martes, 28 de diciembre de 2010

La horita haitiana

Uno de los conceptos menos universales es la puntualidad. Hay países en los que ser puntual es parte de inexcusable de la buena educación. Sin embargo, existen otros en los que el acudir a una cita a la hora prefijada puede ser mal visto, o, al menos suponer una situación un tanto ridícula, como puede ser que nadie sino tú haya acudido o que, en el caso de una invitación a una casa, ni los anfitriones estén preparados.

En Haití parece manejarse el concepto de la “horita haitiana”. Es algo un tanto surrealista, porque ya no solo se trata de falta de puntualidad, sino que condiciona la realización real de las actividades previstas. Creo que básicamente se trata de una especie de acuerdo: “Vale, si os empeñáis en quedar un día y a una hora determinada, lo hacemos; pero realmente haremos lo que mejor nos parezca.”

De todos modos, la “horita haitiana” no es patrimonio exclusivo de los nacidos en esta tierra, pues he podido comprobar que los extranjeros también la adoptan fácilmente.

Como muestra, puedo hacer un recuento de mis citas de los últimos días. El viernes quedamos a cenar a las ocho de la tarde. A las ocho y cuarto llamamos a unos invitados; no dicen que ya están viniendo. Como a las nueve todavía no habían llegado todavía, les volvemos a llamar. Nos dicen que sí, que ahora viene, que lo que ocurre es que se habían quedado dormidos…

Sábado. Nos invitan a una cena “a partir de las seis”. Decidimos acudir a las siete y media. Aparecemos en medio de una especie de debate político con unas cincuenta personas reunidas. Finalmente, la cena se sirvió a las diez y media.

Domingo. Soy invitado a una barbacoa en una casa de la playa. A partir de las doce. A las doce y media llamamos a los anfitriones para confirmar el lugar. Prácticamente les sacamos de la cama. No nos esperaban. Llegamos al lugar, ni casa, ni playa, ni barbacoa…

Lunes. Hay convocada una sesión de formación a las nueve de la mañana para unas sesenta personas. A las diez solo han acudido veinte. El almuerzo es servido puntualmente a las diez y media, pero el trabajo no comienza hasta las once.

Para terminar, solo aclarar que en el primer y tercer caso, todos los implicados eran extranjeros.

El reloj de la catedral de Jacmel quedó detenido en el momento del terremoto del 12 de enero. Pero estoy convencido que muchos otros relojes de este país están parados desde bastante tiempo antes.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Esencias del Caribe

Ayer a las cuatro de la tarde estaba bañándome en las cálidas aguas del mar Caribe. No pude evitar pensar que, en esos momentos, eran las diez de la noche en España, y que, según mis informaciones, la mayor parte del país tenía temperaturas bajo cero.

Son las cosas que tienen el cambio de hora y también los cambios de latitud. Siempre recuerdo una tira de Mafalda en la que la pobre no puede dormir pensando en que los chinos, en ese mismo momento están todos trabajando…

Cada vez que oigo declamar discursos proclamando verdades absolutas a nivel universal pienso en cosas como esas. No creo que exista una sola manera de entender el mundo, Tampoco estoy muy seguro de que el lugar donde uno nace, o en el que vive, condicione necesariamente su manera de enfrentarse a la vida, pero sin duda tiene una cierta influencia en el modo de ver las cosas.

El sábado, en una reunión me preguntaron sobre mi opinión personal, como extranjero, sobre la actual situación de Haití. Mi respuesta fue que todavía no puedo entender muchas cosas. Sobre todo, me cuesta llegar a saber, o a entrever siquiera qué es lo que pasa por la cabeza de los haitianos, que, son, al fin ya al cabo, los que deberían ser los dueños del destino de este país.

Quizá todavía me he bañado poco en estas aguas. Todavía no me he impregnado suficientemente de las esencias de este país. Pero estoy en ello.

martes, 21 de diciembre de 2010

Día de cometas

Esta noche había eclipse de luna. La última luna llena del año, la luna de la noche más larga, no quería mostrar su rostro. Tal vez avergonzada, tal vez horrorizada, tal vez asqueada de todo lo que ha tenido que contemplar este año desde su privilegiada posición en el cielo. En todo el mundo, pero especialmente en esta isla que un día fue “la Perla del Caribe”.

Me he levantado con ese pensamiento, no demasiado alegre, pero mientras desayunaba he visto cuatro patos, muy formales, en fila, camino de su baño matutino; y una leve sonrisa ha brotado en mis labios.

Más tarde, camino de la oficina, me he cruzado con un par de niños que, ilusionados, portaban una cometa. Una cometa pobre, rudimentaria, pero que ellos habían hecho con sus propias manos. Y he pensado que sí, que después de todo, hoy puede ser un buen día para volar cometas.

También espero que el próximo año sea mejor para Haití. La verdad es que con una fría lógica estadística, no puede ser mucho peor… Deseo que pase lo que pase, sean los haitianos los que construyan con sus propias manos su futuro. Que, aunque sea de una manera modesta, consigan, como esos niños, entregar al viento y echar a volar sus propios sueños.


domingo, 19 de diciembre de 2010

El mes de las bodas

Ayer estuve de viaje de trabajo. Tuvimos que madrugar bastante. Salir a las cuatro de la mañana es lo habitual aquí cuando uno quiere “aprovechar el día”, sobre todo teniendo en cuenta que recorrer los setenta y cinco kilómetros que nos separaban del destino, nos llevó unas cuatro horas.

Bueno, el caso es que ayer mi compañero de viaje, un ingeniero agrónomo de nuestra organización contraparte local, tenía un poco de prisa para volver. Estaba invitado a una boda. Me explicó que en Haití, diciembre es el mes de las bodas. Yo le dije que en España no es mes demasiado popular, tal vez por el frío que hace. Supongo que aquí la popularidad de diciembre para los matrimonios se basará en que, dice la tradición, en diciembre nunca llueve. Aunque la sabiduría popular se está equivocando este año, pues en lo que llevamos de mes, ha estado una semana lloviendo, y el resto, nublado.

Pero es que este ha sido un “annus horribilis” para Haití. Un año que empezó con un terremoto, continúo con una epidemia de cólera y un huracán, y va a terminar con una crisis política sin visos claros de solución.

Pero no por eso, dejan de hacerse bodas en diciembre. Dejé al compañero en su casa para que se acicalara y regresé a mi hotel. Estuve un rato en mi habitación y me extrañó un poco que la música exterior estuviera puesta a todo volumen. Nos “deleitaba” con una extraña mezcla de villancicos “new age” y canciones de Julio Iglesias en francés… A la hora habitual, me dirigí al comedor a cenar, y, cuál no sería mi sorpresa cuando aparezco en medio de un banquete de bodas. Se casaba un amigo de la dueña del hotel que, cuando me vio, no dudó en invitarme a sentarme a una de las mesas. Yo me excusé diciendo que no iba “bien habillé”, no estaba vestido para la ocasión. De todos modos, aproveché para pedirle que les deseara a los novios lo que se suele decir en mi pueblo en estos casos: “Que sea para bien”.

Esos son también mis deseos para el próximo año para este país; que ocurra lo que tenga que ocurrir en 2011, pero “que sea para bien”. Haití ya ha tenido suficientes males en 2010.

El cementerio y la princesa

En Jacmel hay un enorme cementerio que, como en otros lugares, parece una ciudad dentro de una ciudad.

Pero en las zonas rurales no suelen existir cementerios como tales. En ocasiones se encuentran pequeños grupos de tumbas en alguna curva o cruce del camino. Pero lo más habitual parece ser que cada familia entierre a sus muertos en la tierra donde vivieron. Así, es muy frecuente ver, junto a la casa donde viven los vivos, otra construcción que vendría a ser la “casa” de los antepasados muertos.

La verdad es que a los europeos nos choca bastante esta costumbre. Nosotros enterramos a nuestros difuntos lejos de nuestra casa, en enormes ciudades “solo para muertos”, en las que los vivos solo son admitidos, “de visita”, a ciertas horas.

Las tumbas haitianas son de diferentes tipos. Supongo que dependiendo de la importancia del difunto y el cariño o el respeto de sus descendientes. Las más antiguas tienen cierto empaque, con todo ese musgo y esa pátina en la piedra que dan los años. Algunas están pintadas de colores incluso alegres. Pero las más recientes suelen ser simplemente grandes cubos de cemento y hormigón, que, en ocasiones, parecen más grandes y fuertes que la casa de los vivos. De hecho, la mayoría de las tumbas han resistido el terremoto del 12 de enero mucho mejor que las viviendas.

La convivencia de las familias con sus difuntos parece pues mucho más “normalizada” en Haití que en España, por ejemplo. Eso lo pude comprobar muy bien ayer. Por una serie de circunstancias, me encontraba sentado en una silla, delante de una casa, esperando a que unas personas terminaran de comer para continuar viaje con ellos. Enfrente, a unos diez metros, tenía una tumba, pude deducir que de cuatro personas, tan grande como la casa misma. Sobre la tumba había ropa recién lavada, y, junto a ella, cuatro muchachos de entre 10 y 16 años, todos chicos. Apoyados en un Jeep Wrangler que resultaba totalmente anacrónico, pero que pensé sería regalo de algún pariente emigrado a los Estados Unidos.

La actitud de los muchachos resultaba bastante similar a la que tendrían chicos de su edad en España: entre desafiante y displicente; sobre el coche, como posando para una foto que nunca hice.

Pero entonces, en medio de esa escena, apareció ella. Una niña como de seis o siete años, vestida como una princesa de cuento, con un gran cubo de plástico en la mano. Cruzó sin decir nada entre nosotros, y a los cinco minutos volvió con el cubo lleno de agua sobre la cabeza. Entonces me fije que sus ropas de princesa estaban algo desgarradas. Gran parte de los haitianos se visten a partir de la ropa usada viene de los Estados Unidos y se vende en grandes fardos en cualquier mercado local. Esa princesa pues, era “una princesa de segunda mano”. Pero, sobre todo, una futura mujer haitiana, trabajadora esforzada, a la que sus hermanos mayores, futuros hombres haitianos, ni siquiera se planteaban ayudar a llevar su pesada carga. Supongo que su pensamiento estaría más bien en emigrar cuanto antes y poder ser orgullosos dueños de un vehículo como aquel en el que estaban subidos.


miércoles, 15 de diciembre de 2010

El niño de las flores amarillas

Hoy leía en un periódico local que los políticos de este país parecen todos atrapados por el “dilema del prisionero”. Como en esa prueba, si nadie quiere perder y todos quieren ganar, ocurrirá lo peor para todos. Aunque, como casi siempre, el principal perjudicado será el pueblo haitiano, que ya no sabe si tiene que echarse a la calle para derrocar a un presidente, para denunciar un fraude, para apoyar a un candidato o, simplemente, para expresar toda su rabia acumulada por tantos meses, (y tantos años…), de desidia por parte de todas las instituciones que dicen velar por ellos.

Iba yo pensando en temas tan profundos, cuando me he cruzado con chiquillo de unos cinco o seis años que iba mirando con arrobo unas florecitas amarillas que llevaba en su mano. Quizá se las iría a ensañar a su madre o a una de sus hermanas. He mirado a mi alrededor para ver dónde las había podido encontrar, pero solo he visto escombros y un montón de basura, con un par de cerdos y unas cabras buscando su sustento. Debe ser verdad que solo lo poetas y los niños son capaces de encontrar la belleza en cualquier lugar.

Aunque, tras unas reflexiones tan líricas, he recordado que ese niño, a esa hora, debería estar en la escuela; pero la mitad de los niños haitianos no van a la escuela porque sus familias no tienen dinero para pagar los uniformes y los útiles escolares.

Malos tiempos para la lírica.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Domingueando


En todos los lugares del mundo tiene que haber un gringo loco (bueno, en ocasiones más de uno). El de Jacmel es francés y se dedica al parapente. Se gana la vida enseñando a los turistas cómo es Haití desde el aire colgando de un paracaídas amarillo y rojo.

Así que esta mañana me invitaron a unirme a la expedición que iba a subir a La Vallée, el municipio del al lado, a encontrarse con él.

Esta vez viajamos en un Tap Tap propio e improvisado: nueve personas en la camioneta de una de las ONGs que trabajan aquí; la mayoría de ellas fuera en la parte de atrás, claro.

Durante el viaje, de alrededor de una hora, atravesamos una de las zonas más verdes y cuidadas que rodean a Jacmel. En esta zona me contaban que las casas tienen mucha mejor pinta porque casi todas las familias tienen a uno de sus miembros en Estados Unidos o Canadá que les envía dinero regularmente.

Llegados al punto de encuentro con el “piloto” subimos hasta una hermosa pradera en lo alto de una colina desde donde la vista era espectacular. De inmediato se desplegó el parapente y nuestro anfitrión comenzó a realizar un par de vuelos él solo para tantear las condiciones del viento.

Finalmente, decidió que hoy no era el día. No hacía sol y no encontraba las corrientes térmicas necesarias para un buen vuelo. Pese al chasco que supuso no poder volar, me sorprendió agradablemente su sentido de la responsabilidad, tan necesario en este país.

A la bajada entramos a comer en lo más parecido a un restaurante de carretera que puedes encontrar por aquí. El menú era sencillo: arroz con cabrito o bien cabrito con arroz. Nos decidimos por la primera opción.

Se echó de menos la posibilidad de tomar un cafecito después de comer, aunque no faltaban, como en ningún lugar del mundo, un surtido de alcoholes varios aprovechando los recursos locales.

Bueno, otra vez será.


domingo, 12 de diciembre de 2010

De marcha



Ayer sábado me propusieron salir a caminar al campo. Se trataba de dejar la ciudad por unas horas y descubrir nuevos parajes en el entorno cercano de Jacmel.
El día estaba un poco nublado, lo que favorecía nuestras intenciones. En este país, a veces pienso que lo único que realmente llega a ser de justicia es el sol…
Nos reunimos un pequeño grupo de seis personas, de cuatro nacionalidades, y tomamos un Tap Tap hasta el punto de partida de la caminata.
Seguimos una pista de tierra que, al principio era un camino suave, pero luego comenzó a empinarse más y más hasta extremos casi inconcebibles para una ruta destinada, en principio, a ser recorrida por vehículos. Algunas personas del grupo decidieron subir por la carretera avanzando en zig zags de lado a lado de la misma; tal era la pendiente. Al llegar a un recodo del camino encontramos a un grupo de hombres y mujeres que lo estaban reparando y entonces elaboré una teoría sobre por qué la carretera seguía ese trazado “tan directo”. Esta pista, como la mayor parte de las de Haití, ha sido abierta a pico y pala, sin ayuda de de maquinaria; de modo que se trata de aprovechar al máximo el esfuerzo dedicado, sin perder el tiempo haciendo curvitas que, si bien servirían para conseguir pendientes más suaves, significarían un incremento muy considerable del tiempo y el sudor necesario para construir el camino.
Aunque al final debe existir una especie de ley universal de conservación del sudor, porque el que se ahorraron para construir la carretera, lo fuimos derramando nosotros para recorrerla.
Sin embargo, el esfuerzo mereció la pena. Llegamos a una laguna natural preciosa. Una grata sorpresa que compensó nuestra fatiga. Allí pude comprobar que sí hay pájaros en Haití. Pude ver varias especies de aves acuáticas sobrevolando la laguna e incluso escuchar el canto de algún tímido pajarillo. También una muchacha cantaba una bonita canción mientras lavaba la ropa en la orilla. En resumen, resultaba un entorno casi idílico.
Ascendimos un poco más por la ladera. Todo el camino íbamos encontrando junto al camino las pequeñas casas de las familias campesinas y sus parcelas de banano y otros cultivos. En Haití es difícil encontrar zonas no humanizadas. Me contaban una vez que los haitianos lucharon durante su guerra de independencia por abandonar las plantaciones donde cientos de ellos vivían esclavizados y conseguir tener, cada uno de ellos su propia tierra, su propia finca, aunque fuera pequeña. Esta filosofía, este sentimiento de independencia extrema, dificulta sin duda, aún más, el alcance de los servicios básicos a toda la población, pero forma parte de la idiosincrasia local.
Finalmente, al final de nuestro ascenso, alcanzamos a tener una vista extraordinaria sobre la laguna, pero también sobre el mar Caribe al fondo. Desde allí pude confirmar que, contrariamente a lo que suelen decir todas las guías turísticas, Haití no es un país devastado, esquilmado y totalmente deforestado, sino que aún quedan parajes de extraordinaria belleza que en nada tendrían que envidiar a otros universalmente reconocidos. Desde luego, las infraestructuras turísticas no son muchas, pero, como en tantas otras cosas, “todo es ponerse”, y, sin duda, no sería tan difícil crear fuentes de trabajo y de ingresos para las familias de este país, respetando sus costumbres y su modo de vida.

Pequeñas contradicciones de Jacmel.


Acabo de escribirle a un amigo que realmente, para bien y para mal, este es un país donde "todo se guisa" en Puerto Príncipe y las ciudades pequeñas, como Jacmel, se ven mucho menos afectadas por las convulsiones políticas que están castigando, aún más, este país. De modo que mi vida aquí se desarrolla con toda la normalidad que se puede esperar de un entorno tan imprevisible como éste.

Este entorno imprevisible se refleja a veces en las pequeñas, o grandes, contradicciones que uno se encuentra a su alrededor.

En el local donde estaba comiendo me di cuenta de que, en la mesa del al lado, un muchacho de unos quince o dieciséis años estaba manejando un iPad. Se trata de un chisme electrónico de última generación, bastante aparatoso, y con un precio de entre 500 a 700 euros.

Pocos minutos después salí del local camino de mi hotel. A los pocos metros, un señor, arrugado por la edad y el trabajo, tenía expuestas dos puertas. Las vendía. Ignoro si eran las de su casa o las había fabricado él y esperaba, pacientemente, que pasara alguien que necesitara precisamente ese tipo de puertas y de esas medidas.

Estoy casi seguro de que los dos protagonistas de esta pequeña historia no eran parientes, Pero los dos son haitianos y viven en Jacmel.


sábado, 11 de diciembre de 2010

Tap Tap



Hoy ha sido mi primer contacto con el principal medio de transporte de Haití: el Tap Tap.

Se trata normalmente de pequeñas camionetas pick con dos bancos corridos de madera en su parte trasera, que terminan sobresaliendo de la plataforma del vehículo. Esta sencilla “obra de ingeniería” permite el transporte de hasta doce personas… o más, dependiendo de la necesidad.

En Puerto Príncipe los Tap Tap suelen estar pintados con colores vivos, de manera las calles parecen una exposición móvil de arte popular. En Jacmel normalmente son mucho más discretos. Lo que casi nunca falta en ellos son invocaciones a la omnipotencia de Dios o peticiones de ayuda y protección al Altísimo. Eso está muy bien, porque, al fin y al cabo, es la única medida de seguridad con la que cuentan esos vehículos.

Cada vez que los veo me pregunto si los fabricantes de esos Nissan o Toyota son conscientes de todo lo que pueden aguantar sus vehículos. Cien veces reparados y mil veces remendados, los Tap Tap son realmente la fuerza que mueve este país.

Pero, sin duda, lo que más me gustó de la experiencia fue descubrir por qué se llaman Tap Tap. Una vez que uno se monta en esos humeantes y tremendamente ruidosos vehículos, resulta en ocasiones un poco difícil comunicarse con el conductor para decirle dónde quiere uno bajarse. Pero lo que suele hacerse es golpear un par de veces con una moneda en la chapa del techo; ese sonido: “tap, tap”, es el que el conductor reconoce como señal y el que da nombre al medio de transporte nacional haitiano.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La Casa Roja

Cuando hace unos meses me planteé la posibilidad de venir a trabajar a Jacmel, comencé a consultar internet para saber más sobre este lugar, como una persona de mi tiempo que soy. (Enseguida he aprendido que la mayor parte de las cosas que conviene saber de Jacmel no parece en la red; pero eso es otra historia…)
Localizando la situación de la ciudad con Google maps, encontré también fotos de sus calles y sus edificios. Uno de los que más me llamó la atención fue la Maison Rouge, “la Casa Roja”, uno de los testimonios emblemáticos de su pasado de floreciente ciudad comercial del siglo XIX.

Jacmel ha tenido un antes y un después con el terremoto del 12 de enero. Todas sus infraestructuras básicas y gran parte de los edificios oficiales quedaron destruidos o seriamente dañados.
Sin embargo, el deterioro de su patrimonio monumental ya había comenzado años antes del seísmo. De hecho, justo este año estaba previsto incluir a Jacmel en la lista de la UNESCO de Ciudades Patrimonio de la Humanidad. Un patrimonio ya en peligro.
Así pues, llegué a Jacmel con la imagen de la Casa Roja en mi retina. Pero hasta el domingo pasado no la encontré. Pero el tardar tanto en descubrirla no fue porque estuviera escondida. Había pasado varias veces por delante sin darme cuenta. No fue capaz de verla. Su imagen actual, su ajado esplendor, no se corresponde con la imagen ideal que tenía en mi mente.
Hoy he tenido la ocasión de visitarla; de entrar en ella; de recorrer sus habitaciones. Me sentía casi inmerso en una novela de García Márquez, sintiendo mucho más de cien años de soledad entre sus paredes.
Y, sin embargo, no estaba sólo.
La cooperación española ha instalado allí una escuela-taller, para que jóvenes haitianos aprendan un oficio a la vez que colaboran con su trabajo a la rehabilitación del edificio.
Hoy era un día tenso en las calles de Jacmel y de todo el país. Anoche fueron publicados los resultados electorales. Unos resultados que nadie cree, que a nadie contentan y que solo parecen servir para que miles de personas salgan a la calles a dar rienda suelta a su rabia contenida. Rabia por tanta dejadez e inoperancia, por parte de su gobierno y por parte de las instituciones internacionales responsables de apoyar a ese gobierno.
Sin embargo, en la Casa Roja se respiraba calma y sosiego. Hoy, un día en el que muchos colegios y comercios han cerrado, los alumnos de la escuela-taller acudieron bien temprano. Le pidieron a la directora que, por favor, les permitiera trabajar. En medio de toda esta incertidumbre ellos preferían pasar el día pensando en otra cosa; aprendiendo, practicando, soñando, tal vez, con un futuro mejor para ellos y para este país.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sellos


Los que me conocen un poco saben que a menudo explico que el trabajo en cooperación internacional dista mucho de la imagen tipo “Indiana Jones” que se tiene desde fuera.

Hoy he empezado la mañana con una tarea que confirma esa afirmación. Se entregaron herramientas agrícolas a 658 familias campesinas. Para cada una de esas entregas se levantó un acta. Y cada una de esas actas debía llevar un sello del proyecto y otro de mi organización.

De manera que he tenido oportunidad de dar rienda suelta a ese funcionario que todo español lleva dentro… Sellando, sellando, sellando.

Cada una de las actas debía llevar adjunta una fotocopia del documento de identificación. En la mayor parte de los casos, se trata de la tarjeta nacional de identidad; pero puede ser también el permiso de conducir, o bien la tarjeta electoral o la de la dirección general de impuestos que también incluyen fotografía. Pero el caso más curioso ha sido el de quien presentó como documento de identificación el carnet de miembro de la Iglesia Evangélica Indígena.

Finalmente la tarea no fue tan aburrida.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Historias de los campos


Esta tarde he visitado uno de los campos de refugiados de Jacmel.

Casi once meses después del fatídico 12 de enero de 2010, todavía cientos de familias viven en tiendas de campaña en el centro de la ciudad. Allí han soportado ya dos épocas de lluvias, un tórrido verano e incluso un huracán. Más de trescientas noches durmiendo en el suelo, cocinando precariamente a la puerta de la tienda, echando un ojo a sus hijos pequeños que juegan entre los escombros, temiendo que algo no deseado pueda sucederle a sus hijas adolescentes.

Sin embargo, cada familia ha intentado “personalizar” un poco su parcela, aunque solo sea decorando con piedras y trozos de baldosas rotas, con más o menos gracia, la entrada de su tienda.

Y cada tienda tiene una historia, pero todas empiezan de la misma manera. Con el relato del día en el que todo tembló, todo se caía, todos gritaban. Sorprende un poco la tranquilidad con la que cuentan cómo lo perdieron todo. Todo menos la vida, recalcan siempre. Esa vida en la que tantas cosas cambiaron. Esa vida que ya era dura antes, pero que ahora lo es mucho más.

Una mujer con sus tres hijos. La casa donde alquilaba una habitación se hundió. Perdió todos sus enseres domésticos y su ropa; pero conservó el pequeño puesto ambulante con el que se sigue ganando la vida vendiendo pequeñas cositas, galletas, cuadernos y chucherías para los niños que van a la escuela. Claro que los padres de muchos de esos niños ya no pueden darles mucho dinero para sus caprichos y su negocio no va muy bien. ¿Planes de futuro? Tiene un pequeño terreno que heredó de su madre y le gustaría construir una casa, pero no tiene dinero y, de momento, no se plantea dejar de vivir en la tienda, pese a que ya no hay ninguna organización que les proporcioné ningún tipo de ayuda.

Otra madre de familia sola, al cargo de cinco niños, se ganaba la vida vendiendo ropa usada, pero ya no tiene ahorros para ir a Puerto Príncipe y adquirir más mercancía. Ganó un poco de dinero al principio trabajando en tareas de retirada de escombros, pero eso ya acabó. Vive de lo que le queda, hasta que se le acabe. Ha pagado el colegio de una de sus hijas, de la otra no. ¿Qué hará cuando se lo reclamen? No lo sabe. ¿Esperanzas para el futuro? Ninguna.

A otra familia que visitamos le reconstruyeron su casa. Una pequeña habitación de dos metros por seis, en la que viven siete personas y en la que todavía queda espacio para la pequeña tiendecita donde se ganan la vida. Están muy contentas porque ya no viven en una tienda, sino en una casa de hormigón, aunque los que la reconstruyeron no la dotaron de baño ni de cocina, y siguen teniendo que utilizar las letrinas del campamento.

Finalmente visitamos otra casa, la de una maestra jubilada. La planta baja resistió el terremoto, aunque hubo que demoler la planta de arriba. Vive de su pensión de 5.800 gourdes mensuales (unos 120 euros), con dos niños a su cargo.

Cuatro familias, cuatro historias.


domingo, 5 de diciembre de 2010

Bainet


Ayer estuve visitando una zona rural fuera de Jacmel.
Acompañaba a un equipo encargado de evaluar la respuesta ofrecida a la emergencia humanitaria tras el terremoto del 12 de enero.
Fue una jornada intensa e interesante. Salimos a las cinco, todavía de noche y bajo un hermoso cielo estrellado.
El camino era largo y duro. Debíamos de recorrer algo menos de ochenta kilómetros, pero estaba previsto que nos costara unas cinco horas llegar a nuestro destino. Y es que, en la mayor parte de los tramos, llamar carretera a la ruta que seguimos era algo aventurado. Quizá sería más adecuado considerarlo caminos por donde cabe un coche. En algunos casos incluso tuvimos que avanzar siguiendo el lecho de un río.
La primera cita era con el alcalde de Bainet, la capital del distrito que íbamos a visitar. No s recibió en su casa, porque ya no tenía oficina, después de que el terremoto dañara gravemente el edificio del ayuntamiento. Creo que siempre recordaré dos cosas: su sinceridad y sus chanclos rosas. Dejó claro que pretendía suplir su falta absoluta de medios (“la alcaldía no dispone ni de una bicicleta…”), con una dedicación al cargo de 24 horas al día, “de traje o en camiseta”.
Después de la ciudad nos fuimos internando en la montaña. Las familias allí tienen tendencia a vivir en casas aisladas, muy distantes unas de otras; pero existen pequeños núcleos, alrededor de la iglesia y la escuela, que se convierten en los centros de reunión.
En las diversas reuniones comencé a poner nombres, caras y voces a las víctimas del terremoto. Y también a conocer sus historias, sus distintas circunstancias personales y familiares. La mujer, todavía joven, que te cuenta, “lo único que no perdí en el terremoto fue la respiración”. Otra señora que afirma, “perdí todo lo que tenía: mi casa y tres cabras”. La imagen de un hombre, con cinco hijos pequeños, entre las ruinas de su casa, que reconstruirá “en cuanto tenga los medios y los ahorros necesarios”. O el relato de un matrimonio anciano: Su casa quedó totalmente destruida y ahora viven en una tienda de campaña. Un hijo ha comenzado a construir una nueva casa en ese terreno, pero sólo porque quiere casarse. Ellos suponen, esperan, que su hijo les permita vivir con ellos cuando la nueva vivienda esté terminada. Si no es así, seguirán viviendo en la tienda…
Entre todas estas historias siento que me quedo sin palabras. Sobre todo cuando, al partir, estos hombres y mujeres nos agradecen nuestra visita y ofrecen sus oraciones para que tengamos un feliz retorno a nuestros hogares.

Y me quedo pensando en que sí, que yo todavía tengo un hogar al que regresar.

jueves, 2 de diciembre de 2010

No hay pájaros en Jacmel

Hoy, mientras iba caminando hacia mi oficina, me he puesto a pensar en la fauna de Jacmel. En un primer lugar en la de mi hotel. En su jardín, bastante salvaje, habita una familia de gallinas, que imagino trabajan duramente para que no falten huevos en mi desayuno cada día. Junto a ellas, pero respetando cada uno su espacio, convive una colonia de patos, bastante pacíficos. Finalmente, existe también una pequeña colonia de pavos, tanto reales, como “republicanos”.

Por el camino, suelos cruzarme, como no, con unos cuantos perros, de raza indefinida y sin dueño conocido. En cualquier caso, nunca me he encontrado con ninguno con aspecto agresivo, sino todo lo contrario; mantienen una actitud sumisa y casi nunca se oyen ladrar.

Gatos he visto muy pocos, a no ser algunos muy chiquitines. Pero, evidentemente, esos chiquillos han de tener madre, e incluso padre, aunque los progenitores no se dejan ver mucho.

Pese a que Jacmel es una ciudad de mediano tamaño, no es raro que se crucen en tu camino cerdos, vacas con su ternero o alguna cabra. Es curioso que en creole cabra se dice “kabrit”, y da la impresión de que eso condiciona un poco que los animales nunca crezcan mucho. Así, nunca alcanzan el tamaño que esperaríamos de una cabra, no pasan de parecer siempre “cabritos”.

Alguna mañana temprano, he sentido también la presencia de algún burro “cantor”, de voz profunda y rotunda, que ensaya a menudo, tal vez buscando un representante que le lance al estrellato.

En la oficina, disfrutamos de la compañía permanente de una familia de geckos o salamanquesas, que normalmente se establecen por el techo y colaboran a mantener bajo control las poblaciones de insectos. Son simpáticas, y quizá gracias a ellas, la presencia de mosquitos, tan temidos en los trópicos, aquí no es muy notoria. Solamente la noche del paso del huracán Tomas sobre Jacmel me sentí acosado por los mosquitos; pero era comprensible, azotados por el viento y la lluvia, los pobres no tuvieron más remedio que buscar cobijo en la casa.

Pero la colonia más activa en la oficina es la de hormigas. Unas hormigas diminutas, pero ávidas por llevarse todo aquello que ellas consideren comestible. Hace unos días me sorprendí viendo como un trocito de barro desprendido de mis zapatillas avanzaba lentamente hacia la puerta. Cuando lo miré con detenimiento pude observar como un grupo de cincuenta o sesenta hormigas se esforzaban con denuedo en llevar el botín a su nido.

Pero cuando realizaba mentalmente este inventario o censo de los animales que me rodean, me di cuenta de que no había visto pájaros en Jacmel. El único canto que se oye es de las cigarras, nada refrescante, como todos sabemos. Me vino a la cabeza el libro “Primavera silenciosa” y me invadió una cierta tristeza.

Al fin ya cabo, los pájaros son uno de los símbolos universales de la libertad, una libertad que en Haití todavía parece estar un tanto “enjaulada”.

Al menos, recordé, otro símbolo, el de la Paz, la paloma, sí que habita en Jacmel. Esperemos que por mucho tiempo.


sábado, 27 de noviembre de 2010

Reunión en el Ministerio de Agricultura

He pasado los dos últimos días en un taller de planificación conjunta entre la Dirección Departamental de Agricultura y algunas ONGs que trabajamos en la zona.

Dejaré aparte los contenidos de los debates y las deliberaciones. Algunos de ellos por ser demasiado farragosos para los ajenos al tema y otros porque quizá podría decirse que “pertenecen al secreto del sumario”…

Solo quisiera relatar algunas curiosidades o quizá, más bien, observaciones sociológicas.

En primer lugar, la sala de reuniones, adornada como para el cumpleaños de un niño de primaria, toda llena de cintitas por el techo. Junto a ella, un patio que conservaba, con mucho esmero, seis coches achatarrados, que, sin embargo, no resultaban del todo inútiles, pues uno servía para secar la ropa y el resto para guardar basura. Sin embargo, intacto, impoluto y nuevecito sin estrenar aparecía también un tractor de fabricación iraní.

Salir de la sala al patio debía hacerse con mucho cuidado para no pisar a alguno de los siete pollitos recién nacidos que, junto a su madre, buscaban su comida por el suelo. El padre de las criaturas, supongo, el gallo, también estaba allí, pero atado junto a una ventana. Justo la ventana que estaba al lado de mi silla. Y puedo asegurar que resulta difícil seguir los argumentos político-estratégicos que, en francés, claro, intenta transmitirte un funcionario de alto nivel cuando un gallo canta cada dos minutos, puntualmente, a medio metro de tu oreja…

Claro que, ese mismo funcionario de lato nivel, a diferencia de ti, no tiene ningún rubor en echarse una cabezadita cuando los debates no resultan demasiado apasionantes.

En todas las reuniones, en cualquier lugar del mundo, resulta fundamental la pausa para el café. Pero aquí más. Tanto que, pese a que la reunión empezó más de media hora tarde, no hubo ningún problema en “recuperar” esa media hora adelantando el coffee-break… Aunque, realmente, el primer día no hubo nada de café. Eso sí, para compensar existía la posibilidad de meterse entre pecho y espalda un hermoso cuenco de un guiso de carne y verduras, para acompañar las madalenas, a las diez y media de la mañana…

La comida sin embargo, tardaba en llegar; tanto que el moderador del taller decidió suspender la sesión a las dos de la tarde mientras se esperaba que llegara. No fuera a ser que nos diera una bajada de azúcar en sangre… Durante ese periodo de espera, se dio tiempo también a que otros funcionarios del ministerio se fueran “incorporando a la reunión”… a tiempo para dar cuenta del almuerzo, que, eso sí, por fin llegó. Tras finalizar la comida, misteriosamente, descendió en picado la asistencia a las sesiones de debate sobre la planificación operativa para el próximo trienio…

Bueno, sé que todavía me queda mucho de aprender de este país y sus “tradiciones ancestrales”. Estamos en ello.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Profesor de francés


Siempre dicen que la política hace “extraños compañeros de cama”, pero el trabajo en cooperación internacional al desarrollo también ofrece escenas curiosas, sin duda.

En el hotel donde estoy viviendo se alojan también dos coreanos. Son policías que forman parte de la MINUSTAH, la misión de Naciones Unidas para la estabilización de Haití. Uno de ellos creo que ha visto muchas películas, porque a menudo acude a desayunar en chanclas, con camiseta y bermudas, pero con la pistola al cinto. El otro es un poco más “normalito”.

Este último se me ha acercado esta mañana muy sonriente a pedirme un favor. Llevaba en la mano una Nintendo DS, uno de esos aparatos con el que juegan nuestros niños y adolescentes españoles. Pero él no quería mostrarme ninguna novedad en juegos de consola, ni que le ayudara “a pasar una pantalla”. El hombre utilizaba la maquinita para aprender francés… me ha preguntado, en inglés si yo conocía el idioma, pues tenía algunas dudas de pronunciación. Me he asomado a la pantalla y he visto un inmenso laberinto de caracteres orientales, entre los que, casi perdidas, aparecían algunas letras reconocibles. Y ahí nos hemos pasado una rato, intentando discernir las diferencias entre la pronunciación de la “k” y la “g” o la “f” y la “v”. Cuando hemos llegado a los matices entre las diferentes “a” del francés, le he tenido que explicar que es que yo soy español y tengo muy metido en la cabeza lo que me enseñaron en parvulitos, que las vocales son cinco: a, e, i o, u, y ninguna más…

El hombre me ha dado las gracias y se ha ido muy sonriente, pero yo no he podido evitar acordarme de otra cosa que me decían uno de mis maestros de pequeño: “Si un ciego guía a otro ciego…, ambos caerán al abismo”.

martes, 23 de noviembre de 2010

Sin internet


Hoy he estado casi todo el día sin conexión a internet.

El nerviosismo que me ha invadido me ha hecho plantearme algunas cosas y, sobre todo, recordar otros tiempos.

Internet no existía, (al menos fuera de universidades o laboratorios militares…), la primera vez que salí a trabajar en cooperación internacional al otro lado del Atlántico. Y no estoy hablando de la Edad de Piedra, sino del año 1990.

Entonces lo normal era escribir cartas. Largas cartas, de varios folios, en las que contábamos a parientes y amigos lo que nos había acontecido en el último mes. Esas cartas, que se metían dentro de un sobre al que había que añadir vistosos sellos, tardaban normalmente quince días en llegar a su destino; a no ser que consiguieras el privilegio de que te las “colaran” en la misteriosa “valija diplomática” de la embajada, gracias a lo cual tardaban “sólo” cuatro o cinco días…

En la casa dónde vivía, teníamos teléfono, pero, dado el coste de las llamadas internacionales, nos permitíamos sólo una llamada al mes, corta, para tranquilizar a nuestras familias y convencerles de que sí, que estábamos bien, muy lejos, pero bien.

Como algo súper avanzado en esos momentos, considerábamos al fax. Gracias a él, casi milagrosamente, una carta introducida en un artefacto chirriante aparecía, al instante, en la otra esquina del mundo. Para hacer eso, teníamos que ir a la oficina central de correos y esperar cola pacientemente. En aquel entonces en España solían tener un fax solamente algunas empresas, de modo que el receptor solía ser algún cuñado que debía luego hacer llegar esa “carta mágica” a los padres, que acogían ese documento con las manos temblorosas de emoción.

Hoy en día, hasta mis septuagenarios padres se conectan al Skype y escriben mails. En todo momento podemos volcar nuestros pensamientos más profundos o la primera tontería que se nos ocurra en nuestro blog o en el Facebook para compartirla con docenas de personas. Si ocurre cualquier contrariedad, sean terremotos, huracanes, episodios de guerrilla urbana o simples dolores de muelas, podemos contárselo casi al instante a nuestros familiares y amigos.

Pero, ¿qué ocurre si un día nos quedamos sin internet? ¿Nos ponemos de inmediato a buscar folios, sobres y sellos? No. Llamamos a todos los conocidos cercanos para preguntarles si a ellos también les pasa corremos a su casa con el portátil para “estar conectados”.

¿Está la Humanidad más conectada gracias a Internet? ¿O sabíamos más los unos de los otros cuando escribíamos cartas? ¿Dónde ha quedado la emoción de mirar todos los días el buzón a ver si llegó carta se ese ser tan querido?


domingo, 21 de noviembre de 2010

Un mes



Hoy hace un mes que llegué Haití. Supongo que debería ser capaz de hacer un pequeño balance de este periodo.

La verdad es que desde que estoy aquí el país ha aparecido bastante en los medios de comunicación de todo el mundo.

El mismo día que yo aterrizaba en Puerto Príncipe, saltaba la noticia de la aparición de casos de cólera en Haití. Al principio parecían circunscritos a una zona concreta, pero rápidamente la epidemia se ha extendido y actualmente todos los departamentos del país han registrado casos y, por desgracia, el número de fallecidos no deja de aumentar.

El origen de la enfermedad, desconocida en Haití desde hacía más de cien años, no está demasiado claro. Pero, desde los primeros días, un contingente de “cascos azules” nepalíes ha sido señalado como responsable. Sea o no cierto, el caso es que, en las últimas semanas, la MINUSTAH, la misión de Naciones Unidas destinada a “estabilizar” el país ha sido convertida en un factor de “desestabilización” y se ha visto involucrada en incidentes violentos que han ocasionado algunos muertos y heridos.

Por si fuera poco, a primeros de noviembre el huracán Tomas pasó sobre Haití. Sus fuertes vientos y lluvias torrenciales originaron graves pérdidas en la ya precaria agricultura haitiana y también, por desgracia, se llevó la vida de algunos ciudadanos.

Finalmente, todo este mes ha sido campaña electoral en Haití. El 28 de noviembre deben elegirse presidente de la república, diputados y senadores. Tras el terremoto del 12 de enero, todavía permanecen sin retirar la mayor parte de los escombros de los miles de edificios destruidos, vehículos convertidos en chatarra oxidada siguen en calles en carreteras, más de un millón de personas continúa viviendo en tiendas de campaña y otros refugios “provisionales”. Pero los dieciocho candidatos a la presidencia han conseguido millones de dólares para sus campañas electorales y las ciudades aparecen empapeladas de carteles con sus fotografías. No he conseguido captar ningún mensaje ni ninguna propuesta, más allá de “vótame a mí en lugar de a ese otro”. Como dato “curioso”, solo dos de esos candidatos, no tienen antecedentes penales o causas pendientes con la justicia.

¿Y qué hago yo en medio de todo esto? Buena pregunta. Me alegro de que me haga usted esa pregunta… Bueno, en primer lugar vivir. Afortunadamente no me he visto afectado personalmente por nada de todo lo anterior. Bueno, sí. Esta mañana, sobre las seis de la mañana me ha despertado un festejo electoral cercano, con la música a todo volumen…

Vine aquí a trabajar con una ONG de cooperación al desarrollo; pero los que me conocen ya saben que suelo aclarar que esto poco tiene que ver ni con ser misionero, ni con ser “Indiana Jones”… Se trata, simplemente, de apoyar a otras organizaciones, en este caso haitianas, conocedoras de la realidad y necesidades de la población de su país a conseguir fondos para que puedan llevar a cabo acciones concretas que palien la situación de pobreza y vulnerabilidad en la que viven miles de familias. En nuestro caso concreto, se trata de familias campesinas, aún más olvidadas si cabe por su gobierno y la mayoría de los organismos internacionales.

Pero la mayor parte del trabajo en sí es un trabajo de oficina: diseño de proyectos, reuniones con técnicos locales, revisión de informes y justificantes económicos,… Yo todavía no he tenido ocasión de salir al campo, en parte porque el huracán arruinó un poco más las ya arruinadas carreteras de este país. De modo que, hasta ahora llevo una vida tranquila y un poquito rutinaria. Vivo en un hotel, muy sencillo pero que me ofrece todo lo que necesito: habitación limpia, baño completo, desayunos y cenas, lavado de ropa e incluso acceso a internet. La mayor parte de los días voy del hotel a la oficina, caminando unos diez minutos, y de la oficina al hotel.

He conocido a la mayor parte de la colonia hispana en Jacmel, que no son mucho más de una docena, y a una parte del resto de los europeos. Con ellos he salido alguna vez a tomar una cerveza o a hacer alguna pequeña excursión a las playas cercanas. Sus personalidades son muy variadas, desde adictas al trabajo, hasta verdaderas “bon vivants”…

Las nuevas tecnologías (bueno, realmente ya no tan nuevas…), me permiten estar en contacto continuado con mi familia y con algunos amigos, y compartir algunas de las pequeñas cosas que me van ocurriendo.

¿He aprendido algo en este último mes? Quizá varias cosas, pero difíciles de explicar. A pesar de la imagen catastrófica que llega a España de este país, veo todos los días niños y niñas limpios y sonrientes camino de su escuela. Incluso viviendo al lado de los escombros de lo que fue su casa, mucha gente encuentra momentos para escuchar música alegre y cantar. ¿Se trata de irresponsabilidad o de confianza en un futuro mejor? ¿El futuro por fuerza ha de ser mejor porque el presente ya no puede ser peor?

Ha pasado un mes, pero todavía tengo muchas preguntas sin respuesta sobre Haití.


martes, 16 de noviembre de 2010

“Livres en liberté”


Ayer domingo por la tarde estuve en lo más parecido a una Feria del Libro que hay en Jacmel.
El evento se denominaba “Livres en liberté” y solo duraba un día. Se celebraba en el “Hotel Florita”, un edificio histórico y toda una institución en la ciudad, que ha sobrevivido dignamente al terremoto del 12 de enero, aunque con algunas cicatrices visibles.
Más que de una Feria del Libro se trataba de algo así como de una “caravana de escritores”, pues reunía a un gran número de autores haitianos, de todas las edades y estilos, que presentaban sus novedades, firmaban libros y, por supuesto, trataban de convencerte para que compraras sus obras.
Lo más sorprendente para mí fue la extraordinaria afluencia de público. Varios cientos de personas se agolpaban en un espacio relativamente pequeño, pero dedicado íntegramente a los distintos campos de la cultura haitiana. Se presentaban novelas y relatos, pero también libros históricos y técnicos.
Y resultaba esperanzador ver que la mayor parte de los asistentes eran jóvenes, chicos y chicas. Algunos quizá venían bajo “recomendación” de sus profesores, pero otros, sin duda, lo hacían por un sincero interés en aprovechar las escasas ocasiones en que un acontecimiento de este tipo tiene lugar aquí. Quizá por tal motivo era llamativo ver cómo muchos, sobre todo ellas, acudían muy elegantemente vestidos (en mi pueblo diríamos que “como para ir de boda”), como a una fiesta. Y la verdad es que una fiesta parecía. El ambiente era lúdico y cordial, nada formal, pero a la vez respetuoso. Se notaba que mucha gente había venido de fuera de Jacmel y aprovechaba para encontrarse con amigos y conocidos.
Entre los asistentes me llamó la atención un grupo que llevaba camisetas con la leyenda “Asociación de jóvenes haitianos optimistas”. No es fácil ser optimista en Haití. Parece que la realidad diaria se confabula contra esa actitud. Pero creo que entre las 18 candidaturas que se presentan a las próximas elecciones, no hubiera estado mal que también hubiera tenido su presencia ésta otra, la de los optimistas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La peluquería

Esta mañana he ido a la peluquería.

El clima caluroso y húmedo de Jacmel, así como el polvo que se levanta por sus calles no estaba favoreciendo mucho a mis largos cabellos…

Pregunté a otros españoles si conocían un peluquero “de confianza”. Me indicaron uno, pero fui y estaba cerrado. De modo que tomé la decisión de “experimentar” con el que encontrara abierto. Hallé finalmente uno que, además tenía bastante parroquia, así que pensé que no sería malo.

Tuve que esperar un ratito, pero así me dio tiempo de observar un poco el local y a la clientela. Además de peluquería, allí se vendía agua y refrescos, calculadoras y Superglue… Esto del Superglue es algo que me llama la atención. Es omnipresente; lo ofrecen por todas partes, tanto las tiendas como los vendedores ambulantes. En un país en el que está todo roto, no deja de tener cierta lógica…, pero, ¿será verdad eso de que el Superglue puedo arreglarlo todo? ¿Esa es la verdadera base del Plan de Reconstrucción Nacional?

Me tocó el turno. Ya me cuesta hacer entender a los peluqueros en España qué es lo que quiero, como para conseguirlo con un “coiffeur” haitiano… El problema viene, además de que la base de la peluquería de caballeros en Haití está en la maquinilla. Lo normal es elegir entre un corte “al cero” o “al uno”… Y, realmente, a la mayoría de los hombres aquí les queda muy bien, pero yo no estoy seguro de que como quedaría un servidor de esa guisa… De modo que lo primero que tuvo que hacer el peluquero fue buscar en un baulito un accesorio para su maquinilla para que el corte inicial de “descarga” fuera menos drástico. Luego, poco a poco, fuimos definiendo cuánto quería que me fuera recortando por cada lado. Mientras tanto, tuve tiempo de reconocer expresiones de curiosidad en el resto de la clientela… y de ver pasar una vaca por la puerta, paseando por la calle principal de Jacmel…

Cuando, finalmente, di por buena la tarea, el peluquero exhaló un suspiro, de entre cansancio y satisfacción. Le había costado algo más de lo habitual terminar la faena, pero el resultado no fue nada malo.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Los protegidos


El cólera, también conocido como “la enfermedad de las manos sucias”, se extiende poco a poco, inexorablemente por Haití. Se trata de una de las pocas “maldiciones” que había perdonado a este sufrido país en los últimos años. Pero, dadas las condiciones higiénicas en las que deben vivir la mayor parte de sus habitantes, lo extraño es que no haya aparecido antes.

El terremoto del 12 de enero, además de ocasionar cientos de miles de muertes, dejó sin hogar a más de un millón de personas, que, desde entonces, viven en campos de refugiados que, en muchas ocasiones, no disponen de los adecuados servicios de agua y saneamiento. Pero la situación ya llevaba muchos años deteriorándose. Hoy leía que en los años 80, durante la dictadura de los Duvalier, una persona podía ser detenida si tiraba un papel al suelo en las calles de Puerto Príncipe. Esta semana, la prensa publicaba que varios cerdos vagabundeaban en los alrededores del Palacio Nacional de ese mismo Puerto Príncipe. Como dicen en mi tierra. “ni tanto ni tan calvo”.

Pero, más allá de las causas inmediatas de la epidemia, o de las causas estructurales, la mayor preocupación ahora mismo es el tratamiento de los enfermos y la concienciación a la población para evitar que la enfermedad se extienda aún más, de manera explosiva. La verdad es que es difícil. Las campañas iniciales de “Lávese las manos” se encontraron con que muchas personas solo pueden lavarse en aguas no muy limpias… Luego se continúo con “Lávese con agua y jabón”, pero claro, el jabón cuesta dinero y muchas familias lo tienen muy justito… Así, países solidarios y ONGs comenzaron a repartir jabón… Pero el jabón se acaba, se gasta… Y nadie parece decidirse a tratar de atajar el problema desde su base: acceso al agua potable, redes de saneamiento, recogida y tratamiento de basuras…

Es curioso, pero, por lo poco que sé, ninguno de estos temas aparece en los programas de los candidatos a las próximas elecciones del 28 de noviembre. Supongo que ellos deben considerar que no es TAN importante… Tal vez se sienten “protegidos” de todo mal…

Ese sentimiento de “protección” me contaban ayer que proviene del vudú, la religión oficial de la mayoría de los haitianos. Si cumples determinados ritos, estarás “protegido”, no importa lo que hagas. Así, de alguna manera, muchos sienten que “a mí no me contagiará el cólera”, aunque coma y beba cualquier cosa o tenga un montón de basura a la puerta de mi casa. Me decían que lo mismo ocurría cuando se hacían campañas contra el SIDA, “para qué tomar precauciones si yo ya estoy protegido”. Algunos incluso parece que consideran que “nacen protegidos”, si su madre, tras la concepción, cumple un determinado ritual.

Desde luego, viendo como conducen algunos, me creo que se consideren “protegidos”… En Jacmel debe de haber unas 5.000 motocicletas, y creo que he visto, hasta ahora sólo dos cascos…

Desde España, puede parecer un comportamiento irracional; pero no hace tantos años que soldados españoles portaban un “detente bala” bendecido en el pecho que les protegería de todo mal… Y, en la actualidad, se nos pretende convencer de que contratemos todo tipo de seguros para estar “protegidos”…


jueves, 11 de noviembre de 2010

En el banco


Ayer estuve en el banco. Uno pensaría que dado que Haití es, como tantas veces se recuerda, el país más pobre de América, no habrá mucha gente con una cuenta bancaria.

Pues sigo sin saber el porcentaje de haitianos que tienen dinero en el banco, pero, desde luego, a juzgar por la cantidad de personas que formaban una ordenada y apretada fila al sol a la puerta del banco, no deben ser pocos.

Me sigue pareciendo mentira que una oficina tan pequeña pudiera atender a tanta gente. Además con tan poco personal, porque, como me explicaron, muchos de los antiguos empleados “se han fugado”..., pero no con el dinero, sino a trabajar de administradores o de contables a las ONGs internacionales, que pagan mejor.

Me llamaron la atención algunas cosas. Como, por ejemplo, que tenía que dar mis datos personales para hace un trámite, y me pidieron el nombre completo de mi madre, pero no les interesaba para nada el de mi padre. Ya me había explicado alguien que aquí en Haití tienen muy claro que hijos de nuestra madre somos, pero lo del padre…

Por otro lado, me pidieron dos referencias de personas que pudieran responder de mí, lo que, con el poco tiempo que llevo en el país, tuve que pensar un poco. Finalmente, me pidieron el nombre de mi esposa, y su fecha de nacimiento… ¿Pensarán felicitarla para su cumpleaños?

Pasé bastante tiempo en el banco. Mucho más de lo que pensaba. Pero, pese al paso de las horas, no dejó de sorprenderme la tranquilidad que reinaba, tanto entre los clientes, como entre los empleados. Quizá debamos los europeos aprender algunas cosas de los haitianos relativas a la paciencia y al control del stress. Se me dirá que quizá ellos tendrían que aprender algo sobre eficiencia y productividad. Pero, a ese respecto, debo señalar que, cuando llegó la hora del cierre, se hizo pasar a todos los que todavía esperaban fuera. Nadie se quedaría sin atender ese día. Lo que me parece una muestra de un respeto también quizá un poco olvidado en Europa.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La prima

Ayer hablaba de la simpatía de los niños con los que me encuentro. Hoy tengo que hablar de otro tipo de “simpáticos”.

La escena de hoy ya me había ocurrido antes, con ligeras variaciones. Salí a hacer unos recados al centro de Jacmel. A la vuelta se puso a llover con violencia tropical y me refugié en un porche para esperar a que escampar. Al poco rato, entro un tipo a protegerse de la lluvia también en el mismo porche. Sonriente, bien vestido. Enseguida comenzamos a hablar. Me preguntó de dónde era y en qué trabajaba. Me contó que había estudiado Derecho, pero que la vida es dura en Haití y que no encontraba empleo. Al instante, lo obvio; “no

podría usted encontrarme un trabajo”. Tuve que explicar lo que no siempre resulta fácil de hacer comprender. En mi trabajo aquí jamás me encargo de contratar a nadie. Son nuestros socios o “contrapartes” locales los responsables de hacer eso, de acuerdo con los objetivos del proyecto de que se trate.

Hasta ahí, “lo normal”. Lo que ya no me pareció tan normal, aunque debe de serlo, por la tranquilidad con que lo dijo, es que, tras un momento de reflexión, me preguntara: “¿Y no quiere usted tener una amante en Haití? Porque tengo yo una prima…”

El turismo sexual no es nuevo en Haití. Películas como “Vers le Sud” reflejan como en los años 80, durante la dictadura de los Duvalier, se convirtió en uno de los “negocios” nacionales.

Indudablemente la vida es dura en Haití. Queda mucho por hacer, mucho por reconstruir. Muchas organizaciones, muchas personas, estamos aquí para colaborar, aunque sólo sea un poco, a que el pueblo haitiano sea de nuevo dueño de su destino, como decidió serlo en 1804. Entonces decidieron liberarse de la esclavitud de una potencia colonial. Ahora, posiblemente, deban liberarse también de otras esclavitudes, de otros sometimientos.


martes, 9 de noviembre de 2010

El Conguito blanco


Que levante la mano quien no haya vivido esta escena: nos encontramos a un niño negro pequeñito por nuestra ciudad y nuestra mano no puede resistir la tentación de acariciar su pelo crespo, de pasar nuestros dedos por sus rizos, a la vez que decimos “Mira que majo, si parece un Conguito”.

Pues hoy yo me he sentido como un Conguito. No sé si hay Conguitos blancos. Seguro que mi viejo amigo Miguel Ángel podría decírmelo… Según Internet parece que sí. Pero, en cualquier caso, yo, esta tarde me he sentido un Conguito blanco. Había salido a hacer unos recados cuando, por tres veces, me he cruzado con niños pequeños, de la mano de sus madres, que, al cruzarse conmigo, se ha reído y me han acariciado, han tomado mi mano, la han hecho chocar, mirando hacia arriba y diciéndole a sus madres algo que no pude entender, pero que debía de ser el equivalente a “Mira, que majo, un blanco”

¿El mundo al revés? Con los años me voy dando cuenta de que el mundo no tiene ni derecho ni revés, pero sí muchas caras. Cuando vivía en Gran Bretaña, llegué a la conclusión de que esa isla era como mundo de Alicia, “el otro lado del espejo”: los coches van por la izquierda, desayunan lo que nosotros comeríamos, las tiendas cierran cuando abrirían en España… Estoy empezando a pensar que Haití puede ser otra cara del mundo: el negativo de la película. Aquí el negro soy yo, pero en negativo; por eso, lo que algunos me gritan por la calle es “¡Eh, tú, blanco!”

Aquí lo negro manda, lo negro gobierna, lo negro se impone. Pero es que Haití no es cualquier cosa. Cuando todas las colonias americanas de España todavía se estaban planteando si levantarse o no contra el Rey, un ejército de ex esclavos negros ya había vencido a las tropas de Napoleón, comandadas nada menos que por su cuñado el general Leclerc. La mismísima Paulina Bonaparte, la hermana del Emperador, que acompañaba a su marido para tomar posesión de “la perla del Caribe”, terminó refugiada en la isla Tortuga antes de poder volver a Francia con una mano delante y otra detrás.

Dicen que para eso este país hizo un pacto con el Diablo, pero, ¿quién no lo habría hecho para conseguir salir de la esclavitud? ¿Qué es el diablo sino algo así como “el negativo” de Dios? ¿No es necesario el negativo para que crear el positivo?

Quizá, como narra Alejo Carpentier, en Haití no quisieron tanto dedicarse a soñar con el Reino de los Cielos, como a luchar por conseguir “el Reino de este mundo”.

No es extraño que aquí pueda haber Conguitos blancos

domingo, 7 de noviembre de 2010

Primer contacto con la televisión haitiana.


En la habitación del hotel donde resido actualmente en Jacmel hay un televisor, pero, hasta ahora no había funcionado. Se ve que aprovechando el paso del huracán Tomas, han decidido repararlo.

Hoy ha sido pues mi primera ocasión de tomar contacto con la televisión haitiana. He encontrado tres canales.

Uno es el canal internacional francés TV5, que está emitiendo una especie de “Galas del Sábado” (y nunca mejor dicho lo de “galas”…)

Los otros dos son canales locales de Jacmel. En el 5 hay una especie de película rodada con video casero en creole sobre una pareja de emigrantes en Estados Unidos, con una música de fondo triste y deprimente.

El canal 4, sin embargo, emite constantemente videos musicales de aires caribeños, pero acompañados de las imágenes de unas jóvenes locales que nuestras abuelas no dudarían en calificar de “sicalípticas”, cuyos movimientos y actitudes cabría denominar de cualquier forma menos de “honestos y recatados…” Y no estoy viendo la tele de madrugada, sino a las nueve y media de la noche.

Lo más curioso de todo es que, en ambos canales locales, no cesan de salir mensajes al pie de la pantalla ofreciendo puestos de trabajo en proyectos de cooperación.

Pero claro, ponerse a tomar nota de las ofertas de empleo entre las lágrimas del canal 5 o los contoneos del 4 no sé si resulta lo más fácil.

En España no veía mucho la tele, pero tampoco creo que la vaya a ver mucho en Haití.


sábado, 6 de noviembre de 2010

Mañanita de sábado


Dicen que tras la tempestad, viene la calma. Y eso parecía, en efecto, que sucedía hoy en Jacmel. El día aparecía soleado, con pocas nubes y una suave brisa.

Me levanté temprano y salí a la calle recién duchado siguiendo un espejismo: me habían dicho que una panadería, al otro extremo de la ciudad, hacía, a veces croissants. Y yo hoy tenía capricho de croissants.

Caminar hoy por Jacmel era un solo un poco más difícil de lo habitual. Algo más de agua en los charcos, más barro, por supuesto, algo de tierra en la calle principal arrastrada desde las calles secundarias… Y eso, sí, la basura un poco más repartida…

Pero el ambiente, tras tanta lluvia, parecía como limpio y recién estrenado, con las hojas de los árboles de un verde brillante.

Tras cruzar toda la ciudad no logré encontrar esa soñada panadería. Cuando volvía, un tanto frustrado, uno de los blancos todoterrenos de Naciones Unidas me salpicó entero al pasar sobre un charco a mi lado. Poco después, un camión de la compañía eléctrica, que, por alguna razón, tenía la salida de su inmenso tubo de escape a un metro setenta del suelo, me echó to el humo a la cara; quizá ofreciéndose como secador.

Volvía yo pensando, irónicamente, en ese refrán de “a quien madruga, Dios le ayuda”, cuando un anciano canoso, sentado a la puerta de su casa, me saludó sonriente: “Bonjour” y me iluminó el día. Me acordé entonces de aquel otro viejo estribillo de mi infancia: “¿de qué color es la piel de Dios?”


viernes, 5 de noviembre de 2010

Tomas


El huracán Tomas parece que acaba de terminar su “visita” a Jacmel.

Para los que vivimos en lo que llaman una “casa dura” la preocupación no ha ido más allá de cerrar bien puertas y ventanas, no salir fuera y esperar a que todo termine.

Pero para los cientos de familias que llevan meses viviendo en tiendas de campañas, la noche ha debido de ser muy larga. Algunos de ellos fueron evacuados a los escasos refugios seguros disponibles; pero la mayoría ha debido, como indicaron las autoridades, “organizarse”, es decir, recurrir, una vez más, a la solidaridad de sus parientes, amigos y vecinos para tratar de pasar este trance “lo menos mal posible”.

Uno de los campos más grandes de Jacmel, el situado en el instituto Pinchinat, se informa que ha sufrido graves daños, pero que sus “inquilinos” habían sido previamente evacuados. Claro que ahora habrá que buscarles otro nuevo alojamiento, en esta historia de nunca acabar que parece la reconstrucción de Haití.

Sin embargo, cuando nos hemos acercado a comprobar cómo había afectado la tormenta a nuestro “vecinos” del campo de refugiados cercano, me ha sorprendido ver a los niños sonriendo y jugando.

Supongo que ese es el espíritu irreductible de los haitianos.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Jacmel is different



Nuestros vecinos de la Cruz Roja canadiense se pasan el día lavando su docena de todoterrenos, cuando doscientos metros más abajo existe un campo de refugiados viviendo en tierras sin acceso a agua corriente.

En la tienda de móviles más chic de Jacmel, los empleados calculan los cambios a devolver de tu compra utilizando sus nuevas y flamantes Blackberry.

Los limpiabotas de la ciudad no te abrillantan los zapatos puestos; te ofrecen una sillita, te los quitas y te ofrecen unas chanclas mientras tanto.

Las alcantarillas de Jacmel no tienen tapas. Deben estar siendo utilizadas para otros menesteres. Lo cual, en una ciudad tan poco iluminada como ésta, añade “una cierta emoción” a los paseos nocturnos…

Compartir una sola mototaxi entre dos pasajeros, se considera normal y aceptable. Solo es necesario pagar el doble, claro. También se puede utilizar una mototaxi para llevar arrastrando carretillas o hierros de construcción que hacen saltar chispas de las sufridas calles de Jacmel.

Bien temprano de madrugada unas mujeres recorren las calles anunciado “pan caliente” a domicilio.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Con el Presidente de Haití


Hoy he asistido a una reunión en Jacmel convocada por el presidente de la república de Haití. Se convocaba a todas las organizaciones, nacionales e internacionales relacionadas con protección civil y prevención de riesgos y desastres.

El evento tenía lugar en el hotel más chic de la ciudad. Tan chic que el joven mototaxista al que le pedí que me llevara no lo conocía. Por cierto, el muchacho hablaba español porque había trabajado de jornalero en República Dominica. Se excusó conmigo porque había aprendido el idioma en el campo y “no hablaba fino”.

Al llegar al hotel era notoria, como es lógico, la presencia de fuerzas de seguridad. También, como es habitual, potentes todoterrenos abarrotaban el aparcamiento. Yo me bajé, lo más discretamente que pude, del ciclomotor que me traía.

Llevando como llevo apenas diez días en Jacmel, no conocía a nadie, ni nadie me conocía a mí. Lo que ocurre es que Egido, mi veterana compañera, está de viaje de trabajo en República Dominicana y me tocó a mí asistir a la reunión. Pero aquí no me ocurrió como ayer en el cementerio. Un europeo, aunque no vaya vestido de etiqueta, sino con un polo y zapatillas, siempre es bienvenido en estos actos, porque representa a “un financiador”, es decir, al dinero.

La reunión se anunciaba en la invitación como “a partir de las 10.30”, y eso ya me mosqueó un poco. Llegué a acostumbrarme al concepto de “hora boliviana”, que significaba que los bolivianos siempre vivían un meridiano más allá que los demás, y por eso acudían siempre una hora tarde… En Haití, la hora es un concepto más bien de “realismo fantástico”. El presidente y su numeroso séquito apareció a eso de las doce y nadie se extrañó y nadie se excusó tampoco.

A favor del presidente de la república debo decir que tuvo un detalle que no he visto muchas veces. Nada más entrar se dirigió a saludar y a estrechar la mano de todos y cada uno de los presentes, los conociera o no los conociera, como era, evidentemente, mi caso.

Al tenerlo a mi lado me pareció más bien un modesto jubilado, pequeño, pacífico, suave de formas, un puntito decrépito. Pero, como todo en Haití, creo que esa sensación mía era más bien engañosa. En cuanto cogió el micrófono se transfiguró en político. El objetivo de la reunión era poner de relieve la eficiencia y la coordinación de los servicios de protección civil haitianos, incluso teniendo en cuenta que, en la mayor parte de los casos, dependen del apoyo de los medios materiales puestos a su disposición por organismos internacionales y ONGs. Todo esto quedó bien recalcado de cara a la numerosa prensa asistente al acto. Mientras, los representantes internacionales callaron y un miembro de otra ONG me dirigió un discreto gesto de escepticismo.

Y es que no puede olvidarse que pese al cólera, pese a tantas tareas de reconstrucción aún sin comenzar en el país, Haití está inmerso en una larga campaña electoral que debería culminar en las elecciones del próximo 28 de noviembre.

Sea quien sea quien gane, espero que pueda, por fin, ofrecer un futuro mejor al pueblo haitiano.


lunes, 1 de noviembre de 2010

La Toussaint y los Guedés

Hoy se celebra en todo los países cristianos la fiesta de Todos los Santos.

Haití, oficialmente es un país católico, y, a pesar de haber renegado en muchos aspectos de su ex metrópoli colonial, Francia, heredó de ésta la tradición de celebrar “la Toussaint”.

Claro que todo en Haití es un poco peculiar. ¿En qué se nota que hoy es fiesta? Pues pudo resumirlo en que hoy la música, por todos lados, tiene mucho más ritmo, mucho más aire africano. Debe ser lo que llaman los "guedés", unas ceremonias con alguna apariencia cristiana, pero con un trasfondo bastante más cercano a la otra religión principal del país, el vudú.

Quería ver cómo se expresa todo eso y, con curiosidad, pero, sobre todo, con respeto, me he acercado al cementerio de Jacmel.

Desde fuera, (tiene una tapia muy bajita) no se veía mucho ambiente, pero en la puerta mismo había bastante gente.

He entrado intentando pasar desapercibido, pero, obviamente, no era fácil.

A unos pocos metros de la puerta había un grupo de gente reunida en torno a una de las sepulturas.

Habían colocado en el centro una rústica cruz de madera pintada de negro, con velas sobre ella.

Según he leído, es un típico signo de ceremonia vudú.

Enseguida tres o cuatro muchachos se me han acercado y me han dicho simplemente "NO", y he decidido irme de ahí, tranquilamente, sin decir nada.

La religiosidad de un pueblo suele encajar mal con la curiosidad de otros. Imagino que si un grupo de Hare Krishnas pretendiera colarse en el Rocío o en la procesión del Corpus de Toledo, en España tampoco serían bienvenidos...


domingo, 31 de octubre de 2010

Acostumbrarse


Poco a poco, sigo conociendo Jacmel, sigo conociendo algo más de Haití.
Ayer, otro español que lleva algo más de tiempo aquí, me preguntaba si ya me había acostumbrado a la vida en Haití. Yo le contesté que si es que uno se acostumbra. Él se quedó un momento pensativo y me dijo que, realmente, era una buena pregunta.
¿Y a qué hay que acostumbrarse? ¿A no tener algunas de las comodidades a las que estamos acostumbrados en Europa? Eso tal vez nos ayude incluso a valorar más algunas cosas que nos pasan desapercibidas, y a las que no damos importancia. Tener agua potable y recogida de basuras; poder acceder a una sanidad gratuita para todos; disponer de una red de carreteras transitable durante todo el año… ¿Alguien se felicita por tener eso en España?
¿Alguien se plantea realmente que los haitianos tendrían también derecho a todo eso? La verdad es que no estoy muy seguro de que ni ellos mismos se lo planteen. Haití está en campaña electoral. El próximo 28 de noviembre debe elegirse presidente de la república, así como diputados, senadores y alcaldes. Jacmel está lleno de carteles de los diferentes candidatos; pero sus mensajes no van mucho más allá de “Vótame a mí en lugar de a ese otro”.
Mientras tanto, o a pesar de eso, la vida sigue. Hoy he salido a recorrer el centro histórico y he coincidido, en un momento dado, con la salida de misa de una de las iglesias. Todo el mundo, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, salía vestido de punta en blanco. Como suele decirse “parecía que iban todos de boda”. Las iglesias, los edificios, las infraestructuras, están dañadas. La esperanza de muchos haitianos también. Pero esta gente, como esta ciudad, se resiste a desaparecer.
Superado el primer impacto, intento que mis ojos comiencen a vislumbrar todo lo que hay detrás, más allá de los escombros, las ruinas y los montones de basura. Imaginar cómo sería la plaza principal de Jacmel, presidida por el lema “Liberté, Egalité, Fratenité”, antes de estar ocupada por las tiendas de los refugiados… No se trata de no querer ver las muestras de ruina y abandono que, casi diez meses después del terremoto todavía están presentes. No quiero dejar de ver a los miles de personas que viven aquí todavía en “refugios provisionales” (simples tiendas de campaña). Pero quiero entrever, en el pasado que adivino, el futuro posible.
Es cierto que algún niño se me ha acercado y me ha pedido “un gourde” (la moneda local), pero no es lo habitual. Cuando iba a venir para acá, bromeaba con que en Haití iba a ser “el blanco perfecto”, pero no así. Hoy se me ha acercado un muchacho, de unos quince años, muy amable y, tras presentarse, me ha acompañado un rato en mi camino. ¿Qué quería? Quería practicar un poco su inglés. Me ha preguntado, entre otras cosas, dónde aprendí yo el inglés. Le he dicho que en la escuela. Él, sin embargo, está pagando una academia privada para aprenderlo. ¿Valoran nuestros jóvenes de quince años las oportunidades que les ofrece el instituto? ¿Valoran sus padres que la enseñanza sea gratuita?
¿Me acostumbraré a vivir en Haití? ¿Hacemos bien a “acostumbrarnos” a vivir en España?