jueves, 10 de marzo de 2011

Volví de Bainet


Ayer volví a Bainet. Y, lo que es más importante todavía, ayer volví “de” Bainet.

La verdad es que organizar viajes en Haití parece muy complicado. Siempre surgen cosas inesperadas; imponderables.

Habíamos quedado a las seis de la mañana y, sorprendentemente, el chófer pasó a buscarme a las seis y cinco. Pero…, siempre hay un pero, antes de salir había que pasar por la oficina a cargar unas herramientas y recoger a un electricista que viajaría a la zona con nosotros.

Tras más de media hora, una vez cargadas las herramientas resultó que el electricista no iba a pasar por la oficina, sino que había que ir a buscarle a su casa. “¿Me importaba?” “No, por favor. Pero, ¿dónde vive?” Resultó que vivía dos pueblos más allá, a unos veinticinco kilómetros, en dirección contraria a la que debíamos tomar… Y para tratar de compensar el retraso, el chófer decidió sacarle todo el partido posible al vehículo… Nunca pensé que se pudieran alcanzar los ciento veinte kilómetros por hora en una carretera haitiana… En un momento dado, decidí plantearle al esforzado conductor que me parecía preferible ir con retraso que terminar teniendo un problema…

Mi observación pareció tranquilizarle… Al menos hasta el momento de emprender el camino de regreso.

Habíamos pasado una agradable jornada de campo que terminó con una sobremesa de lluvia. Realmente, la lluvia que marcó el inicio de la temporada húmeda, que tanto estaban esperando los campos y los agricultores.

Tuvimos que esperar a que el electricista terminara su trabajo para devolverle a su casa, por lo que se nos hizo un poco tarde. Pero, una vez más, el chófer decidió que podía compensar el retraso… De manera que emprendió la procelosa travesía por pistas de montaña que nos tenía que devolver a Jacmel a una velocidad pasmosa. Como apoyo psicológico, puso un disco de canciones evangélicas en creole… quizás con la doble intención de pedirle protección a su Dios… y de que los pecadores nos fuéramos arrepintiendo de todas las faltas cometidas… Además, mi chófer resultó ser una persona muy solicitada, y, en un momento dado, yo perdí la cuenta… porque, entre la mano que utilizaba para llevar el ritmo de la canción, la que utilizaba para contestar al teléfono y la que dedicaba constantemente a tocar la bocina… no me queda claro con cuál conducía…

Así, entre música religiosa, sinfonía de bocinazos y los acordes continuos del móvil, pese a todo, llegamos a Jacmel.

No besé al suelo al bajar del coche, solo porque estoy muy mayor ya para agacharme.