martes, 7 de julio de 2009

Me gusta conducir.


Sí, me gusta conducir.

Anoche lo recordé mientras volvía a casa, conduciendo hacia la luna llena, con los resplandores de una tormenta lejana iluminando la noche.

Nunca he conseguido avanzar mucho en la meditación, pero creo lo más cerca que he estado del nirvana ha sido conduciendo.

En algunas épocas de mi vida he tenido que hacerlo mucho, pero he llegado a disfrutarlo. Llegaron momentos en que, despierto y concentrado, he sentido alcanzar un estado de comunión mística entre el coche, la carretera y yo. Tus pensamientos, las líneas de la carretera y la música de fondo forman un todo. No deseas que el viaje acabe. Te molesta que se encienda la luz roja del depósito y tengas que parar a echar combustible. No notas el cansancio porque estás disfrutando ese momento, ese estado.

Por supuesto, no siempre consigo alcanzar ese "nirvana". Si fuera así, me habría hecho camionero o habría trabajado para los anuncios de BMW.

También me he encontrado con otras sensaciones conduciendo. Cuando trabajaba en Bolivia, tuve que hacer varias veces un trayecto que atravesaba la cordillera de los Andes a lo largo de casi 700 kilómetros. Era duro, pero casi siempre lo hice sólo. En ese caso no se puede decir que lo disfrutara, pero lo sentía como una especie de competencia entre el camino y yo. Cada curva era como una brazada nadando solitario en un océano de piedra. Cuando llegaba a mi destino tenía el sentimiento de haber vencido a la carretera una vez más.
Claro que este vicio mío tiene como contrapartida lo muchísimo que me aburro yendo de copiloto o de pasajero. Entonces ya no sé dónde poner las piernas ni qué hacer con las manos. No paro de cambiar la radio y me siento como el burro de Shrek: "¿Cuándo llegamos, cuándo llegamos?"
Pero si estoy conduciendo, con buena música, (The Cranberries, por ejemplo), un bonito pisaje a mi alrededor, un largo camino por delante y, oh maravilla de las maravillas, mi acompañante plácidamente dormida, es muy probable que alcance "la postura" y sienta que lo más importante no es llegar, sino disfrutar del viaje.