lunes, 28 de marzo de 2011

Playa de la Baguette


Esta mañana he ido de excursión a la playa de la Baguette. Se trata de una especie de cala, dentro de la bahía de Jacmel, a la que sólo se puede acceder en barca.

Había quedado temprano, pero como de costumbre, una serie de circunstancias han hecho que saliéramos casi una hora más tarde de lo previsto. Solo que esta vez no ha sido algo achacable a “la horita haitiana”, sino a que algunas de las europeas dedicadas también a la cooperación internacional tienen una vida social muy intensa, quizás incompatible con madrugar un domingo.

El lugar de cita era la playa de La Saline, donde gracias al buen hacer y a las enseñanzas de mi “vecino” canadiense, todo estaba ya listo, chalecos salvavidas incluidos, pues nunca se sabe.

De hecho, durante los cinco primeros minutos de travesía, yo no dejaba de plantearme si habría sido una buena idea la de la excursión… Yo no soy “hombre de mar”, sino más bien “de secano”, de manera que ver a nuestra pequeña barca enfrentarse a olas de un par de metros me parecía algo totalmente innecesario para una mañana de domingo… Afortunadamente, enseguida la travesía de tornó más calma y en poco menos de media hora llegamos a nuestro destino.

La playa de la Baguette no es muy grande, pero resulta ser considerablemente más tranquila que otras cercanas a Jacmel. En los alrededores vive una comunidad de pescadores, cuyo presidente se ofreció a mostrarnos los atractivos de la zona. Nos dio a elegir entre caminar hasta una pequeña cascada o subir a conocer las ruinas de un par de antiguos fuertes de la época colonial. Elegimos la primera opción, pues consideramos que el esfuerzo nos proporcionaría una recompensa mejor.

Y, en efecto, tras una media hora de caminata, llegamos a una zona bastante frondosa donde encontramos una serie de pequeñas cascadas y pozas aptas para el baño.

Al regreso nos ofrecieron, (a cambio de una contraprestación económica, por supuesto), un almuerzo local, a base de langostas recién pescadas y coco. Aunque habíamos llevado algunas provisiones más exóticas (para la zona) como jamón serrano y tortilla de patatas, aceptamos encantados el ofrecimiento, de manera que finalmente disfrutamos de una comida hispano-haitiana muy completa.

A la sombra de los cocoteros y con la temperatura suavizada por la brisa marina, la sobremesa fue bastante placentera. Pero había que volver. Nos habían avisado de que a partir de las cuatro de la tarde el mar suele ponerse más “bravo”, de manera que teníamos que salir antes.

Al regreso, lo que más claro tuvimos todos los participantes en la excursión era que ésto era algo que había que repetir.