viernes, 30 de septiembre de 2011

Trámites y castidad


Ayer fui a Puerto Príncipe para solicitar el permiso de residencia a la Dirección General de Inmigración. Suponía la culminación de un proceso plagado de requisitos, algunos de cuyos aspectos, sanitarios y bancarios ya he comentado con anterioridad.
Madrugamos mucho, y, esperando que el Señor nos ayudara, como reza el dicho, nos presentamos en el edificio oficial casi antes de que abrieran.
La primera sorpresa nos la dio el policía de la entrada que, muy serio, se dirigió a mis dos compañeras y le dijo que así no podían entrar en un edificio oficial. “Así” era, la una con una camiseta de tirantes y la otra con un vestido también de tirantes, con un cierto escote, eso hay que reconocerlo.
La verdad es que, por un momento, nos miramos y pensamos al unísono que nos habíamos metido en algún agujero espacio-temporal y estábamos, o bien en Teherán, o bien en Zaragoza en los años 40… Pero nunca pensábamos que esto podría ocurrirnos en una capital caribeña…
El asunto es que ellas, para salir del paso, solo disponían de un chal; uno solo. De manera que primero tuvo que entrar una de ellas conmigo, para conocer el camino, y luego salir y “prestarle el chal” a la otra, mientras yo esperaba en el interior…
Una vez en la oficina correspondiente, el funcionario que nos recibió nos explicó, muy serio también, al igual que ellos nos reciben de uniforme, esperan que el público acuda “dignamente vestido”… La verdad es que yo ya empezaba a no tener claro si íbamos a solicitar un permiso de residencia o a ver a la Virgen del Pilar…
Y en cuanto al uniforme del servicio de Inmigración… Una especie de guayabera blanca con galones y botones dorados que no sabía si me recordaba más a las fotos de mi abuelo de camarero o a la tripulación de “Vacaciones en el mar”…
El caso es que no puedo quejarme del trato recibido (al menos yo, que no tuve que ponerme ni siquiera que ponerme un turbante…). La verdad es que fueron en todo momento muy amables con nosotros. A su ritmo, eso sí, pero amables. La verdad es que, al contrario de otras oficinas de Inmigración que he conocido, se respiraba amabilidad por todas partes. A veces incluso, demasiado “cariño”…
En la primera oficina, en la que rellenamos los formularios, todo el mundo, cuando entraba, se saludaba y se besaba castamente. Tal vez porque aquí las funcionarias eran ya todas “de una cierta edad”… Pero en la que fuimos a pagar… Eso parecía Babilonia… En ella trabajaba un grupo mixto de funcionarios y funcionarias entre los veinte y los treinta años, que no tenían ningún reparo en mostrar al público asistente lo “amigos” que eran todos entre sí y lo “bien que se llevaban”… Manitas, jueguecitos, arrumacos, ¡uy! que estrecha es esta puerta para los dos… Al menos, hay que reconocer que, tanto ellos como ellas, iban “dignamente vestidos”.
Bueno, el asunto es que culminamos los trámites de la solicitud; pero, como nada es tan fácil en Haití, tendremos que volver ¡dentro de un mes! a recogerlo.