martes, 1 de noviembre de 2011

Navegación a La Brasilienne


Quedamos a las 6.45. A esa hora solo estoy yo. Los demás llegan a las 7.30. Está claro que esto de los horarios, los blancos se “haitianizan” rápidamente. En un rápido recuento de las provisiones disponibles comprobamos que solo otra pareja y yo hemos caído en traer agua. Se decide enviar una expedición para ir a comprarla. Vuelven media hora más tarde con una docena de botellas de agua y tres docenas de cervezas.
A las 8.15 emprendemos por fin la navegación. Casi hora y media costeando en dirección oeste para llegar a la playa de la Brasilienne. El lugar no es nada del otro mundo y está lleno de pescadores locales y niños jugando. Decidimos emprender otra expedición para buscar un lugar más discreto; pero esta vez tenemos que caminar cargados con la nevera de las cervezas.
Finalmente encontramos un lugar más o menos aceptable, incluso con un pequeño toldo hecho con hojas de palmera para protegernos del ardiente sol. Son poco más de las diez de la mañana, pero comenzamos a emprenderla con los bocadillos y las cervezas.
Pasamos una jornada de pereza total, con tímidas excursiones al agua, atravesando la arena que quema con furia volcánica. Comienzan a aparecer algunos niños que sonríen, entre curiosos y estupefactos ante la imagen de un grupo de blancos tumbados a la sombra y acumulando, cuidadosamente, a un ladito, botellas vacías de cerveza.
Al inicio de la tarde nos rodea un grupo formado por la mayor parte de la población de la zona entre 5 y 75 años. Conversamos en una mezcla de francés, inglés, español y creole, digna de la torre de Babel. Sin duda nuestra locuacidad y don de lenguas se incrementa de manera inversamente proporcional a la cantidad que queda de cerveza.
Sobre las 15 horas decidimos abandonar La Brasilienne. Nuestro embarque no resulta demasiado airoso. La mar ya comienza a estar movida y subimos a la barca casi totalmente empapados. Para quitarnos el susto, decidimos acabar con las cervezas.
El capitán de la embarcación decide hacer la ruta de regreso casi pegado a los acantilados. Pasamos algunos momentos de tensión cuando decide demostrarnos que es capaz de hacer pasar la barca entre un peñasco de diez metros de alto y un arrecife que asoma ligeramente dos metros a la derecha. Una enseñanza del día: con el patrón del barco que ha de traerte de regreso con mar picada, no es conveniente compartir las cervezas.