domingo, 5 de julio de 2009

El sabor de unos melocotones


El sabor de unos melocotones.

Creo que el recuerdo más vivo, agradable y placentero que tengo de tres años de cooperante en Bolivia es el sabor de unos melocotones.

Duraznos le llaman allí y en otras partes de Sudamérica a los que los españoles llamamos melocotones.

Fue durante mi primer viaje a la zona de los Valles Cruceños, en abril de 2006. Como representante de los financiadores españoles, me iban llevando a conocer el terreno, las acciones implementadas y los lugares donde íbamos a comenzar un nuevo proyecto.

Una calurosa tarde paramos a charlar en el patio de la casa de un probable futuro beneficiario de nuestros módulos pecuarios. Casi sin darme cuenta tenía delante una canasta con unos treinta o cuarenta hermosísimos melocotones. Grandes y luminosos, como pequeños soles. Pero, sobre todo, sabrosos. Con ese sabor, ya olvidado y desconocido en España, retrocedí muchos años, hasta algún recoveco de mi infancia y disfruté como un niño inocente, pelando y saboreando ese placer jugoso y aterciopelado.

Ese momento lo compartí con Primitivo, un veterinario boliviano con el que aprendí muchas cosas. Sobre todo durante horas y horas de camino, conduciendo por rutas imposibles e interminables, que aprovechábamos ambos para charlar. Hablábamos, sobre todo, de trabajo, pero también de política, de música, de mujeres, de familia…

Nunca tuve un hermano mayor, pero durante esos años, lo tuve a él.