Quizás los habitantes de la Europa del siglo XXI, nos veamos ahora como los portadores de un mensaje de esperanza, de la Buena Nueva de que es posible una comunidad de países en paz, sin fronteras. Y, en consecuencia, nos sentimos impelidos a viajar por todo el mundo como misioneros de esa nueva Fe.
Así, con esa aura como única protección, recorremos todos los rincones del planeta, con nuestro pasaporte color granate, nuestras cámaras digitales y nuestra ropa de marca. Hacemos fotos a diestro y siniestro, sin consultar a los nativos si les importa o no. Recorremos zocos y bazares en pantalones cortos y camiseta de tirantes, preguntándonos por qué esas mujeres tan tapadas, pobrecitas, nos miran raro.
Al fin y al cabo, pensamos desde la piscina del hotel, los euros que nos gastamos en cubalibres, están colaborando al desarrollo económico y social de esos países. Cada vez que viajamos con nuestro 4x4 alquilado a recorrer ruinas, montañas y reservas de vida salvaje, acercamos un pasito más a la democracia, a la igualdad y a la sociedad del bienestar a esos pobres ciudadanos sometidos, todavía a dictaduras militares o religiosas.
Por otro lado, ¿qué habríamos sentido en un pueblo de la España de principios del siglo XX, azotado por el polvo y por el sol, con los mosquitos de la malaria rondando por la laguna donde llevamos a abrevar a nuestra mula, si nos cruzamos con un chino vestido con un quimono de seda de vistosos colores?.












