel sobres para gastos escolares a las familias con 1.000 gourdes cada uno (unos 20 euros); eso sí, previa presentación del carnet de su partido político…
Espero que esta persona, al menos, no sea responsable también del programa educativo, y que estos niños y niñas que empezarán la escuela mañana sean en pocos años parte de una nueva generación jóvenes haitianos con nuevos valores y ganas de trabajar realmente por sacar adelante este país.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La identidad perdida de una ciudad


La última visita a Puerto Príncipe me ha permitido comenzar a imaginar cómo fue esta ciudad antes del terremoto del 12 de enero de 2010.
Hasta ahora solo la había cruzado para ir o para volver del aeropuerto. Pero esta vez tuve la ocasión de de atravesar su “centro histórico”…, o lo que queda de él.
Calles porticadas, edificios históricos, comercios “de prestigio”, todo eso y más pude entrever. Con los ojos del cuerpo, pero también con los ojos de la imaginación…
Las cicatrices de esta ciudad todavía son muchas. Muchas y muy grandes. No es que la reconstrucción no haya empezado, es que casi no se ha comenzado a desescombrar…
Alguien me decía hace unos días que, para muchos, ese montón de escombros puede ser la única escritura de propiedad que puede presentar para demostrar que alguna vez tuvo una casa. Y por eso se resisten, todavía a retirarlos.
La mayor parte de los registros y archivos oficiales se perdieron también el aciago día del seísmo. Resulta todavía difícil ser consciente del trauma que ha supuesto todo eso para este país. Más allá incluso de las ingentes pérdidas humanas y materiales está la pérdida casi total de la historia, de la identidad social y cultural de la capital de una nación.
Pero hoy he podido, fugazmente, visualizar cómo fue Puerto Príncipe, y creo poder afirmar que, pese a todo, también tuvo un cierto encanto.

Trámites y castidad


Ayer fui a Puerto Príncipe para solicitar el permiso de residencia a la Dirección General de Inmigración. Suponía la culminación de un proceso plagado de requisitos, algunos de cuyos aspectos, sanitarios y bancarios ya he comentado con anterioridad.
Madrugamos mucho, y, esperando que el Señor nos ayudara, como reza el dicho, nos presentamos en el edificio oficial casi antes de que abrieran.
La primera sorpresa nos la dio el policía de la entrada que, muy serio, se dirigió a mis dos compañeras y le dijo que así no podían entrar en un edificio oficial. “Así” era, la una con una camiseta de tirantes y la otra con un vestido también de tirantes, con un cierto escote, eso hay que reconocerlo.
La verdad es que, por un momento, nos miramos y pensamos al unísono que nos habíamos metido en algún agujero espacio-temporal y estábamos, o bien en Teherán, o bien en Zaragoza en los años 40… Pero nunca pensábamos que esto podría ocurrirnos en una capital caribeña…
El asunto es que ellas, para salir del paso, solo disponían de un chal; uno solo. De manera que primero tuvo que entrar una de ellas conmigo, para conocer el camino, y luego salir y “prestarle el chal” a la otra, mientras yo esperaba en el interior…
Una vez en la oficina correspondiente, el funcionario que nos recibió nos explicó, muy serio también, al igual que ellos nos reciben de uniforme, esperan que el público acuda “dignamente vestido”… La verdad es que yo ya empezaba a no tener claro si íbamos a solicitar un permiso de residencia o a ver a la Virgen del Pilar…
Y en cuanto al uniforme del servicio de Inmigración… Una especie de guayabera blanca con galones y botones dorados que no sabía si me recordaba más a las fotos de mi abuelo de camarero o a la tripulación de “Vacaciones en el mar”…
El caso es que no puedo quejarme del trato recibido (al menos yo, que no tuve que ponerme ni siquiera que ponerme un turbante…). La verdad es que fueron en todo momento muy amables con nosotros. A su ritmo, eso sí, pero amables. La verdad es que, al contrario de otras oficinas de Inmigración que he conocido, se respiraba amabilidad por todas partes. A veces incluso, demasiado “cariño”…
En la primera oficina, en la que rellenamos los formularios, todo el mundo, cuando entraba, se saludaba y se besaba castamente. Tal vez porque aquí las funcionarias eran ya todas “de una cierta edad”… Pero en la que fuimos a pagar… Eso parecía Babilonia… En ella trabajaba un grupo mixto de funcionarios y funcionarias entre los veinte y los treinta años, que no tenían ningún reparo en mostrar al público asistente lo “amigos” que eran todos entre sí y lo “bien que se llevaban”… Manitas, jueguecitos, arrumacos, ¡uy! que estrecha es esta puerta para los dos… Al menos, hay que reconocer que, tanto ellos como ellas, iban “dignamente vestidos”.
Bueno, el asunto es que culminamos los trámites de la solicitud; pero, como nada es tan fácil en Haití, tendremos que volver ¡dentro de un mes! a recogerlo.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Pasaporte difuminado


Hoy he tenido que ir a hacer unos trámites a la Dirección General de Inmigración a Puerto Príncipe. Tenía que llevar, como es lógico, mi pasaporte, y me he dado cuenta de que está descolorido… Bueno, más que descolorido se está borrando el dibujo de la tapa: “Unión Europea”…, “España”…, e incluso el escudo, cubierto, como sabemos por una corona real…
Hace unos días, mi contertulio canadiense de los desayunos me preguntaba si yo me sentía europeo. Le respondí que si me hubiera hecho esa pregunta hace cinco años le habría respondido, rotundamente, que sí. Pero ahora, con una Unión Europea inmersa en una crisis que es mucho más que económica y a la que sólo parecen dedicarse estériles discursos de nuestros “eurogobernantes”, mi sentimiento europeísta se está, francamente, difuminando mucho…
Respecto a lo de sentirme español… ¿qué significa, a estas alturas, ser español? Creo que los que menos podemos explicarlo somos la mayoría de los españoles. Creo que fue en el proceso de redacción de la Constitución Española de 1931 que un diputado propuso que empezara con algo así como “son españoles todos los que no pueden ser otra cosa”… Y sin embargo, cada año miles y miles de inmigrantes llegan, de todos los rincones del mundo anhelando adquirir la nacionalidad española. Quizás es verdad lo que dicen que “Dios da pan a quien no tiene dientes…”; aunque yo siempre replico que me parece mucho peor que “dé dientes a quien no tiene pan…”
Y en cuanto a nuestro escudo, reflejo de nuestra historia, y cubierto por una corona real… Bueno, creo que la mayoría de los españoles solo le cogieron cariño cuando, hace algo más de un año se le añadió una pequeña estrella amarilla encima… que significaba que “éramos los campeones del mundo”… Pero esa “gloria” también comienza a difuminarse…
En cualquier caso, creo que lo más importante de mi pasaporte está en el interior, y eso no se está difuminado. Dentro está mi identidad; una identidad personal, única e intransferible. Y dentro está también una pequeña parte de mi historia: viajes, entradas, salidas, tránsitos…

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nubes


Hoy cuando volvía por la tarde de la oficina he visto ante mí una curiosa agrupación de nubes. De diferentes tipos, de diferentes tamaños y de diferentes colores. Tal vez no tuvieran nada de particular, salvo que en ese momento he sentido que “las he visto”.
Creo que muy a menudo caminamos por nuestra Vida sin “ver”. Recorremos los caminos habituales, nos reunimos en los sitios de costumbre, nos encontramos con personas conocidas, e incluso queridas, pero tal vez no las “vemos”.
Hasta que un día, de pronto, somos conscientes de que están ahí: comenzamos a “verlas”. Nada ha cambiado en los caminos, en los lugares ni en las personas. Sólo ha cambiado algo en nuestro interior: ahora podemos “verlos”.
Con los problemas, de nuestra Vida, de nuestra familia o de nuestro país, puede que pase lo mismo. Están ahí, sentimos que nos acompañan, que pesan sobre nosotros… Pero, habitualmente nos cuesta encontrarles solución… hasta que, tal vez, de repente, nos surge una “iluminación”, una “luz”, una “bombilla”, como en los tebeos, y, gracias a ellas, “vemos”.
Vemos una solución, o, al menos, comenzamos a ver un camino para enfrentarnos a ellos.
¿De qué depende comenzar a “ver”? No lo sé realmente. Pero quiero suponer que, sobre todo de “querer ver”.
Espero que cada vez seamos más los que “queremos ver” una solución, distinta de la que tantos agoreros nos anuncian como la “única”…

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tirón de orejas


Acabo de venir del Hospital de Cayes-Jacmel. Es un centro médico regentado exclusivamente por médicos cubanos. Presta servicio gratuito a toda la población de la zona; incluso a los cooperantes extranjeros que residimos aquí…
Cuando venimos a Haití, lo hacemos con un seguro médico internacional que, teóricamente, nos asegura asistencia médica allá donde vayamos. Pero en Jacmel, ahora mismo, si no fuera por los médicos cubanos (hombres y mujeres), no tendríamos dónde ir… La población tiene muy difícil el acceso a los cuidados médicos, ya no sólo gratuitos, sino aún pagando…
Hace un año, cuando llegué, el hospital Sant Michel estaba gestionado por Médicos sin Fronteras y también era un buen lugar al que acudir en caso de necesidad. Pero desde que se fueron en enero, estamos todos en las manos de los cubanos…
Y lo digo literalmente, porque hoy me he puesto en las manos de uno de ellos. Desde hace unos días sentía molestias en el oído izquierdo. El típico asunto al que comienzas no haciéndole caso, pero al final tienes que ir al médico. Hoy, concretamente, sentía la cabeza como dentro de una pecera.
Cuando he llegado al hospital, ¡había un lío…! Un par de docenas de pacientes (y no tan pacientes…) esperando consulta. Me da un poco de vergüenza decirlo, pero los cubanos tienen como norma que si acude otro cooperante, éste siempre tiene preferencia, porque ellos te dicen que “estás en misión y no puedes perder tiempo”…
El caso es que me han atendido enseguida. Lo ha hecho un doctor muy amable, pero con una técnica, digamos un poco “brusca”… Cuando le explicado mi problema, me ha cogido la oreja con las dos manos, ha estirado bien, y se ha asomado dentro diciendo “¿duele?”… Se ve que el otoscopio le parece un invento imperialista… Creo que no me había estirado tanto las orejas desde que cumplí doce años…
Bueno, el caso es que me ha puesto un tratamiento a ver cómo evoluciona lo que me queda de oreja… Y otra peculiaridad de este país, es que no encontrarás mucha variedad de cosas para comer, pero medicamentos… De cada dos puertas, una es una farmacia. Bueno, realmente, “farmacia-colmado-heladería-mercería-todo a 100”… Mira que era raro el antibiótico que me ha mandado, pues en la tienda de enfrente lo tenían…
Así es Haití.

viernes, 23 de septiembre de 2011

La oficina de Correos


He descubierto que ha vuelto a funcionar la oficina de Correos de Jacmel. Una de las primeras cosas que pregunté al llegar aquí fue si se podían enviar cartas desde aquí.
Las cartas han sido muy importantes en mi Vida. No las del Tarot, que no he consultado nunca, sino esas cosas, que ahora parecen tan exóticas, compuestas de un folio escrito, un sobre donde se mete lo anterior plegado y un sello que se pega encima del conjunto…
Se me dijo que no, que aquí no había servicio de Correos. Y, en efecto, en una de mis primeras excursiones por el centro de Jacmel, encontré lo que había sido la oficina de Correos, pero cerrada y en una de las zonas cuyos edificios fueron más dañados por el terremoto del 12 de enero de 2010.
Sin embargo, en la puerta de ese mismo edificio, ahora hay un minúsculo cartelito que la oficina de Correos se ha trasladado a un edificio cercano. Pregunté a un vecino y enseguida me indicó. Ahí estaba; atravesando una avenida, tras la verja de una de las grandes mansiones con jardín venidas a menos, testimonio de un pasado lejano y ¿glorioso?
En la misma verja de entrada me atendieron casi al unísono dos funcionarias, vestidas con trajes de chaqueta oscuros; pulcras, formales, tan idénticas en todo que costaba distinguirlas. Cuando les dije que quería enviar una carta me dio la sensación de que se alegraban. Cogieron mi carta, la sopesaron en la mano y calcularon el precio con seguridad de expertas. Después, me acompañaron a su oficina.
La oficina de Correos de Jacmel es ahora una tienda de campaña con una minúscula vieja mesa de madera por mostrador. Las funcionarias fueron sacando de pequeñas y ajadas carpetas los sellos necesarios. Sellos que tuvieron que pegar con cola. Cola que tuvieron que raspar del fondo de un viejo bote casi agotado. Con sumo cuidado colocaron los sellos. Después, de una pequeña bolsa de plástico sacaron el aparato para “matar” los sellos... Tras culminar el ritual, nos despedimos los tres con vivas muestras de simpatía. En el fondo, creo que nos reconocimos como miembros de una antigua secta, casi extinguida, en los tiempos de internet, los mails y los “smartphones”…
Me dio la impresión de que mi carta era la única que se recogería ese día. No tengo ni idea de cuánto tardará en llegar. Pero debo confesar que el paso por la oficina de Correos de Jacmel me resultó lo más enternecedor que me ha ocurrido en mucho tiempo en esta ciudad.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La ciencia del sueño


¿Qué son los sueños? ¿Qué es la realidad? ¿Estamos siempre seguros de distinguir los sueños de la realidad? ¿Nuestros sueños se pueden hacer realidad? ¿Qué tenemos que hacer para conseguirlo?
Ten cuidado con lo que sueñas, porque podría hacerse realidad.
Esta película va de eso. Sueños y realidad.
Una película sencilla e íntima. Hecha con los ojos y la sensibilidad de un niño. O de un adulto con ojos de niño. Con ese niño que siempre llevamos dentro, que no deja de soñar y que nunca deberíamos dejar que creciera.
Es como un juego, como una clase de manualidades. Tremenda sensibilidad para contar una historia de Amor ¿real?, ¿soñado?
Puede que soñar sea la mejor manera de enfrentarnos a la crisis. A todas las crisis.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sueño con precipicio


La otra noche tuve un sueño curioso y un poco inquietante.
Estaba en la ladera de una montaña, subiendo por un camino muy empinado, pero, sobre todo muy estrecho. A mi izquierda tenía una enorme pared vertical y a mi derecha un tremendo barranco, no menos vertical. El camino apenas me permitía avanzar de frente; tenía que hacerlo casi de lado.
Pero no estaba solo. Delante de mí tenía a un grupo de personas. Uno de ellos hablaba de lo maravilloso que era el lugar que encontraríamos arriba, al final del camino. Pero, sin embargo, nadie avanzaba; todos estaban parados. Detrás, tenía otro grupo de personas que me seguía y me miraban como preguntando por qué estábamos parados.
Yo no me sentía cómodo en ese camino; no me sentía seguro. Incluso podría decir que tenía miedo. No tenía mucho interés por seguir en ese camino. Pero no podía retroceder; no había espacio para hacerlo ni para dejar pasar al siguiente. Eso me angustiaba.
Delante de mí no dejaban de decir lo estupenda que sería la vista desde arriba; pero nadie avanzaba. El grupo que tenía detrás me hacía sentir incómodo.
Finalmente, encontré una manera de bajar, atajando por el barranco. Por el camino, perdí una de mis botas; unas botas que tengo hace tiempo. Sin embargo, justo al llegar abajo encontré otra. Era distinta, no era de mi talla, pero la puse para terminar el camino.
Llegué a donde me alojaba. Era un gran hotel o residencia. En la recepción no había nadie, Cada uno tenía que buscar su llave. Yo no lograba encontrar la mía entre las muchas que había. Era la de la habitación 313. Algún detrás de mí dijo que esa habitación no existía.