sábado, 26 de marzo de 2011

Un hombre feliz


Esta mañana, durante el desayuno, he tenido una charla con un hombre feliz.

Somos vecinos de habitación desde hace cinco meses. Desayunamos casi siempre el uno frente al otro. Hemos hablado muchas veces, pero casi siempre de temas banales. Sin embargo, hoy, por alguna razón, creo que le he visto por primera vez.

Trabaja también en cooperación, en temas de pesca, y ha empezado contando su último viaje en barco. Ha descrito cómo las marsopas acompañaron su barca la mayor parte del camino y el momento sublime en el que coincide una puesta de sol con la llegada al puerto, donde decenas de personas esperan a los pescadores y al fruto de su trabajo.

Pero, sobre todo, se le veía emocionado al compartir conmigo cómo un viejo pescador le contaba que su único deseo era “morir en la mar”.

Hemos hablado de cómo no somos capaces de ver la mayor parte de las cosas que nos rodean. Por un lado, porque, cada vez más, vemos el mundo a través de pantallas., Por otro lado, porque en muchos trabajos, incluida la cooperación internacional, nos movemos presionados por la consecución de “resultados”. Centrados en el “avance” y el “progreso”; sin tiempo para fijarnos en el entorno, en los antecedentes, pero sobre todo, en las personas con las que trabajamos. Y no sólo en las personas como “socios” o “beneficiarios”, sino en personas con historias, con sentimientos, con corazón. Finalmente, también somos muchos los que no acabamos de “tener las dos piernas aquí”, y terminamos teniendo nuestra mente a ratos en Haití y a ratos en otro lugar…

Él me decía que su único objetivo en la Vida es poder ver “el corazón del ser humano”. Pero para eso hay que aprender, no solo a ver, sino a utilizar los cinco sentidos, a poner nuestro propio corazón en el trabajo, a exponerlo sin miedo. Solo así veremos realmente, aprenderemos, compartiremos y alcanzaremos la auténtica “fraternidad” que, me decía, es, para él, la palabra más bella del diccionario.

Le he felicitado, pues creo que él es un hombre feliz. Sobre todo, porque ha aprendido a serlo.