lunes, 27 de julio de 2009

Benedetti

Mario Benedetti es uno de mis escritores favoritos. Creo que es el mejor contador de cuentos que conozco. Sus historias no tratan, sin embargo, de princesas ni de valientes caballeros. No hablan de arriesgadas expediciones a países lejanos ni de mágicos tesoros. Ni siquiera nos relatan complicadas conspiraciones para cambiar la faz de la Tierra.

Me gusta porque sus cuentos son retazos de la vida de hombres y mujeres como tú y como yo. Pero esa existencia nuestra, tan normal que ha veces tiende a parecernos gris, en manos de Benedetti se ilumina. Por unos instantes, pone el foco sobre un anónimo viandante y lo transforma en el protagonista de una corta historia, de unas pocas páginas. Es posible que durante ese intervalo no le ocurra nada especial, pero la manera del autor de describir ese trozo de vida nos puede hacer pensar durante horas.

No es un amante de apabullar con las palabras, sino que las emplea con gran sencillez, con extraordinaria precisión, pero, sobre todo, destilando belleza y cariño hacia el lector.

Ese cariño y esa belleza que quiere compartir con nosotros, no pretende convencernos de que el mundo es algo perfecto y la vida algo maravilloso. Pocos como él han sabido denunciar las injusticias políticas y sociales tan certeramente. Pero pocos también han dedicado tantas páginas a convencernos de la necesidad de vivir, de amar y de dejarnos ser amados. Aun octogenario, sus textos destilaban una pasión por la Vida y por el Amor que cuesta encontrar muchas veces entre los jóvenes y adolescentes que nos rodean.

"Vivir adrede" se titula uno de sus últimos libros. Mezcla de poesía, ensayo y cuentos, creo que trata de hacernos reflexionar sobre el por qué y el para qué vivimos; qué aportamos a los que nos rodean. Temas profundos y, a menudo, inquietantes. Pero Mario Benedetti no pontifica sobre ellos desde un púlpito, sino que emplea, como siempre, palabras sencillas. Juega con lo que conocemos para que nos atrevamos a asomarnos más allá. Sus reflexiones no tienen olor a incienso; sino más bien el aroma de un café compartido con un amigo o un familiar muy querido.
Uno de los nuestros.