martes, 6 de diciembre de 2011

El gobierno del miedo


En la historia de la Humanidad, los gobernantes han utilizado distintos tipos de miedo para controlar a la población. Básicamente, el miedo a sufrir toda una serie de castigos físicos, más o menos sofisticados, si se desobedecían los designios del señor de turno.
En muchas ocasiones, además, los poderes terrenales se han aliado con los poderes espirituales para controlar a los hombres y a las mujeres a través del miedo a los dioses, que podrían infligirnos toda una serie de penalidades en esta o en otras vidas.
Muy utilizado ha sido también el miedo a lo distinto, a lo diferente, al extranjero. Así, en nuestra historia, nuestros gobernantes nos han enseñado sucesivamente a temer a los bárbaros, a los moros, a los protestantes, a los revolucionarios, a los masones, a los comunistas o a los terroristas.
Pero, con ser diferentes, todos estos miedos que nos han sido inculcados para mantenernos “en orden”, no dejan de basarse en lo mismo, en que alguien vendrá, de manera inesperada y sorpresiva y nos harán daño, mucho daño, a nosotros o a nuestros seres queridos. Para impedirlo, para protegernos de todo mal, tenemos que obedecer al gobernante.
Sin embargo, parece que, progresivamente, nos hemos ido haciendo más descreídos, (o más inteligentes…) y cada vez tenemos menos miedo al enemigo exterior, por lo que, a mi modo de ver, nuestros gobernantes están tratando de controlarnos con un nuevo tipo de miedo; una especie de “enemigo interior”.
No está muy bien definido; ni siquiera tiene un nombre preciso. A veces se le da en llamar “los mercados” o “la economía”. Pero, en todo caso, parece ser tan terrible como cualquiera de los antiguos dioses y tan sanguinario como cualquiera de nuestros enemigos históricos anteriores, ya que no solo pueden acabar con nuestro presente, sino también con nuestro futuro y el de nuestros hijos.
Si no hacemos caso de todo lo que nos digan nuestros gobernantes, estos nuevos enemigos acabarán con nuestra vida tal y como la conocemos hasta ahora…
Bueno, tal vez no acabarán con nuestras vidas, sino con nuestro “estilo de vida”. Y, en mi opinión, ahí está el quid de la cuestión. ¿Queremos conservar más nuestro “estilo de vida” que nuestras Vidas y las de nuestros hijos? ¿Dejaremos de luchar por lo que creemos que es justo para esta generación y las siguientes porque tenemos que seguir pagando la hipoteca o porque no queremos renunciar a cambiar de coche cada cuatro años? ¿Son estos los nuevos miedos que nos gobiernan?