viernes, 5 de noviembre de 2010

Tomas


El huracán Tomas parece que acaba de terminar su “visita” a Jacmel.

Para los que vivimos en lo que llaman una “casa dura” la preocupación no ha ido más allá de cerrar bien puertas y ventanas, no salir fuera y esperar a que todo termine.

Pero para los cientos de familias que llevan meses viviendo en tiendas de campañas, la noche ha debido de ser muy larga. Algunos de ellos fueron evacuados a los escasos refugios seguros disponibles; pero la mayoría ha debido, como indicaron las autoridades, “organizarse”, es decir, recurrir, una vez más, a la solidaridad de sus parientes, amigos y vecinos para tratar de pasar este trance “lo menos mal posible”.

Uno de los campos más grandes de Jacmel, el situado en el instituto Pinchinat, se informa que ha sufrido graves daños, pero que sus “inquilinos” habían sido previamente evacuados. Claro que ahora habrá que buscarles otro nuevo alojamiento, en esta historia de nunca acabar que parece la reconstrucción de Haití.

Sin embargo, cuando nos hemos acercado a comprobar cómo había afectado la tormenta a nuestro “vecinos” del campo de refugiados cercano, me ha sorprendido ver a los niños sonriendo y jugando.

Supongo que ese es el espíritu irreductible de los haitianos.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Jacmel is different



Nuestros vecinos de la Cruz Roja canadiense se pasan el día lavando su docena de todoterrenos, cuando doscientos metros más abajo existe un campo de refugiados viviendo en tierras sin acceso a agua corriente.

En la tienda de móviles más chic de Jacmel, los empleados calculan los cambios a devolver de tu compra utilizando sus nuevas y flamantes Blackberry.

Los limpiabotas de la ciudad no te abrillantan los zapatos puestos; te ofrecen una sillita, te los quitas y te ofrecen unas chanclas mientras tanto.

Las alcantarillas de Jacmel no tienen tapas. Deben estar siendo utilizadas para otros menesteres. Lo cual, en una ciudad tan poco iluminada como ésta, añade “una cierta emoción” a los paseos nocturnos…

Compartir una sola mototaxi entre dos pasajeros, se considera normal y aceptable. Solo es necesario pagar el doble, claro. También se puede utilizar una mototaxi para llevar arrastrando carretillas o hierros de construcción que hacen saltar chispas de las sufridas calles de Jacmel.

Bien temprano de madrugada unas mujeres recorren las calles anunciado “pan caliente” a domicilio.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Con el Presidente de Haití


Hoy he asistido a una reunión en Jacmel convocada por el presidente de la república de Haití. Se convocaba a todas las organizaciones, nacionales e internacionales relacionadas con protección civil y prevención de riesgos y desastres.

El evento tenía lugar en el hotel más chic de la ciudad. Tan chic que el joven mototaxista al que le pedí que me llevara no lo conocía. Por cierto, el muchacho hablaba español porque había trabajado de jornalero en República Dominica. Se excusó conmigo porque había aprendido el idioma en el campo y “no hablaba fino”.

Al llegar al hotel era notoria, como es lógico, la presencia de fuerzas de seguridad. También, como es habitual, potentes todoterrenos abarrotaban el aparcamiento. Yo me bajé, lo más discretamente que pude, del ciclomotor que me traía.

Llevando como llevo apenas diez días en Jacmel, no conocía a nadie, ni nadie me conocía a mí. Lo que ocurre es que Egido, mi veterana compañera, está de viaje de trabajo en República Dominicana y me tocó a mí asistir a la reunión. Pero aquí no me ocurrió como ayer en el cementerio. Un europeo, aunque no vaya vestido de etiqueta, sino con un polo y zapatillas, siempre es bienvenido en estos actos, porque representa a “un financiador”, es decir, al dinero.

La reunión se anunciaba en la invitación como “a partir de las 10.30”, y eso ya me mosqueó un poco. Llegué a acostumbrarme al concepto de “hora boliviana”, que significaba que los bolivianos siempre vivían un meridiano más allá que los demás, y por eso acudían siempre una hora tarde… En Haití, la hora es un concepto más bien de “realismo fantástico”. El presidente y su numeroso séquito apareció a eso de las doce y nadie se extrañó y nadie se excusó tampoco.

A favor del presidente de la república debo decir que tuvo un detalle que no he visto muchas veces. Nada más entrar se dirigió a saludar y a estrechar la mano de todos y cada uno de los presentes, los conociera o no los conociera, como era, evidentemente, mi caso.

Al tenerlo a mi lado me pareció más bien un modesto jubilado, pequeño, pacífico, suave de formas, un puntito decrépito. Pero, como todo en Haití, creo que esa sensación mía era más bien engañosa. En cuanto cogió el micrófono se transfiguró en político. El objetivo de la reunión era poner de relieve la eficiencia y la coordinación de los servicios de protección civil haitianos, incluso teniendo en cuenta que, en la mayor parte de los casos, dependen del apoyo de los medios materiales puestos a su disposición por organismos internacionales y ONGs. Todo esto quedó bien recalcado de cara a la numerosa prensa asistente al acto. Mientras, los representantes internacionales callaron y un miembro de otra ONG me dirigió un discreto gesto de escepticismo.

Y es que no puede olvidarse que pese al cólera, pese a tantas tareas de reconstrucción aún sin comenzar en el país, Haití está inmerso en una larga campaña electoral que debería culminar en las elecciones del próximo 28 de noviembre.

Sea quien sea quien gane, espero que pueda, por fin, ofrecer un futuro mejor al pueblo haitiano.


lunes, 1 de noviembre de 2010

La Toussaint y los Guedés

Hoy se celebra en todo los países cristianos la fiesta de Todos los Santos.

Haití, oficialmente es un país católico, y, a pesar de haber renegado en muchos aspectos de su ex metrópoli colonial, Francia, heredó de ésta la tradición de celebrar “la Toussaint”.

Claro que todo en Haití es un poco peculiar. ¿En qué se nota que hoy es fiesta? Pues pudo resumirlo en que hoy la música, por todos lados, tiene mucho más ritmo, mucho más aire africano. Debe ser lo que llaman los "guedés", unas ceremonias con alguna apariencia cristiana, pero con un trasfondo bastante más cercano a la otra religión principal del país, el vudú.

Quería ver cómo se expresa todo eso y, con curiosidad, pero, sobre todo, con respeto, me he acercado al cementerio de Jacmel.

Desde fuera, (tiene una tapia muy bajita) no se veía mucho ambiente, pero en la puerta mismo había bastante gente.

He entrado intentando pasar desapercibido, pero, obviamente, no era fácil.

A unos pocos metros de la puerta había un grupo de gente reunida en torno a una de las sepulturas.

Habían colocado en el centro una rústica cruz de madera pintada de negro, con velas sobre ella.

Según he leído, es un típico signo de ceremonia vudú.

Enseguida tres o cuatro muchachos se me han acercado y me han dicho simplemente "NO", y he decidido irme de ahí, tranquilamente, sin decir nada.

La religiosidad de un pueblo suele encajar mal con la curiosidad de otros. Imagino que si un grupo de Hare Krishnas pretendiera colarse en el Rocío o en la procesión del Corpus de Toledo, en España tampoco serían bienvenidos...


domingo, 31 de octubre de 2010

Acostumbrarse


Poco a poco, sigo conociendo Jacmel, sigo conociendo algo más de Haití.
Ayer, otro español que lleva algo más de tiempo aquí, me preguntaba si ya me había acostumbrado a la vida en Haití. Yo le contesté que si es que uno se acostumbra. Él se quedó un momento pensativo y me dijo que, realmente, era una buena pregunta.
¿Y a qué hay que acostumbrarse? ¿A no tener algunas de las comodidades a las que estamos acostumbrados en Europa? Eso tal vez nos ayude incluso a valorar más algunas cosas que nos pasan desapercibidas, y a las que no damos importancia. Tener agua potable y recogida de basuras; poder acceder a una sanidad gratuita para todos; disponer de una red de carreteras transitable durante todo el año… ¿Alguien se felicita por tener eso en España?
¿Alguien se plantea realmente que los haitianos tendrían también derecho a todo eso? La verdad es que no estoy muy seguro de que ni ellos mismos se lo planteen. Haití está en campaña electoral. El próximo 28 de noviembre debe elegirse presidente de la república, así como diputados, senadores y alcaldes. Jacmel está lleno de carteles de los diferentes candidatos; pero sus mensajes no van mucho más allá de “Vótame a mí en lugar de a ese otro”.
Mientras tanto, o a pesar de eso, la vida sigue. Hoy he salido a recorrer el centro histórico y he coincidido, en un momento dado, con la salida de misa de una de las iglesias. Todo el mundo, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, salía vestido de punta en blanco. Como suele decirse “parecía que iban todos de boda”. Las iglesias, los edificios, las infraestructuras, están dañadas. La esperanza de muchos haitianos también. Pero esta gente, como esta ciudad, se resiste a desaparecer.
Superado el primer impacto, intento que mis ojos comiencen a vislumbrar todo lo que hay detrás, más allá de los escombros, las ruinas y los montones de basura. Imaginar cómo sería la plaza principal de Jacmel, presidida por el lema “Liberté, Egalité, Fratenité”, antes de estar ocupada por las tiendas de los refugiados… No se trata de no querer ver las muestras de ruina y abandono que, casi diez meses después del terremoto todavía están presentes. No quiero dejar de ver a los miles de personas que viven aquí todavía en “refugios provisionales” (simples tiendas de campaña). Pero quiero entrever, en el pasado que adivino, el futuro posible.
Es cierto que algún niño se me ha acercado y me ha pedido “un gourde” (la moneda local), pero no es lo habitual. Cuando iba a venir para acá, bromeaba con que en Haití iba a ser “el blanco perfecto”, pero no así. Hoy se me ha acercado un muchacho, de unos quince años, muy amable y, tras presentarse, me ha acompañado un rato en mi camino. ¿Qué quería? Quería practicar un poco su inglés. Me ha preguntado, entre otras cosas, dónde aprendí yo el inglés. Le he dicho que en la escuela. Él, sin embargo, está pagando una academia privada para aprenderlo. ¿Valoran nuestros jóvenes de quince años las oportunidades que les ofrece el instituto? ¿Valoran sus padres que la enseñanza sea gratuita?
¿Me acostumbraré a vivir en Haití? ¿Hacemos bien a “acostumbrarnos” a vivir en España?

viernes, 29 de octubre de 2010

Píldoritas de Jacmel

Al cumplir una semana en Jacmel supongo que debería ser capaz de transmitir algunas de las impresiones, conocimientos o sensaciones que he ido acumulando. Pero aún me sigue resultando complicado.

La verdad es que, de momento, tengo poco más que imágenes sueltas, instantáneas que quisiera ir transmitiendo:

En Jacmel no se recoge la basura, pero el alcalde se pasea a todas horas en su coche, un Hummer, color blanco, siempre limpio e impecable.

A la ciudad, la noche le favorece. Esta noche he descubierto la zona de viejas casas coloniales que recuerdan a las de New Orleans

He descubierto que la gente puede decirte por la calle “Salut, blanc” (“Hola, blanco”), pero hacerlo con respeto, sin asomo de desprecio.

En Jacmel se madruga mucho. Amanece a las 5.30 de la mañana y a las seis hace un sol que te quita las ganas de seguir en la cama.

El primer día, el tráfico de motos me pareció una locura. Hoy ya he ido incluso tranquilo en una moto. Por cierto que solicitar que un moto taxista lleve a dos pasajeros se considera muy normal aquí.

Es sorprendente la actividad cultural de una ciudad de apenas 40.000 habitantes: Haití será el país más pobre de América en renta per capita, pero no en inquietudes culturales de su población.

No entiendo la radio en creole, pero sí los resultados del futbol de la liga española cuando los anuncian.

Por cierto, ¿por qué si las escuelas enseñan oficialmente en francés, la mayor parte de la población sólo hablan creole?

Me resulta todavía extraño caminar junto a campos de refugiados con total normalidad por ambas partes.

Es curioso que en un país sin producción de cebada, una de las mejores cosas sea su cerveza: “Prestige”.

lunes, 25 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 5: Jacmel


Jacmel no es Puerto Príncipe. Pero Jacmel es Haití y también sufrió mucho los efectos del terremoto del 12 de enero de 2010. En esa fecha, la ciudad estaba a punto de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero el temblor, e incluso un pequeño tsunami posterior, la castigaron duramente.

Fundada por los franceses a finales del siglo XVII, llegó a ser uno de los más importantes puertos cafeteros en el siglo XIX. La riqueza de sus comerciantes adornó la ciudad hasta hacerla parecer un pequeño New Orleans.

Por desgracia, ahora mismo cuesta bastante encontrar esa legendaria belleza. He recorrido a pie sus calles. Muchas están todavía gravemente dañadas con socavones y zanjas. Montones de escombros y basura abandonada por cualquier lugar son compañeros ineludibles de cualquier paseo por el Jacmel de ahora mismo.

Sin embargo, la ciudad, tradicional cuna y refugio de los artistas haitianos, parece no querer rendirse. Tras el terremoto, cuando los ojos del mundo se fijaron en Puerto Príncipe, nadie se acordó de Jacmel, que quedó aislada de la capital. Pero los alumnos de su Escuela de Cine salieron a la calle, cámara en mano, para comunicar al resto del mundo lo que aquí estaba pasando. Semanas después, esos mismos artistas ofrecieron sesiones de cine en los campos de refugiados para contribuir a paliar los efectos psicológicos de la catástrofe, a menudo olvidados por los programas de ayuda internacional.

Además, mientras la ayuda llegaba, organizaciones locales como CROSE se ponían al frente de las tareas de emergencia a través de grupos de voluntarios de la ciudad. Posteriormente, estas mismas entidades locales fueron las que sirvieron como ayuda inestimable a las ONGs internacionales para canalizar la ayuda humanitaria y las que diseñaron y comienzan a ejecutar gran parte de los proyectos y programas de desarrollo post-emergencia.

Sin embargo, en escuchado algunos comentarios al respecto de que este sentimiento de solidaridad, de compañerismo de las primeras semanas tras el terremoto parece que tiende a transformarse, poco a poco, en un “sálvese quien pueda”. Una de las razones podría ser la cercanía de las elecciones que está previsto que se celebren el próximo 28 de noviembre, sin haber cerrado aún tantas y tantas heridas, físicas, pero también psicológicas, morales e incluso culturales.

Reitero que quiero pensar que Jacmel no se rinde. Llevo pocos días aquí, pero he podido comprobar que del infierno al paraíso puede haber sólo unos pasos. Sin duda, son pasos duros de dar entre montones de escombros y basura. Pero el esfuerzo merece la pena, y estoy seguro que muchos hombres y mujeres de este lugar están dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para ser dueños y artífices de un futuro mejor.

domingo, 24 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 4: de Puerto Príncipe a Jacmel


Me resulta muy difícil describir Puerto Príncipe.

Podría recurrir a algo sencillo y definirla como caótica. Pero creo que es algo más. Mucho más. Depende de donde poses la vista puede parecer una ciudad digamos “normal”. En algunos aspectos hasta bonita, con vegetación tropical y una luz hermosa. Pero, sin transición, uno puede ver también una ciudad devastada, como recién salida de una guerra. Montones de escombros, casas dobladas sobre sí mismas, en equilibrio precario. Y los campos de refugiados; ocupando cualquier espacio abierto, decenas y decenas de tiendas donde, desde hace ya más de diez meses, miles de familias viven sobre los escombros, rodeados de ruinas y basura.

Pero la ciudad tiene muchas caras. Egido, mi compañera de trabajo quería aprovechar que venía la capital para hacer unos cuantos recados. Tenía que pasar por la compañía de servicios de internet a pagar unas facturas y mientras lo hacía me dejó en uno de los supermercados más modernos de la ciudad, el Giant. Se trata de un establecimiento de aspecto totalmente europeo, incluso con un cajero automático en la puerta. Su oferta de productos es también ampliamente europea, especialmente de marcas francesas. Una nota curiosa podría ser que, en un momento dado, podría haber más cajeras (ocho ó diez) que clientes…

No era precisamente lo que esperaba encontrarme en mi primera hora en la ciudad, pero a pesar de encontrarme completamente desubicado es ese enclave europeo dentro de Puerto Príncipe, procuré cumplir con el trámite de hacerme con algunas provisiones, aún sin tener claros el nivel de precios ni el cambio gourde/euro.

La siguiente parada fue en el banco. Un edificio imponente, pero donde para entrar tienes que pasar al lado de varios enormes generadores eléctricos. Oficinas luminosas, aire acondicionado, empleadas y empleados bien trajeados… Un banco, al fin y al cabo. Pero un banco donde pasamos casi dos horas esperando que nos consiguieran tres justificantes de transferencias… Una primera lección de paciencia.

A la vez recibí otra lección. Esta vez de confianza basada en la experiencia. La noche anterior en Santo Domingo, Carmen la había pasado sufriendo por dónde aparcar el coche de manera que no se vieran las maletas. Aquí, en Puerto Príncipe, Egido dejó el coche con las maletas a la vista durante dos horas en plena calle, sin sentir la menor preocupación.

Terminados los trámites bancarios, teníamos concertada una cita con una asociación de mujeres. Como yo no estaba todavía al día del proyecto, me quedé esperando en otra salita. Enseguida Tamara, la recepcionista, me pidió que me sentara a su lado y le hiciera compañía. Lo primero que hizo fue mostrarme una docena de fotos suyas que tenía en el ordenador posando, bien vestida y maquillada, como una modelo profesional. La verdad es que la situación me causó cierto rubor y una cierta incomodidad. Le dije que a mí no se me ocurriría tener una foto mía de fondo de escritorio en el ordenador, pero a ella le parecía normal. Después me comenzó a cantar canciones de Selena, una artista country mexicano-americana. Me dijo que estaba estudiando español y me propuso conversar para practicar, ella en español y yo en francés. Estuvimos pues, dándonos lecciones hasta que Egido terminó su reunión y nos fuimos.

Salir de Puerto Príncipe puede llegar a ser una pesadilla. La ciudad no fue nunca un modelo urbanístico, pero ahora, tras el terremoto y con unas obras de reconstrucción no demasiado planificadas, uno nunca sabe qué calle o qué avenida puede estar cortada, o dónde un arroyo se ha desbordado y hay balsas de agua de más de medio metro de profundidad. El tráfico es una mezcla de camiones de los cascos azules y coches de ONGs internacionales con los medios de transporte público locales, los “tap-tap” camionetas o pequeños camiones adaptados para llevar a ocho o diez pasajeros en la parte trasera, algunas de ellas decoradas con elaborados diseños y vivos colores.

Al atravesar la parte baja de la ciudad fui viendo cada más zonas devastadas por el terremoto del 12 de enero. En algunas de ellas parecía no haber cambiado nada desde entonces. Especialmente impactante es pasar junto a algunos mercados, rodeados de montones enormes de basura y aguas sucias. Sin duda una tremenda bomba epidemiológica a punto de estallar.

Oficialmente fuera de Puerto Príncipe, pero prácticamente unidas a ella, se encuentran las poblaciones de Carrefour, Gressier y Leogane. En ésta última se localizó el epicentro del terremoto y quedó totalmente destruida, aunque no la atravesamos porque la carretera a Jacmel la rodea.

Lo que más me llamó la atención en el camino a Jacmel es que, a lo largo de sus casos más de cien kilómetros, nunca dejas de ver personas a los lados de la carretera. Sentados a la puerta de casa, caminando de lugar a otro, sacando vacas y cabras a pastar… Hombres, mujeres, niños y ancianos flanquean la carretera.

Para llegar a Jacmel hay que atravesar una zona montañosa con abundante vegetación. Una gran parte de Haití ha sido deforestado, pero todavía se conservan algunas zonas verdes, aun sin poder ser consideradas exuberantes.

Al anochecer del 21 de octubre entré por fin en Jacmel. Mi destino en Haití.

Destino Haití. Capítulo 3: el vuelo a Puerto Príncipe


Mucho no dormí esa noche. Ni siquiera el cansancio o el cambio horario me ayudaron. Pedí en recepción que me despertaran a las 5.15 de la mañana, pero a las 4.30 ya me estaba duchando.

Mi hotel era el utilizado habitualmente por muchos pilotos y azafatas, por lo que era posible desayunar a partir de las 5 de la mañana. Lo cual agradecí mucho. Entre otras cosas porque tampoco estaba muy seguro de cuándo volvería a comer ese día.

Había convenido con Carmen que, la temprana hora y el exiguo recorrido le eximía de acompañarme al aeropuerto de nuevo. Así que solicité los servicios de un taxista local.

A las 6 ya estaba en el aeropuerto facturando el equipaje a Puerto Príncipe. Como no había demasiadas cosas que hacer en el aeropuerto a esas horas, inmediatamente pasé el control de pasaportes. Mala cara debía llevar tras una noche sin dormir, porque fue la primera vez que cachearon (a ver si es verdad que tenía la cara de Tom Hanks en “Castaway”…) Eso sí, el funcionario que lo hacía no dejó de pedirme excusas en todo momento. Detrás de mi pasaron seis japoneses de la MINUSTAH (los cascos azules de la ONU encargados, supuestamente, de mantener el orden y la seguridad en Haití)

El vuelo iba a salir con retraso, de modo que estuve esperando casi dos horas en la puerta de embarque. Cuando llegó el momento nos hicieron formar a los treinta pasajeros en fila de a uno para acceder, caminando, al pequeño avión de hélice que nos esperaba alejado de la terminal.

Este vuelo no fue tan animado como el anterior. El pasaje iba en silencio. Apenas dos o tres haitianos en el avión. El resto, “gringos” de todo pelaje y condición.

Menos de una hora después el avión iniciaba el descenso sobre Puerto Príncipe. La verdad es que si no hubiera visto tantas imágenes, ni leído tantas crónicas del terremoto del 12 de enero, el paisaje, desde el aire, podría haberme parecido hasta bonito. Pero aquí, allí, allá, se veía repetida la imagen de los campos de refugiados donde todavía, diez meses después todavía viven, en muy precarias condiciones, cientos de miles de personas.

Tras tomar tierra, el aparato se acerco a la terminal del aeropuerto Toussaints Louvertoure que parecía bastante digna y entera. Pero no debía estarlo tanto, pues inmediatamente fuimos trasladados en un autobúes a los barracones provisionales que, al otro lado del aeropuerto, hacen las veces de terminal.

El control de pasaportes fue sencillo y, esta vez no tuve que pagar un impuesto “de turista” para entrar al país. Recogidas las maletas salí al exterior donde me esperaba la representante en Haití de la organización para la que iba a trabajar.

sábado, 23 de octubre de 2010

Destino Haití. Capítulo 2: noche en Santo Domingo

Carmen, amiga y compañera que conocí en Bolivia, vino a buscarme al aeropuerto de Santo Domingo con la mejor de las voluntades. Entre otras cosas, quería librarme de las pérfidas garras de los taxistas de la ciudad, unos “buitres” que revolotearían a mi alrededor en cuanto me vieran “nuevo”. A tal fin, sacamos cuentas y convinimos que nos saldría más barato alquilar un coche por un día que pagar las tarifas estipuladas entre el aeropuerto y la ciudad y viceversa. Además, podría disponer de sus inestimables servicios como guía y como buena conocedora de la peculiar idiosincrasia de la sociedad dominicana.

El problema era que Carmen no conduce mucho habitualmente, que ya se había hecho de noche, y que no tenía la más remota idea de dónde estaba el hotel que tenía yo reservado.

Pese a todo, nos metimos muy decididos en la autopista que comunica el aeropuerto y la capital. A los pocos kilómetros vimos mi hotel, pero no fuimos capaces de encontrar un modo de salir de la autopista, escasamente iluminada, por otra parte.

Un poco apurada, Carmen decidió llamar por el móvil al hotel, para pedir referencias de cómo llegar. Tras una conversación de más de cinco minutos, llegamos a la conclusión de que los empleados eran muy amables, pero tampoco podrían indicarnos nada. De manera que les avisamos de que llegaría más tarde y decidimos ir directamente a la capital.

Estuvimos un ratito en su casa, tomando una cerveza en su terraza mientras me iba poniendo un poco al día del ambiente político-social del país. Acababa de terminar una consultoría para el ministerio de Educación por lo que tenía bastante información interesante. Interesante fue también su observación de que, como había podido comprobar en el avión a los/las dominicanos/as les preocupa mucho estar siempre estupendos/as, pero que eso estaba alcanzando, en algunos casos niveles patológicos. Parece ser que determinado tipo de turismo tendía a considerar la isla un paraíso sexual y algunos sectores de la juventud local se sentían como “obligados” a responder, en cuanto a vestimenta, actitudes y objetivos, a esas expectativas externas.

Al cabo de un rato nos trasladamos a un pequeño bar al aire libre que ella conocía, a los pies de las ruinas del Monasterio de San Francisco, el primero fundado en tierras americanas, pero arrasado por un huracán algunos años más tarde. Sin duda era un lugar muy agradable, con música de fondo como parece inevitable en el Caribe, pero sin estridencias.

En un momento dado, se puso a llover y pedimos cobijo en una sombrilla cercana, ocupada por un pequeño grupo de jóvenes dominicanos. Nos acogieron de inmediato, pese a afirmar que eran un “peña” muy restringida que se reunía cada miércoles para charlar de todo tipo de temas, sin excluir los más delicados, como la política, la religión o los problemas sociales del país. La verdad es que el rato que pasamos con ellos fue bastante agradable, con un nivel dialéctico muy bueno, aunque amable y distendido. Carmen me confesó más tarde que ese no era el tipo de grupo de jóvenes que uno se suele encontrar en las noches de Santo Domingo.

Curiosidades de la tertulia: Me dijeron que era la primera vez que habían encontrado a un español “despierto” la primera noche tras un viaje transoceánico a Santo Domingo. Por otro lado, uno de los jóvenes estaba empeñado en mi tremendo parecido con el actor americano Tom Hanks en la película “Castaway”. Viendo alguna imagen de esa película no sé si debí tomármelo como un halago o como una provocación…

La otra curiosidad fue que, al revelarles que mi visita a Santo Domingo sólo era un tránsito hasta mi destino final en Haití, todos se pusieron de repente serios. Para ellos, el país dista de ser una “nación hermana”. Pese a compartir isla, los separan, según ellos, lengua, cultura y religión. Tenían opiniones bastante pesimistas sobre el futuro de Haití, pese a que el único que había cruzado la frontera no había estado más de veinte minutos en “el otro lado”.

Aunque el ambiente era agradable, Carmen y yo estuvimos de acuerdo en que había que irse, pues tenía que llevarme sano y salvo a mi hotel.

Esta vez conseguimos encontrar la entrada a la primera. De manera que, tras agradecerle a Carmen sus desvelos y despedirme de ella, pude, finalmente, tras chequearme en la recepción del hotel, encontrarme con una enorme cama para mi solito…

Destino Haití. Capítulo 1: el vuelo a Santo Domingo

El miércoles 20 de octubre emprendí el viaje que me iba a llevar a mi nuevo destino: Haití.

A las cuatro de la tarde salí del Aeropuerto de Madrid rumbo al de Santo Domingo, en República Dominicana.

Mi acomodación en el avión fue un poquito trabajosa. En primer lugar, porque los equipajes de mano de los 200 dominicanos que viajaban conmigo eran muy numerosos y voluminosos. Y en segundo lugar, porque mi asiento era casi como el de los pilotos de Fórmula 1, justito, justito. Una vez más estaba a una fila del “paraíso”: la siguiente era la de las salidas de emergencia; la ideal para viajes transatlánticos…

Para completar el cuadro, desde que subimos al avión hasta más de una hora después de haber despegado, estuvo sonando insistentemente el timbrecito de avisar a las azafatas: ding, ding, ding… Consultado el personal de cabina, afirmaron que ellos no podían hacer nada, que sería algún niño presionando insistentemente el botoncito… ¡Más de una hora! Finalmente, o el supuesto niño se cansó o se quemó el timbre; el caso es que cesó el ding, ding, ding.

A eso de las 6 de la tarde nos dieron de ¿comer?, ¿cenar? Cumplido ese trámite, me dispuse a dormir. Ese era mi máximo objetivo, pues no había dormido mucho en los días anteriores. Pero, tenía dos obstáculos para ello. Uno, que no es tan fácil dormir en un vuelo diurno como en uno nocturno. Y dos, que es difícil dormir con 200 ciudadanos de la República Dominicana alrededor. Su “alegría” natural desbordaba. Muchos de ellos parecían conocerse y, en consecuencia, se saludaban y conversaban animadamente de lado a lado del avión. En resumen, que mucho no dormí.

Durante el vuelo pusieron dos películas, una comedia típica americana y luego otra que debía de ser “Eclipse”, puesto que salían los vampiros y licántropos habituales pero en una trama que no me sonaba. No vi las películas puesto que Air Europa te cobraba 3 euros por los auriculares. Eso sí, curiosamente, al final del vuelo te los pedían de vuelta para “reciclarlos”.

Otra peculiaridad de Air Europa es que si quieres tomar alguna cosita entre comidas, has de pagarla aparte.

Alrededor de las 11 de la noche, cuando faltaban unas dos horas para aterrizar nos pasaron un bocadillito y un café (¿merienda? ¿recena?) A partir de ese momento, todos los dominicanos comenzaron a peregrinar a los baños del avión acicalarse, peinarse, perfumarse… Mi compañera de asiento incluso se cambió de ropa. Creo que existe una cierta obsesión en ese país por estar siempre “estupendos” y “estupendas”.

Al fin, sobre las 7 de la tarde hora local, 1 de la madrugada en España, tomamos tierra en el Aeropuerto de Las Américas de Santo Domingo, en medio de una calurosa ovación por parte de la mayoría del pasaje.

Como había sido prevenido por una amiga, no me extrañé tener que pagar un “impuesto al turista” de 10$ (aunque me pareció un tanto abusivo para alguien como yo, que no iba a estar ni un día en el país…) Lo curioso es que, por ese precio te dan una bonita tarjetita en una ventanilla, para que en el pasillo siguiente un tipo te la pida y se la quede sin más.

Los trámites de aduana fueron rápidos y sencillo, pero lo de recoger el equipaje no lo fue tanto. Más de 100 personas alrededor de una cinta transportadora bastante corta, todas con carritos de aeropuerto, y todas esperando maletones enormes… No fue fácil, pero, con un poquito de paciencia, conseguí recoger mi equipaje.

También estaba avisado, de manera que mantuve la dignidad al salir al vestíbulo de llegadas, donde debes atravesar una especie de pasarela Cibeles, con público a ambos lados para salir. Al final del desfile, me estaba esperando Carmen, la ex compañera y amiga que me iba a servir de guía en mi corta estancia en la República Dominicana.

lunes, 11 de octubre de 2010

La Vida te da sorpresas

Hace ahora un año tuve un extraño sueño. Tan extraño que me vi impulsado a escribirlo y compartirlo:


Ha pasado ese año. No estoy seguro de haber vivido la vida de un cerdo.
Cierto es que en estos doce meses apenas he trabajado; entendiendo por trabajar el hecho de tener una nómina y cobrar. Pero durante este tiempo traté de ocuparme del cuidado de mi familia y de la casa. También pasé varios meses preparando unas oposiciones; aunque los resultados no fueron nada satisfactorios.
No se puede decir que se me haya ido el tiempo en "comer y dormir"... Y desde luego, el rendimiento cárnico no ha sido mucho, pues incluso he adelgazado algo...
Pero lo que sí parece cierto es que la "maldición" de las cuatro serpientes ha acabado.
Dentro de unos días, casi coincidiendo con el aniversario del sueño, partiré de viaje, emprenderé un nuevo trabajo lleno de grandes retos, y, sin duda, conoceré mucho "niños extranjeros".
Tal vez, incluso, descubriré algo más sobre aquel extraño mensaje.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Planchar

Me gusta planchar.
De todas las labores de la casa, ésta es, sin duda, la que hago más a gusto.
Quizá todo dependa de cómo se miren las cosas.
Yo no he sido boy-scout, me siempre me ha gustado su máxima de tratar de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontremos.
Y, a mi modo de ver, planchar supone eso, dejar las cosas un poco mejor.

Es curioso; durante muchos años fui enemigo del planchado; lo encontraba una tontería. Incluso elaboré una teoría, que desarrollaba siempre que tenía ocasión, sobre "el calor corporal". Según eso, la mejor plancha es uno mismo. Si te pones una prenda sin planchar, simplemente llevándola encima, con tu propio calor corporal, se le irían las arrugas progresivamente.
El tiempo, la experiencia, y algún rato de vergüenza, me fue demostrando que mi "teoría del calor corporal" no se sostenía...

Ahora me gusta planchar. Considero que, quizá no sea un arte, pero sí tiene mucho de estrategia. Cada prenda es distinta. en función de su forma y de su tejido tienes que tomar una serie de decisiones técnicas para optimizar el trabajo y obtener mejores resultados.
Luego cada prenda tiene su personalidad, en muchas ocasiones reflejo de la de su dueño, pero también derivada del uso que se le dé, de su edad y de su historia particular. Con el tiempo muchas prendas pierden su forma original y no tiene mucho sentido intentar devolvérsela al plancharlas, sino que uno tiene que ir descubriendo sus nuevos límites, sus nuevas formas, cómo se han ido adaptando a su dueño.

A veces, cuando plancho ropa pienso que también me gustaría planchar otras cosas. Creo que el mundo que nos rodea tiene demasiadas arrugas. Está claro que tenemos que usarlo, y eso lo va desgastando. En ocasiones incluso lo lavamos todo, o tratamos de hacerlo. Pero van quedando arrugas. Y las arrugas, si no se planchan se van haciendo fuertes; son causa de marcas y desgastes en el tejido que pueden volverse indelebles.
Así, me da por pensar que cuando he trabajado en política o en cooperación internacional también trataba de "planchar" algo. Trataba de dejar el mundo un poco mejor de como me lo encontré.
En la política local me encontré muchas arrugas. Situaciones que permanecían inamovibles durante años y años. Tanto que ya nadie las veía como algo extraño, sino como parte del tejido social normal. Pero intenté hacerlas ver; traté de que la sociedad que me rodeaba tomara conciencia de que ése no era su estado normal, óptimo; y de que las arrugas, si no se planchan, pueden llegar a rasgar el tejido o a acumular suciedad.
También más allá de lo local hay arrugas en el tejido social. Pareciera como si unos pocos seres humanos pasáramos por el mundo dejando grandes huellas, grandes arrugas, grandes suciedades. Y lo dejamos todo allí, sin lavar, sin planchar, sin preocuparnos por nada. Total, siempre podemos comprar más. Más ropa, más comida, más agua, más petróleo...
Mientras tanto, muchos otros seres humanos tienen que acomodarse como pueden en los huecos que nosotros dejamos; en nuestras arrugas; en nuestra sociedad.
Me gusta pensar que durante un tiempo intenté trabajar para colaborar a dejar un poco más "presentable" el tejido social que nos rodea; desde lo local a lo global.

Como cuando plancho unos pantalones, creo que no se trata de buscar una uniformidad a toda costa. Si uno no tiene en cuenta a la capa de abajo, no está planchando bien. Cuando le des la vuelta a la prenda, te encontrarás con una tremenda arruga; esta vez provocada por tu "buena voluntad".
El secreto de un buen "planchado" puede estar en buscar consensos, en acomodar lo mejor posible a las distintas capas del tejido , a las distintas partes de la prenda.

O de la sociedad.

O del mundo.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

Encuadernaciones

Hoy he vuelto a encuadernar libros.
Hace ya muchos años tuve el privilegio de que un viejo artesano, a punto de jubilarse, me iniciara en los secretos de la encuadernación y restauración de libros.
Transformar un puñado de hojas de papel en un libro es un pequeño arte. La primera vez que uno se enfrenta a la tarea queda sorprendido, no de su complejidad, sino de la variedad de acciones a realizar. Tiene una parte de diseño y otra de costura, pero con toques también de carpintería. Es algo delicado y sutil, pero que comienza con una sierra en la mano...
Me gusta encuadernar libros.
De un tiempo a esta parte se escucha que el libro, como lo conocemos hoy, tiene los días contados. Se supone que los formatos electrónicos lo harán desaparecer de las estantería y de los centros de estudio.
Bueno. Hace pocos meses compramos un E-reader. Es un dispositivo electrónico especialmente diseñado para leer libros electrónicos. Todo el que ha intentado leer un libro de más de cien páginas en un ordenador sabe lo incómodo y cansado que es. Sin embargo, hacerlo en un E-reader es muy agradable. Se puede llevar a cualquier sitio en cualquier momento, y permite disponer al instante de cientos de libros y documentos. Además de la comodidad, supone un considerable ahorro de papel y de gastos de transporte. Sin da, será uno de los electrodomésticos del futuro.
Pero, ¿esto quiere decir que los libros de papel van a desaparecer? Creo que no. Y esto no lo pienso sólo desde la perspectiva de un nostálgico que todavía está dispuesto a dedicar su tiempo a encuadernar libros a mano.
De la misma manera que, pese a que veamos la mayor parte de las películas en casa, nos apetece, de vez en cuando, sumergirnos en la sugerente oscuridad de una sala de cine; también, pese a la comodidad de los E-reader, es difícil renunciar para siempre a ese placer tan sutil que supone el pasar las hojas de un libro.
Sin duda ambos formatos están destinados a coexistir y complementarse.

viernes, 27 de agosto de 2010

De nuevo el Agua

El agua es Vida.
Somos Agua.
En todas las culturas existen mitos sobre el Agua.
Se ha predicho muchas veces que el próximo enfrentamiento mundial será por el Agua.
En Bolivia, un país que tengo el privilegio de conocer un poco, el Agua es un tema muy sensible. Por exceso o por defecto, marca la vida de sus habitantes.
Desde allí viene esta fábula, en forma de cortometraje, para hacernos pensar sobre temas como el acceso al Agua o su privatización: Abuela Grillo.



domingo, 22 de agosto de 2010

Los 40 Principales de la NASA

La agencia espacial pone en marcha un concurso para elegir entre 40 canciones con las que despertar a los tripulantes de las misiones.
Se puede consultar la lista y votar en: https://songcontest.nasa.gov/top40.aspx

Yo, personalmente, añadiría esta otra propuesta:



martes, 3 de agosto de 2010

Presencias

Ayer estuvimos paseando junto a un río. Hacía una tarde estupenda. El clima y el entorno parecían conjugarse para crear un hermoso conjunto natural.
Pero existía un factor discordante: la basura. Su omnipresencia era imposible de obviar. En forma dispersa o concentrada en grandes montones, era testimonio de otros seres humanos que habían estado allí antes que nosotros.
Porque si algo distingue al ser humano de otros animales puede que sea su capacidad para llenar de basura el medio natural.
¿Es ésto algo innato a nuestra condición humana? Yo creo que no. Pienso que hay dos grandes grupos de personas, en lo que se refiere a cómo deciden pasar por la vida.

Algunas quieren que se note siempre que están ahí. Van dejando continuamente rastros de su presencia. Si visitan algún lugar, quedarán allí innumerables huellas de su paso: envoltorios de su comida, latas de su bebida, colillas de su tabaco, latas de aceite de su coche... Se podría reconstruir gran parte de su vida, sus posesiones y sus aficiones a partir de esos restos. De hecho, hace tiempo que descubrí que ya existe una disciplina académica que forma "arqueólogos de la basura".
Todo lo anterior se refiere al paso de estas personas por espacios abiertos, pero en ambientes cerrados también intentan que su presencia no pase inadvertida: entran vociferando en cualquier local; sus vecinos saben siempre cuando llegan a casa por sus portazos a cualquier hora de la noche; hablan por el móvil a voz en cuello como si a todos nos interesaran sus conversaciones... y si utilizan el retrete dejan también muestras notorias de su paso por allí... (Personalmente alguna vez he estado tentado de tomar "muestras" y buscar restos de ADN para identificar al "culpable"...)
Finalmente, su vocación de perdurar en el tiempo les impulsa a dejar testimonios escritos: ya sea en un barco del parque, en un urinario público o en las ruinas de Macchu Picchu, un impulso irrefrenable les lleva a proclamar "Fulanito estuvo aquí". Creo que eso no dista mucho del instinto de territorialidad de muchos animales, que les lleva a orinar en cada arbolito...

Por contra, existe otro grupo de personas que tratamos de que nuestro paso por un lugar, natural o urbano, abierto o cerrado, suponga la menor incidencia o alteración posible. Quizá nuestra actitud sea más tratar de "interiorizar" que exteriorizar las emociones (o las pulsiones físicas) que nos asaltan en ese momento.
Así, si tenemos necesidad de escribir algo, lo haremos en nuestro cuadernito, o trataremos de memorizar la idea para elaborarla a nuestro regreso al hogar. Si tenemos hambre o sed, las mitigaremos disfrutando del entorno; tras lo cual llevaremos con nosotros de vuelta, en nuestra mochila o en nuestro coche, los residuos generados.
Si nos asalta un "inconveniente fisiológico", tomaremos las medidas convenientes para que no quede ningún rastro de esa "llamada de la Naturaleza", tanto si respondemos a ella en el medio natural o en un local cerrado habilitado para ello.
En caso de que tengamos que realizar o responder alguna llamada telefónica lo haremos discretamente, sin dar por sentado que a los que nos rodean les interesa nuestra conversación.
Y si tenemos que regresar al hogar, o a la habitación de un hotel, a las horas que se consideran comúnmente como destinadas a un merecido descanso, lo haremos sin que todos nuestros vecinos se despierten y miren el despertador...

Ya sé que la propaganda ha hecho mucho daño a la sociedad, pero estoy convencido que el ideal no es ser "hombres que dejan huella"...


jueves, 29 de julio de 2010

Entrevistas

En este último mes he sido convocado a dos entrevistas de trabajo.
Se trataba de procesos de selección para puestos con requerimientos y responsabilidades muy similares.
En ambos casos se trata de empresas con proyección internacional.
Todo muy parecido, ¡pero tan distinto!

En el primero de los casos fui tratado desde el principio con gran distanciamiento y con cierta prepotencia. En un momento dado de la entrevista, pese a haber sido ellos quienes me convocaron, y haberme tenido que desplazar a otra ciudad, la persona al cargo me dijo: "Pues no sé para qué has venido aquí... No veo que tú perfil encaje para nada con lo que nuestra empresa está buscando." Pese a ello, tras unos breves minutos de conversación, me dejaron solo y me hicieron cumplimentar un test psicotécnico de 300 preguntas...
Finalmente, me dijeron, como es habitual: "Ya te llamaremos y te diremos algo."
Pasaron dos semanas y, al no tener noticias, llamé yo a la persona que me entrevistó. Tras varios intentos sin conseguir hablar con ella, la telefonista me dijo que "se les había olvidado", que tenía el encargo de decirme "que no había habido suerte". Al manifestarle mi extrañeza por utilizar el concepto "suerte" como resultado de una entrevista de trabajo, me respondió, secamente, que esas eran las instrucciones que había recibido.

Hoy acabo de regresar de otra entrevista de trabajo. En esta empresa, desde el primer momento, la persona con la que he tratado por teléfono se ha mostrado siempre amable y simpática, y me ha enviado indicaciones completas y precisas para encontrar el lugar.
He sido recibido, sin mayores protocolos, por el máximo responsable de la empresa, una persona con un amplio historial profesional y académico. La entrevista ha tenido lugar, en todo momento en un ambiente cordial, abierto y distendido. Se han valorado, claramente los puntos fuertes y los puntos débiles de mi candidatura, pero poniendo de relieve, amablemente, que si no se me considerara "alguien interesante y valioso" no habría sido convocado ni se me habría hecho desplazarme a otra ciudad.
Aún no sé si seré seleccionado para trabajar en esta última empresa, pero, desde luego, ha sido un agradable placer conocer a su director, quien ha compartido conmigo su filosofía de trabajo. Una filosofía basada, en mi opinión, no solo en palabras, sino también en actitudes. Actitudes de respeto y consideración hacia los demás.
Algo que, por desgracia parece no ser demasiado habitual en el mundo empresarial. Pareciera que algunas empresas, como la primera a la que me he referido, se consideran a sí mismas tanto más importantes cuanto con más prepotencia tratan a su "subordinados".
Afortunadamente, también hay personas que comparten conmigo la idea de que siempre podemos aprender algo los unos de los otros.

Seguiremos informando.

miércoles, 2 de junio de 2010

Que se mueran los feos

Pocas veces he sentido haber empleado tan bien un par de horas como cuando hace unos días fui a ver la película "Que se mueran los feos".
Me harté de reír; pero también me hicieron llorar y me hicieron pensar. Estas dos últimas acciones tienen últimamente muy mala prensa, pero creo que son al menos tan importantes como la primera.
Los periódicos, los noticiarios y los telediarios están llenos de noticias trascendentes, de "acontecimientos planetarios"; pero creo que básicamente solo están diseñados para que nos olvidemos de las cosas fundamentales en nuestra Vida: "¿quién nos ama?, ¿a quién amamos?, ¿qué queremos hacer con nuestra existencia?"
Y de esto, ni más ni menos, trata esta película. En medio de un crítica feroz a un mundo basado sólo en la apariencia (la física, pero también la del éxito o la de la riqueza), unos seres "marginales" tratan de encontrar su "lugar en el mundo".
En ese proceso les vemos desnudar sus almas y liberarse de toda una serie de lastres que la sociedad les impuso por ser "diferentes", por no encajar en los cánones establecidos.
Pero todo ésto, eso sí, ¡con una gracia!. Sus protagonistas están, sin duda, entre los mejores cómicos españoles del momento actual. Y, además, les acompaña un reparto de actores secundarios que en nada desmerecen.
Por si fuera poco, la mayor parte de la película está rodado en alguno de los rincones más hermosos del Pirineo aragonés.
¡Qué más se puede pedir!

Como dice una vieja canción:
"Todas las cosas tratamos
cada uno según es nuestro talante,
yo lo que tiene importancia,
ella todo lo importante."